Opinión

La inflación bajó, pero tu dinero sigue perdiendo valor

Sección Editorial

  • Por: Guillermo Barba
  • 10 Agosto 2026, 02:00

La inflación en México bajó a 3.12% anual en julio, su menor nivel desde 2020. A primera vista, parecería una excelente noticia. Y sí, lo es, pero solo parcialmente. El problema es que mucha gente interpreta equivocadamente lo que significa que “baje la inflación”. Una inflación menor no quiere decir que los precios estén bajando ni que lo que usted gana vuelva a comprar lo mismo que antes. Significa simplemente que los precios continúan aumentando, pero a una velocidad menor.

Esa es una diferencia fundamental. Imagine que algo costaba 100 pesos y, después de varios años de inflación, ahora cuesta 130. Si la inflación baja, ese producto no regresa mágicamente a 100 pesos. Simplemente puede pasar de 130 a 134 en lugar de subir a 140. Los precios siguen aumentando y su dinero sigue perdiendo poder de compra; solo ocurre más lentamente.

Nos hemos acostumbrado tanto a vivir con inflación que prácticamente la consideramos normal. No debería serlo. El objetivo prioritario del Banco de México es procurar la estabilidad del poder adquisitivo de nuestra moneda y su meta permanente de inflación es de 3% anual. Tres por ciento parece poco, pero cuando la inflación se acumula año tras año, el efecto termina siendo enorme. Con una inflación constante de 3% anual, después de diez años el dinero pierde aproximadamente una cuarta parte de su poder adquisitivo. Con una inflación promedio de 4%, después de una década la pérdida se aproxima a una tercera parte. Y con una inflación cercana al 7%, el poder de compra puede reducirse aproximadamente a la mitad en apenas diez años.

Ese es el verdadero peligro de la inflación: no necesita convertirse en hiperinflación para destruir patrimonio. Puede hacerlo lentamente, casi sin que nos demos cuenta. El saldo de nuestra cuenta bancaria puede mantenerse o incluso aumentar, mientras nuestra riqueza real disminuye. Porque lo verdaderamente importante no es cuántos pesos tenemos, sino cuánto podemos comprar con ellos.

Por eso tampoco debemos dejarnos llevar únicamente por el dato de inflación general de 3.12%. La inflación subyacente, que excluye algunos de los componentes más volátiles y permite observar mejor la tendencia de los precios, permanece mucho más cerca del 4%. Mantener durante años tasas cercanas a ese nivel significa una erosión muy considerable del poder adquisitivo. Lo que parece una diferencia pequeña entre 3% y 4% se vuelve mucho más relevante cuando se acumula durante una década o más.

Además, México enfrenta otro problema: la economía prácticamente no está creciendo. Después de avanzar apenas 0.8% en 2025, incluso si este año lográramos crecer entre 1% y 1.5%, seguiríamos hablando de un desempeño extraordinariamente débil para una economía del tamaño y las necesidades de México. Cuando se combinan crecimiento económico muy bajo e inflación persistente, aparece una palabra que muchos prefieren evitar: estanflación.

Eso es precisamente lo que debe preocuparnos hacia adelante. Una economía que crece poco tiene menor capacidad para generar empleos, elevar la productividad y mejorar de manera sostenida los ingresos reales. Si al mismo tiempo los precios continúan aumentando, la población queda atrapada entre una economía prácticamente estancada y un costo de vida que no deja de subir.

El problema se agrava cuando observamos las finanzas públicas. México mantiene déficits fiscales elevados, el gasto público continúa creciendo y la deuda sigue acumulándose. Este no es un problema exclusivo del gobierno actual ni de un solo partido político. Durante décadas, administraciones de distintos colores han gastado recurrentemente más de lo que ingresan. Unas lo han hecho más que otras, pero la tendencia de fondo ha sido la misma.

A largo plazo, esa dinámica tiene consecuencias. Un Estado que necesita financiar déficits cada vez mayores incrementa sus necesidades de endeudamiento, presiona las tasas de interés y reduce su margen fiscal. Y cuando el gasto público se expande persistentemente por encima de la capacidad productiva de la economía, también contribuye a generar presiones sobre los precios.

Por eso considero poco probable que el problema inflacionario de México esté resuelto. El propio Banco de México lleva años posponiendo el momento en que espera alcanzar de manera sostenible su objetivo de 3%. Cada vez que la inflación tarda más de lo previsto en converger hacia esa meta, la fecha simplemente se recorre hacia adelante. Mientras tanto, la inflación sigue acumulándose y la pérdida de poder adquisitivo también.

La inflación, además, tiene una característica especialmente injusta: afecta proporcionalmente más a quienes menos tienen. Una familia de altos ingresos puede ajustar su consumo y dispone de mayores alternativas para proteger su patrimonio. Una familia que destina prácticamente todo su ingreso a alimentos, transporte, vivienda y servicios básicos tiene mucho menos margen de maniobra. Por eso la inflación funciona, en la práctica, como un impuesto silencioso que reduce el nivel de vida sin necesidad de que llegue cada año una nueva factura fiscal.

Lo vemos todos los días: en el supermercado, en las rentas, en las colegiaturas, en los seguros, en los restaurantes, en los automóviles y prácticamente en cualquier bien o servicio que consumimos. Pero su verdadero efecto se aprecia mejor cuando observamos periodos largos. Una inflación de apenas 3% o 4% parece moderada en un solo año; acumulada durante diez, veinte o treinta años, destruye una parte enorme del valor de una moneda.

Así que sí: celebremos que la inflación haya bajado. Es mejor una inflación de 3.12% que una de 8% o 9%. Pero no confundamos una desaceleración en el aumento de los precios con el final del problema. Los precios siguen subiendo y el peso continúa perdiendo poder adquisitivo.

Y si durante los próximos años la inflación promedio resulta incluso superior a la observada en buena parte de este siglo, como considero probable, esa erosión será todavía mayor.

Esa es la verdadera advertencia detrás de un dato que, a primera vista, parece tranquilizador, pero que no debe convertirse para nosotros en un espejismo económico que nos haga caer en una trampa de afectación patrimonial.

Compartir en: