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Opinión

Escuelas sin pantallas, una oportunidad para reconectar

Presente y futuro

A partir del 3 de noviembre, en las escuelas primarias y secundarias del país se restringirá el uso de celulares durante la jornada escolar. 

La presidenta Claudia Sheinbaum ha sido muy clara al explicar que no queremos que nuestras niñas, niños y adolescentes dejen de utilizar la tecnología, sino que aprendan a utilizarla de manera responsable y equilibrada. 

Y creo que ahí está la clave para entender esta medida.

Vivimos en una época en la que el teléfono celular se convirtió en una herramienta prácticamente indispensable. Nos permite comunicarnos, estudiar, trabajar, informarnos y acceder a una enorme cantidad de conocimientos. 

Pero también debemos reconocer una realidad: una herramienta puede dejar de ayudarnos cuando comienza a ocupar espacios que necesitamos para otras cosas.

La propia Presidenta lo ha planteado de manera muy sencilla: si durante el recreo una niña o un niño está concentrado en la pantalla, ¿cuándo juega con sus compañeros?, ¿cuándo conversa?, ¿cuándo aprende a relacionarse?, ¿cuándo corre, participa o simplemente se divierte?

Son preguntas que vale la pena hacernos como sociedad.

Porque la escuela no es únicamente el lugar donde se aprenden matemáticas, español, ciencias o historia. También es donde aprendemos a convivir.

Ahí hacemos amigos, aprendemos a trabajar en equipo, descubrimos nuestras habilidades, enfrentamos diferencias, expresamos lo que sentimos y comenzamos a construir nuestra personalidad.

Por eso, recuperar algunos de esos momentos sin una pantalla de por medio puede ser también una forma de cuidar a nuestras niñas, niños y adolescentes.

Además, la decisión no surge de manera aislada. La Secretaría de Educación Pública ha trabajado con las autoridades educativas de las 32 entidades para construir un acuerdo nacional sobre el uso y regulación de dispositivos digitales en las escuelas. También se consultó a las y los docentes, y la Presidenta ha insistido en que las familias deben conocer y participar en esta discusión. 

Durante octubre se realizarán asambleas informativas en las escuelas para que madres, padres, personas cuidadoras y la comunidad educativa conozcan la medida, planteen sus dudas y puedan participar en este proceso.

Eso también es importante: informar antes que imponer.

No podemos pedir a nuestras niñas, niños y adolescentes que hagan un uso responsable de la tecnología si los adultos no somos capaces de acompañarlos en ese aprendizaje.

La responsabilidad comienza en la escuela, pero no termina ahí.

También está en casa.

Tenemos que hablar con nuestros hijos e hijas sobre lo que encuentran en internet, sobre las redes sociales, sobre el tiempo que pasan frente a una pantalla y sobre los contenidos que consumen. Tenemos que enseñarles que no todo lo que aparece en una pantalla es verdad, que no todas las personas que conocen en internet son quienes dicen ser y que su valor como personas no depende de una reacción, un comentario o un “me gusta”.

Por eso, me parece importante que esta política forme parte de una conversación mucho más amplia sobre el bienestar de nuestras infancias y juventudes.

La Presidenta ha impulsado también acciones como El ABC de las emociones, precisamente porque cuidar a las nuevas generaciones significa atender no solamente su aprendizaje académico, sino también su desarrollo emocional y su capacidad para relacionarse con los demás. 

Y aquí hay una reflexión que considero fundamental: la tecnología debe estar al servicio de las personas, no las personas al servicio de la tecnología.

No se trata de regresar al pasado ni de tenerle miedo al futuro. Se trata de aprender a vivir con las nuevas herramientas sin permitir que sustituyan aquello que ningún dispositivo puede reemplazar: una conversación frente a frente, un juego con amigos, un libro, una pregunta al maestro, una comida en familia o el simple hecho de mirar a otra persona a los ojos.

Como sociedad tenemos que encontrar ese equilibrio.

Queremos niñas y niños que sepan utilizar la tecnología, pero también que sepan leer, imaginar, crear, escuchar, dialogar y convivir.

Queremos adolescentes conectados con el mundo, pero también conectados con su familia, con sus amigos, con su comunidad y consigo mismos.

Por eso, la decisión anunciada por la Presidenta debe entenderse como una oportunidad para recuperar algo que quizá hemos ido dejando de lado sin darnos cuenta: el tiempo para estar presentes.

Porque educar no solamente es transmitir conocimientos.

Educar también es enseñar a vivir.

Y si queremos construir un México con jóvenes más preparados, más seguros de sí mismos, más sensibles y capaces de enfrentar los retos del futuro, tenemos que empezar por algo tan sencillo como darles espacios para aprender, jugar, conversar y descubrir el mundo sin que una pantalla esté siempre en medio.

La tecnología seguirá avanzando. Y nuestros hijos e hijas también.

Nuestro reto es asegurarnos de que, mientras avanzan hacia el futuro, nunca pierdan la capacidad de mirar, escuchar, aprender y convivir.

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