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Opinión

Cuando pierde Gavilanes, pierde Matamoros

Protágoras

Vamos a decirlo sin rodeos: mientras el país se abraza frente al televisor soñando con el Tri en su Mundial, Matamoros apagó una de las pocas luces que le quedaban al deporte. 

Gavilanes cerró. Y no cerró un equipo: cerró quince años de niños con uniforme, de familias que madrugaban, de sueños que empezaban en una cancha polvorienta. 

Aquí está el punto ciego que nadie quiere ver. Durante años exigimos un equipo profesional. Cuando lo tuvimos, las tribunas parecían sala de cine un martes: medio vacías. Pedíamos resultados sin acompañar el proceso, como quien exige cosecha sin haber regado. 

Hubo pasión en redes, nostalgia en las pláticas, aplausos gratis. Faltó lo único que sostiene un proyecto: comprar el boleto y ocupar la butaca. Ningún empresario resiste eternamente la indiferencia. Jorge Alberto Rentería y quienes apostaron por La Ola, un estadio para 20,000, construyeron patrimonio donde muchos solo criticaban. Levantarlo tomó años. Tumbarlo, un comunicado.

Y aquí va el recado para la clase política: el deporte no es gasto, es inversión social. Un semillero cuesta menos que una patrulla y previene más que diez discursos. 

Pero la política siempre encuentra dinero para inaugurar, casi nunca para sostener, porque un niño en la cancha no da votos inmediatos. Cuando termine el Mundial y regrese la rutina, despertaremos con una cancha menos y un sueño menos para cientos de niños. 

El verdadero marcador nunca estuvo en el tablero del estadio. Estaba en nuestra capacidad de cuidar lo que era nuestro. Esta vez no perdió Gavilanes. Perdimos todos.

SE VAN LOS NIÑOS, LLEGAN LOS LADRONES

Cada verano, puntual como el calor, llega el comunicado: las secretarías de Seguridad y de Educación “trabajan de manera coordinada” para cuidar las escuelas en vacaciones. Suena bien. El problema es que suena igual todos los años. 

El operativo “Escuela Segura” presume recorridos en los perímetros y presencia policial en los horarios de mayor afluencia estudiantil. Ahí está el primer punto ciego: el robo no ocurre cuando la escuela está llena, sino cuando está vacía. 

Vigilar en horario de clases contra el saqueo de julio es como poner salvavidas en la alberca justo cuando ya nadie nada. Una patrulla que pasa cada tantas horas no es un candado; es un saludo. Y al ladrón que se lleva el cableado de cobre le sobran veinte minutos. 

Por eso, al volver, la historia se repite: faltan las bombas de agua, las computadoras, los aires acondicionados; aparecen los baños destruidos y los vidrios rotos. Y el veredicto de siempre: nadie supo, nadie vio.

La autoridad exhorta a padres y maestros a comunicarse y a marcar al 911. Correcto, pero eso es buena voluntad, no estrategia. La pregunta que el boletín no responde es la de fondo: ¿dónde está el presupuesto para veladores? ¿Dónde el “vecino vigilante” convertido en operativo real y no en consejo? ¿Dónde las alarmas, las cámaras, el patrullaje con ruta y horario nocturno? 

Cuidar una escuela vacía no se logra con comunicados; se logra con dinero, rondas de madrugada y alguien que responda cuando falte algo.  El examen no es el boletín de hoy. 

El examen es el regreso a clases, cuando los niños vuelvan y toque contar lo que ya no está. Ojalá, por una vez, la calificación no sea reprobatoria.  

¡¡Yássas!!

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