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Opinión

De herradura a catedral

El diván interior

Junio de 1986. Monterrey amaneció con una fiebre que no era del verano. Por primera vez en su historia, la ciudad regiomontana abría sus puertas a la Copa del Mundo, y lo hacía con el Estadio Tecnológico como escenario principal. 

Aquella herradura de concreto, levantada apenas con medio millón de pesos recaudados en diecisiete días, iba a recibir a los mejores futbolistas del planeta. Nadie imaginaba entonces que, cuarenta años después, Monterrey volvería a vivir ese sueño —esta vez en una catedral de acero capaz de deslumbrar a cualquier aficionado del mundo.

La historia del Estadio Tecnológico es, en buena medida, la historia de la ciudad misma: pragmática, trabajadora, construida a base de voluntad colectiva. El recinto nació en agosto de 1949. Con los años, el estadio creció de manera orgánica: en 1965 se añadió una tribuna superior al costado poniente que elevó el aforo a 33,600 asientos.

Cuando México ganó la sede del Mundial de 1986, el Tecnológico tuvo que crecer una vez más, para cumplir con los requisitos de la FIFA, y fue ahí donde se construyó la llamada ‘herradura’ en la zona norte del estadio, una ampliación que llevó la capacidad total a 38,000 aficionados.

Lo que vino a reemplazarlo fue: El Estadio BBVA —sede oficial del Mundial 2026 bajo el nombre de Estadio Monterrey—, el cual comenzó a construirse en 2011. Su diseño estuvo a cargo de la firma internacional Populous, en colaboración con la firma mexicana VFO y el arquitecto Federico Velasco. 

Los números de su construcción son de otra galaxia respecto al Tecnológico.

¿Qué separa a estos dos estadios más allá de los materiales y las dimensiones? La respuesta más sencilla es el tiempo, pero también lo es la manera en que una ciudad entiende su propia identidad. 

El Tecnológico era un estadio popular en el sentido más puro: construido con prisa, con recursos limitados, con el entusiasmo colectivo como principal material de construcción. 

El BBVA es el estadio de una metrópoli que se piensa a sí misma como referente global: calculado al milímetro, proyectado para durar décadas, diseñado para ser transmitido en alta definición a todos los rincones del planeta. El primero pedía sacrificio; el segundo exige excelencia.

Y sin embargo, hay algo que permanece entre ambos: el calor —el de la ciudad y el de su gente. Entre esos dos mundiales, entre esas dos estructuras tan distintas, late el corazón de una ciudad que nunca dejó de construirse a sí misma.

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