Opinión

La historia reivindica a los constructores: ¿cuál es el paralelo de Samuel García con Jorge Treviño?

Sección Editorial

  • Por: Eloy Garza
  • 03 Junio 2026, 04:59

Velamos al exgobernador Jorge Treviño en las Capillas Valle de la Paz, en San Pedro. 

Llegué al funeral en punto del mediodía y me aposté en un rincón discreto. Oré por el alma de un hombre cordial con quien charlé muchas veces. 

Departían familiares, amigos, exgobernadores e incluso rivales políticos —ferocidad exhausta— de cuando Treviño gobernó nuestro estado. 

Don Jorge murió el pasado 29 de mayo a los 90 años. Su enfermedad fue larga, injusta. Todo es, será, ceniza. 

Por un momento, las capillas se volvieron un templo de meditación. Quizá más: de contrición en la conciencia de algunos. Memento mori. 

Ya ninguno de los presentes revivía las campañas ásperas, rayando en la sandez, de los años 80. 

Menos de las ofensas inclementes que soltaban los panistas contra el gobernador Treviño. 

Se hablaba en las capillas de obra pública. De la presa El Cuchillo. De un hombre que, entre 1985 y 1991, dejó la Línea 1 del Metro, el pie de casa del sistema que hoy mueve a la metrópoli regiomontana. 

Entonces —sinceramente lo digo— no pude evitar pensar en Samuel García y en el ruido prianista, ensordecedor, que hoy lo rodea. 

La historia, vista desde unas capillas fúnebres, adquiere nitidez vindicativa para quienes solo viven del escándalo y la polarización.

García ha recibido, como Treviño en su momento, una oleada de intrigas, de denuncias que se avivan conforme camina su gestión. Es natural. Así son las dinámicas del poder. 

Pero por encima de ese ruido avanza lo evidente: 35 kilómetros de nuevas líneas de Metrorrey —fundamentalmente las líneas 4 y 6— construidos en poco menos de cinco años. 

Más del triple de lo que tardó la Línea 3, es decir, 11 kilómetros en 15 años. Un monorriel que se perfila como el más largo del continente, con cruces elevados innovadores, estaciones de gran altura y un ritmo que contrasta con la parálisis mortal de sexenios anteriores. Ya se verá. 

A eso se suman cientos de nuevos camiones, avances en movilidad y preparativos para el Mundial 2026.

Allí, en medio del silencio de las capillas, el paralelo se tornó evidente. 

Treviño fue agresivamente criticado en su época. Sin embargo, en su funeral nadie evocó aquellas polémicas irascibles. 

Se hablaba mejor de las obras que los nuevoleoneses siguen utilizando décadas después.

Hace muchos años entrevisté al urbanista brasileño Jaime Lerner —arquitecto, dos veces gobernador de Paraná—. 

Me explicaba el viejo gobernante que las ciudades se transforman con infraestructura que prioriza la movilidad y el largo plazo, aunque generen resistencias inmediatas. Treviño me dijo alguna vez que estudió bien la obra pública de Lerner. 

El brasileño transformó ciudades con su sistema de camiones rápidos (BRT), y demostró que los grandes proyectos urbanos perduran más allá de los debates políticos del “aquí y ahora”. 

Su legado, como el de Treviño, como el que construye Samuel García, es de vías elevadas, de presas y acueductos. 

El usuario del Metro del futuro no recordará las campañas de redes sociales; simplemente se subirá al Metro.

La política suele ensañarse contra quienes tienen la audacia de construir. 

Pero la historia, como quedó claro aquel sábado en las capillas del Valle de la Paz, más allá de ambigüedades, errores y contradicciones, absuelve a quienes dejan obra pública. Lo restante —intrigas, calumnias, manos sucias— se disolverá con el paso de los días. El Metro, en cambio, seguirá circulando y trasladando a los nuevoleoneses.

La historia no la escriben los adversarios del efímero momento, sino los usuarios futuros de esas obras. Y en ese veredicto, los constructores —con sus defectos incluidos— suelen salir mejor parados que sus detractores.

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