Trece años es lo que tarda un recién nacido en volverse adolescente. Es también el tiempo que la Concha Acústica de Matamoros pasó callada, como un instrumento guardado en su estuche al que nadie volvió a abrir.
Y 13 años, en política, son muchos. Son casi tres administraciones. Por eso, cuando un alcalde dice “13 años de abandono”, no está dando un dato: está pasando una factura.
El mensaje, dicho sin decirlo, es claro: lo que otros dejaron caer, nosotros lo levantamos. Beto Granados entendió algo que la clase política suele olvidar: una ciudad también se gobierna desde lo emocional. Las butacas nuevas, la velaría, la pintura, no resuelven los problemas de fondo de una frontera. Pero devuelven algo intangible: el lugar donde la gente se junta. Una ciudad sin espacios comunes es como una casa sin sala. Todos viven ahí, pero nadie convive.
Y el momento no podía ser mejor. Matamoros cumple doscientos años, y pocos regalos le caen mejor a una ciudad en su cumpleaños que recuperar un pedazo de su propia memoria. Además, aquí no se maquilló el problema: se cambió lo que había que cambiar. Mil seiscientas butacas nuevas, una velaría con 10 años de garantía, el cuarto de control de máquinas y la subestación eléctrica intervenidos, la estructura metálica tratada contra el óxido y vuelta a pintar. No fue una mano de gato; fue cirugía mayor. Lo único que queda pendiente sobre la mesa es el dato más terrenal: cuánto costó todo esto y de dónde salió. En el regalo ya se ve el moño; falta ver el precio. Y en política, tarde o temprano, alguien pregunta por la factura.
Pero conviene no confundir la inauguración con la meta. Un recinto se rescata con obra; se justifica con programación. La pregunta que sigue no es si la Concha luce mejor, sino qué va a sonar en ella el resto del año.
El tejido social no se reconstruye con un corte de listón, sino con lo que ocurra después, función tras función. Porque un foro vacío, por nuevo que esté, sigue siendo un foro vacío. Por ahora, Matamoros volvió a tener dónde escucharse. Y en una ciudad que durante años cargó con otros ruidos, que vuelva a sonar la música no es poca cosa.
¿Y LA VISIÓN, RECTORA?
Hay cargos que se ocupan y cargos que se habitan. Diana Masso Quintana llegó a la rectoría de la Universidad Tecnológica de Matamoros en noviembre de 2022, de la mano del cambio político en Tamaulipas, y desde entonces no ha dejado de aparecer: graduaciones históricas, el primer posgrado de la institución, equipos de robótica rumbo a un mundial, matrícula al alza. Todo eso es real y vale reconocerlo.
Pero permítanme la pregunta que me quita el sueño: detrás de cada boletín que agradece al gobernador, ¿dónde está su voz? Porque una rectora no administra ladrillos: administra futuros. Miles de jóvenes de Matamoros apuestan ahí lo único que tienen, su tiempo, su esfuerzo, su esperanza de destacar. Y esos muchachos merecen saber qué piensa quien decide por ellos.
La institucionalidad impecable puede traducirse, con el tiempo, en un premio político: una candidatura, una diputación, lo que el proyecto sexenal disponga. Eso ya lo hemos visto 1,000 veces.
Lo que casi nunca vemos es el legado. ¿Qué quedará cuando ella se vaya? ¿Aulas? ¿O una generación formada con visión propia? Hago un llamado, con todo respeto y de frente: que Diana Masso se deje conocer más allá de lo institucional. Que nos cuente qué universidad sueña, qué Matamoros imagina, qué le exige a sí misma. No basta inaugurar; hay que inspirar. Rectora: los jóvenes no necesitan otra foto. Necesitan una visión. ¿Nos la va a contar?
¡¡Yássas!!
