Opinión

La salvación y la espera

Sección Editorial

  • Por: P. Noel Lozano
  • 30 Noviembre 2023, 21:09

Este fin de semana nos introducimos en el tiempo del adviento. El profeta Isaías hace una hermosa oración, donde el antiguo pueblo de Israel con una oración de súplica a Dios como Padre, renace la esperanza de un pueblo que reconoce su falta, pide el perdón de Dios y espera su respuesta fiel porque “somos hechura de sus manos”. Esta es una oración bellísima, en forma de salmo, expresa los sentimientos de los israelitas que volvían gozosos a su patria después del destierro, pero advertían que, extrañamente, se retrasaba la intervención salvífica de Dios: “Ah si rompieses los cielos y descendieses”, en esta petición hay simultáneamente angustia y confianza. Hay dolor de la realidad actual, pero esperanza inquebrantable en la promesa del Señor.

Pablo, expone al pueblo de Corinto que no carecían de ningún don, que nunca perdieran la conciencia de que en Jesús habían sido colmados con toda clase de bendiciones. Un recordatorio para la comunidad de aquellos tiempos, como para nosotros, sobre la abundancia de dones enviados por Dios por medio de Jesús, invitándonos a mantenernos irreprochables, unidos y fieles a Jesús hasta su venida, sabiendo que “Dios es fiel”. En esto consiste precisamente la salvación, el caminar con la alegría y esperanza de la fidelidad de Dios.

El evangelio de Marcos indica que la espera vigilante de la manifestación de Jesús es aquella que debe acompañarnos en nuestra vida mortal. Jesús exhorta a sus discípulos y a todos lo que lo escuchan a vivir con una actitud de vigilancia. Un estilo de vida que Jesús nos propone, vivir con esa conciencia de vigilancia y preparación para el encuentro con el Señor. Tengamos claro y para eso es el adviento: “El Señor puede llegar en cualquier momento: velemos, no durmamos”, “El Señor está por llegar”.

Nuestra oración de este periodo debe estar encaminada a tomar conciencia sobre nuestra salvación y aprender a fortalecer la virtud de la esperanza. Rezamos: “Ah si rompieses los cielos y descendieses”. Esta gran petición de Isaías sintetiza muy bien la espera de Dios que se hace presente, ante todo, en la historia del pueblo de Israel, y en el corazón de todo hombre, no fue pronunciada en vano. San Juan Pablo II nos expresa de manera muy hermosa una síntesis de este misterio de salvación: “Dios Padre ha cruzado el umbral de su trascendencia: mediante su Hijo Jesucristo, se ha echado a las calles del hombre y su Espíritu de vida y de amor ha penetrado en el corazón de sus criaturas. Sí, en Jesús, tenemos la salvación y el acceso al Padre. “Dios Padre ha cruzado el umbral de su trascendencia” para hacerse uno como nosotros, más pobre que nosotros. Es muy consolador el pensar que la admirable caridad y amor de Dios, hacia cada uno de nosotros, que para rescatar al esclavo ofreció a su propio Hijo.

Este tiempo de adviento, de espera, adoptemos tres actitudes del evangelio:

1. La primera: estar atentos. Jesús nos invita a “vivir atentamente”, es decir, nos invita a adoptar una actitud de reflexión, de recogimiento, de silencio interior. Prestar atención quiere decir concentrarse en una realidad con toda el alma y dar unidad a todas las capacidades de la persona humana. Un hombre atento es un hombre reflexivo y bien dispuesto para entrar en relación con Dios, con sus semejantes y consigo mismo. Lo opuesto a la “atención” es la “distracción”, la “dispersión”, tan común en nuestro mundo contemporáneo, lleno de ruidos, de imágenes y de sensaciones transitorias. En la distracción se pierde la unidad interior de la persona, se pierde la calma y la paz del corazón.

2. La segunda: Velar. En el original griego velar equivale a “quedarse sin dormir”. La gran tentación que nos asecha es la de quedarnos dormidos en medio de la noche. En la Biblia, la noche es símbolo de la acción del maligno que siembra la cizaña; es el tiempo del sufrimiento, de la prueba, de los ataques por sorpresa; es el tiempo de la angustia ante la venida del Hijo del Hombre, de rechazo de la luz. Quien se duerme, se deja llevar por la fuerza del enemigo, por la fuerza de las pasiones, por los atractivos del mundo. No vela y se pierde. Que sea nuestro reto: “velar en la noche del mundo para estar preparados al encuentro del Señor”.

3. La tercera: Vigilar. En el evangelio se repite dos veces este verbo: vigilar. Es la acción del centinela que tiene que estar alerta, mientras espera pacientemente el paso del tiempo nocturno para ver surgir en el horizonte la luz del alba. Estar alerta significa discernir en medio de la noche los signos de los tiempos. Estar alerta significa, como el centinela, vivir con la esperanza en los ojos del amanecer que se avecina; más aún, es descubrir ya en la noche la acción misma de la luz que va venciendo las tinieblas. Como todos los hombres, los cristianos viven en la noche de este mundo, pero no pertenecen a la noche. Esta vigilia, sin embargo, es una prueba; es un momento duro, de lucha, de dificultad. Es una vigilia de oración, es una vigilia que implica sacrificio; pero es, al mismo tiempo, una vigilia en la que se anuncia cada vez más cercana la aurora. 

Santa María Inmaculada, de la Dulce Espera, ruega por nosotros.

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