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Opinión

La estrategia de recompra de bonos y el efecto dólar y oro

Columna Invitada

La recompra de bonos del Tesoro estadounidense no es una operación menor. Es una señal de que Washington está cada vez más preocupado por el comportamiento de la parte larga de la curva y por el costo de financiar una deuda que ya supera los $40 billones de dólares. El Tesoro duplicará, desde septiembre, el monto máximo de algunas recompras de deuda de 10 a 30 años, de $2,000 a por lo menos $4,000 millones de dólares por operación.

El objetivo oficial es mejorar la liquidez y el funcionamiento del mercado. Sin embargo, especialistas como Nellie Liang, exfuncionaria del Tesoro y ahora investigadora de Brookings, advierten que el movimiento también constituye una señal deliberada de preocupación por las tasas largas. El problema es que $4,000 millones de dólares son apenas una fracción de un mercado de aproximadamente $32 billones.

Y el mercado ya respondió: el Treasury a 30 años llegó a 5.34%, su nivel más alto desde 2007, mientras el bono a 10 años ronda 4.74 por ciento. Incluso después de la intervención, los rendimientos volvieron a subir, una evidencia de que el mercado sigue exigiendo una prima importante por mantener deuda estadounidense de largo plazo.

Aquí está la verdadera discusión: una recompra puede corregir liquidez, pero no elimina déficit, deuda ni inflación. Si el gobierno necesita emitir cantidades crecientes de bonos, la presión puede regresar. Por eso, más que una solución, las recompras deben entenderse como un mecanismo de estabilización.

La Reserva Federal enfrenta, además, un dilema complejo. Mantiene su tasa de referencia entre 3.50% y 3.75%, después de una decisión dividida 9-3 en julio. Si reduce tasas demasiado pronto, puede reavivar la inflación; si las mantiene altas, encarece todavía más el financiamiento público y privado.

El dólar también recibe el mensaje. La reacción reciente ha sido de debilitamiento, porque algunos inversionistas interpretan la intervención del Tesoro como una señal de preocupación fiscal. Esto tiene implicaciones para México: un dólar débil favorece al peso y reduce costos de importación, pero también puede restar competitividad a exportadores mexicanos.

Y aparece el gran ganador estratégico: el oro.

El metal supera los $4,600 dólares por onza y ha recibido impulso por la debilidad del dólar, los temores fiscales y la demanda institucional. Pero más importante que su precio es quién lo está comprando: 89% de los bancos centrales encuestados por el World Gold Council espera aumentar las reservas globales de oro durante los próximos 12 meses.

El oro no genera intereses; su valor está en otra parte: es reserva, refugio y diversificación frente al riesgo monetario y geopolítico. Su fortaleza mientras las tasas largas permanecen elevadas revela que los inversionistas están empezando a preocuparse no solamente por la inflación, sino por la sostenibilidad fiscal.

La conclusión es contundente: Estados Unidos todavía conserva el privilegio financiero del dólar y la profundidad de su mercado de bonos, pero el mercado está comenzando a cobrar más caro ese privilegio. La recompra de bonos puede comprar tiempo, no confianza permanente. Si el déficit continúa expandiéndose, las tasas largas seguirán siendo el termómetro de la credibilidad fiscal estadounidense.

Para los inversionistas, la oportunidad no está en apostar todo al dólar, al peso, a los bonos o al oro, sino en diversificar. Porque la próxima gran batalla financiera no será únicamente por bajar la inflación: será por determinar quién fija realmente el precio del dinero: la Reserva Federal, el Tesoro o el mercado. Y si la respuesta termina siendo el mercado, el oro, las tasas y el dólar podrían estar anticipando un nuevo orden financiero mundial.

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