1. No sabremos nunca si “El Mencho” fue abatido o ejecutado, es decir, asesinado sin ser llevado a juicio —cosa cada vez más frecuente en el mundo entero, ya sin respeto a la ley—. Lo que sí nos consta es que fue despedido de este planeta no solo en paz, garantizada en sus funerales por un ostentoso despliegue protector, en tierra y aire, a cargo de autoridades civiles, sino rodeado de numerosos arreglos florales, con banda de música incluida, y colocado en un ataúd dorado, símbolo del poder acumulado y de los ingentes recursos conseguidos gracias a sus actividades ilícitas.
2. Contrasta con lo que sufren cada día centenares de mamás buscadoras, impotentes ante la imposibilidad no solo de encontrar a sus hijos desaparecidos, sino ni siquiera de darles una digna sepultura adonde poder ir a llorarlos. Atención: ellas ya no reclaman justicia ni que se esclarezcan los hechos que llevaron al secuestro de sus jóvenes. Tampoco les interesa saber quiénes son los responsables. No albergan deseos de venganza en su contra, ni el rencor las motiva a desearles la misma suerte. Solo quieren tener los restos de sus amados y alcanzar una mínima paz.
3. Pero es muy difícil esperar que el mismo trato ofrecido a, quizá, el capo más poderoso del mundo narco, en el momento de su adiós terreno, les sea otorgado a los miles de jóvenes atrapados por las redes del crimen organizado, ya para reclutarlos en sus filas, ya para cobrar rescate por ellos, y que, por un motivo u otro, son desaparecidos de su entorno familiar, laboral o comunitario. Solo se les considera, si tienen suerte, en las listas cada vez más escatimadas y distorsionadas de quienes no aparecen, de los que se llevaron —que no se fueron— para no regresar.
4. Un funeral dice mucho de nosotros y refleja rasgos de nuestra personalidad, siempre y cuando sea respetada nuestra última voluntad, lo que no sucede con frecuencia —sé de personas que dejaron en su testamento la indicación de no ser intubadas, y sus hijos no la obedecieron—. Los hay sobrios y depurados, pero también ostentosos y cargados de ornato. Reflejan nuestra clase social, nuestros compromisos económicos, políticos o religiosos, y son ocasión lo mismo para saludar a los deudos que para enaltecer al difunto, “que se nos adelantó”.
5. El sepelio de “El Mencho”, ataviado con coronas florales y con áureo féretro como protagonista, manifiesta su estatus casi de héroe en una población que admira a quien se opone a los soldados y dispensa generosos donativos para obras sociales. El que no han tenido ni tendrán los miles de desaparecidos revela la incompetencia o complicidad de las autoridades, sus omisiones culpables y su falta de sensibilidad. Ellos no tendrán unas exequias ni una misa concelebrada —como sucede con personajes notables, criminales o no—. Tampoco un sitio donde se les llore.
6. Francisco de Quevedo dijo que la muerte nos hermana a todos. Textualmente escribió: “Vivir es caminar breve jornada, y morir es hermanarnos”. Y es que ella no distingue clases sociales, raza, religión o ideología: es el igualador universal definitivo. Pero otra cosa son las formas en que nos despedimos de esta vida. Miles de desaparecidos en México no tienen ni un sepulcro o una urna donde sus familiares puedan ir a vivir su luto con ellos, mientras que “El Mencho” fue homenajeado a la hora de su partida. No. No todos somos iguales. Ni siquiera para morir.
7. Cierre icónico. Ya faltan 100 días para la inauguración de la Copa Mundial de la FIFA. “El futbol es lo más importante de lo menos importante” —dicen que lo dijo Arrigo Sacchi o Jorge Valdano— y sí, nos lleva a olvidar, por poco más de 90 minutos, aquello que no deberíamos quitar de nuestras prioridades. El problema es que una de las cosas más relevantes en nuestro país, la inseguridad, no parece dispuesta a permitir que la dejemos de lado. ¿Habrá una tregua de los cárteles para que se desarrollen los partidos sin contratiempos? ¿A cambio de qué?
