Opinión

La Odisea

Sección Editorial

  • Por: Mario González Dueñas
  • 24 Julio 2026, 00:01

En el siglo VIII a. C., el poeta concibió a Odiseo (Ulises en su versión romana o latina, según prefieras). Este titán mitológico y milenario continúa cautivando no solo a una generación, sino a incontables milenios, civilizaciones, hambrunas y conquistas. 

No es para menos, pues cualquier héroe moderno, navegante, soldado o aventurero, le debe su mística al creador y al personaje que lo superó todo. Incluso desafió su propio declive con tal de volver al hogar y consumar el legendario viaje del héroe.

No nos detendremos en debates clásicos ni en complejas disertaciones históricas que van más allá de las conjeturas. En cambio, nos sumergiremos en la mirada de uno de los directores más extravagantes de la actualidad: Christopher Nolan. 

El cineasta nos regala una odisea visual de casi tres horas inspirada en el viaje mítico de Odiseo, interpretado por un magnífico Matt Damon que logra robarnos mucho más que una simple sonrisa.

Y es que, querido lector, en este terreno Nolan es un maestro consumado, un viejo lobo de mar con la sal grabada en la piel. 

La película cobró vida por completo en formato IMAX, una experiencia que supera con creces cualquier estándar cinematográfico. Sin embargo, el verdadero encanto radica en que fue filmada de manera analógica; es decir, en emulsión pura.

Debemos entender al director como un purista absoluto del celuloide. La fotografía rompe cualquier esquema de genialidad gracias a la mirada y entrega de Hoyte van Hoytema, quien desde la cinta Interstellar se ha convertido en su cinematógrafo de cabecera.

Hasta aquí todo parece normal. Pero atención, querido lector: cuando disfrutes de esta pieza artística, abre bien los ojos. Nolan detesta los efectos por computadora. Casi la totalidad de los trucos visuales son mecánicos y ópticos. Hablar de esto es admirar una disciplina absoluta, una firma que se refleja en cada fotograma del director.

No pretendo usar estas líneas para revelar secretos de la trama ni hacer spoilers del filme que hoy nos convoca. Sin embargo, hay una verdad evidente que debo gritar a los cuatro vientos: es obligatorio vivir esta experiencia en la gran pantalla. De ser posible, hazlo en el formato para el cual fue grabada en el alma de su creador, es decir, IMAX.

Los invito, entonces, a que se atrevan a navegar por el sendero de Odiseo. Sientan en la piel la brisa y la sal del Mediterráneo, recorriendo las místicas aguas del Egeo, el Jónico y el Tirreno. 

Pero, por encima de todo, los exhorto a ser cómplices de este viaje épico. Al final, nos recuerda que todos, en algún punto de nuestra existencia, emprenderemos una travesía arriesgando el corazón para regresar con nuestra Penélope y fundirnos en el abrazo de Telémaco.

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