El dólar cerró la semana pasada en $16.92 pesos y reapareció una pregunta que los mexicanos conocemos demasiado bien: ¿se acerca una “devaluación” o el dólar puede seguir cayendo?
Mi respuesta es clara: en el corto plazo veo más probable que continúe la fortaleza del peso.
Pero cuidado. Que el peso se fortalezca frente al dólar no significa que nuestro dinero se haya vuelto más sólido ni que nuestra riqueza haya aumentado.
La barrera de los $17 pesos, que durante días funcionó como un importante soporte técnico y psicológico, finalmente cedió. El cierre semanal en $16.92 pesos por dólar confirma que la presión vendedora sobre la divisa estadounidense continúa.
Y no descartaría niveles todavía más bajos.
¿Por qué está pasando?
La explicación principal no está en México. Está en Estados Unidos.
Existe una clara debilidad internacional del dólar y una política estadounidense que favorece una moneda relativamente barata. Un dólar débil vuelve más competitivas las exportaciones estadounidenses, encarece las importaciones y forma parte de la estrategia económica de Donald Trump para reducir los desequilibrios comerciales de Estados Unidos.
Pero tampoco hay que negar una realidad incómoda para quienes quieren explicar todo lo que ocurre en México como una catástrofe permanente:
En materia de deuda pública, México se encuentra hoy en una posición menos deteriorada que Estados Unidos.
Eso no significa que las finanzas mexicanas sean ejemplares. La deuda sigue creciendo y, a mi juicio, seguirá generando problemas importantes durante los próximos años.
Pero México todavía tiene una deuda pública inferior a 60 por ciento del PIB, mientras que la estadounidense supera ampliamente el 120 por ciento. Esa diferencia también importa para el mercado cambiario.
Por eso, el llamado “superpeso” no es únicamente propaganda ni una ilusión.
Hay razones reales detrás de su fortaleza. Y hay que aprovecharlas.
Un peso fuerte beneficia a quienes compramos productos importados, viajamos al extranjero o queremos invertir y hacer negocios fuera de México.
Si usted está pensando viajar a Estados Unidos o Europa, este tipo de cambio juega a su favor.
Si quiere comprar maquinaria, tecnología o bienes producidos fuera del país, también.
Y si tiene planes para invertir o expandir un negocio en Estados Unidos, hoy sus pesos compran más dólares que hace apenas unos meses.
Pero toda moneda tiene dos caras.
Los exportadores mexicanos reciben menos pesos por cada dólar que cobran. Lo mismo ocurre con quienes reciben remesas o ingresos denominados en dólares.
Para los extranjeros, México también se encarece: sus dólares y euros compran menos pesos. Eso perjudica, entre otros sectores, al turismo receptivo y a quienes venden bienes y servicios al exterior.
No existe un tipo de cambio que beneficie a todos.
Por eso debemos dejar de analizar el dólar como si fuera un marcador de futbol donde México “gana” cuando baja y “pierde” cuando sube.
La economía no funciona así.
Y aquí viene, para mí, la conclusión más importante:
Un dólar barato no convierte al peso en una buena inversión.
Todavía encuentro personas que acumulan dólares esperando que algún día “suban”, como se acostumbraba hacer durante buena parte del siglo pasado.
El dólar no es una inversión. Es una divisa fíat. Ni más ni menos.
Pero cometeríamos el mismo error si, debido a la fortaleza cambiaria, concluyéramos que mantener nuestro patrimonio en pesos se ha vuelto una gran estrategia.
No lo es.
El verdadero parámetro para medir el valor de nuestro dinero no es únicamente cuántos dólares puede comprar hoy, sino cuántos bienes y servicios podrá comprar mañana.
Vaya al supermercado. Pague vivienda, educación, seguros, restaurantes o servicios.
Los precios siguen aumentando.
El peso puede fortalecerse frente al dólar y, al mismo tiempo, perder poder adquisitivo frente a prácticamente todo lo que necesitamos comprar.
Una cosa es el tipo de cambio.
Otra es el valor real del dinero.
Y ese valor real se erosiona con la inflación.
Además, considero que durante los próximos 25 años México enfrentará presiones inflacionarias mayores que las observadas durante buena parte de los últimos 25. La deuda pública continúa creciendo y su ritmo de acumulación se ha acelerado. Por eso, tampoco debemos asumir que la actual fortaleza cambiaria será permanente.
Entonces, ¿qué hacer?
Aprovechar lo que no controlamos y actuar sobre lo que sí controlamos.
No controlamos el tipo de cambio.
Si el peso está fuerte, aprovechémoslo.
Viaje. Compre bienes extranjeros que necesite. Diversifique. Invierta internacionalmente cuando tenga sentido hacerlo.
Pero no permita que un dólar a $16.92 pesos le genere una falsa sensación de seguridad.
Su patrimonio no crece porque aparezca un número menor en la pantalla del tipo de cambio. Crece cuando usted genera ingresos, ahorra una parte de ellos y transforma ese ahorro en bienes que, con el tiempo, pueden convertirse en capital.
Ese es el ABC que siempre repito:
Ahorro. Bienes. Capital.
Ahorrar es indispensable, pero es apenas el principio. Conservar dinero durante años sin invertirlo correctamente significa permitir que la inflación vaya destruyendo lentamente su poder de compra.
Así que sí: disfrutemos el superpeso y aprovechemos el dólar por debajo de $17 pesos mientras esté ahí.
Pero no nos confundamos.
El verdadero objetivo nunca fue acumular pesos ni dólares.
El objetivo es construir patrimonio.
