La selección de México perdió, pero ganó en grandeza
Sección Editorial
- Por: Alberto Pelaez
- 08 Julio 2026, 00:00
Me gustaría ahondar en la reflexión, porque, miren: el domingo no se rompió un marcador, se partió algo mucho más profundo, el corazón de un pueblo.
México jugó un solo partido, pero lo hizo con millones de voces empujándolo desde atrás; con gargantas encendidas desde la tribuna, desde las casas, desde los bares, desde cada rincón donde una bandera verde, blanca y roja parecía respirar.
Y cuando la derrota empezó a asomarse, cuando el partido parecía cerrarse como una puerta pesada, los jugadores mexicanos no bajaron los ojos, no miraron al cielo buscando una explicación. No. Miraron hacia adelante, miraron la portería rival, miraron el único lugar donde todavía podía vivir la esperanza.
La noche tenía algo antiguo, como si Tláloc, el señor de la lluvia, hubiera abierto las nubes para mirar desde arriba a sus guerreros, no para regalarles la victoria, sino para ver si todavía eran capaces de pelear por ella. Y México peleó. No con la comodidad del que domina, no con la calma del que tiene el destino escrito; peleó desde la herida, desde la urgencia, desde ese lugar donde los equipos dejan de jugar por táctica y empiezan a jugar por memoria, por orgullo, por tierra.
México no ganó, es verdad, pero tampoco se fue pequeño, porque hay derrotas que humillan y hay derrotas que rebelan.
La de anoche reveló una fuerza que llevaba tiempo escondida, una magia que parecía dormida, una manera de competir que no se explica sólo con goles, estadísticas o pizarras.
México llegó al límite y, al llegar, también le puso un límite a Inglaterra. Como dije el otro día, el penal no fue sólo un gol en contra, fue una frontera: fue el punto exacto donde el rival entendió que para avanzar tenía que sufrir, resistir y pagar un precio, porque México no abrió la puerta.
México obligó al otro a empujarla con todo el cuerpo y, cuando llegó el final, no hubo una caída limpia; hubo un derrumbe con dolor, con honor. Perdón, de esos en los que uno se va mirando atrás con los ojos llenos, no porque faltara amor, sino porque sobró: sobró corazón, sobró entrega, sobró esa energía brutal de querer darle a una nación la alegría que merecía.
Y quizá ahí está la verdad más difícil de aceptar: México, nuestro México, quería darle algo a su gente sin darse cuenta de que ya se lo estaba dando.
Le dio una noche para crecer, le dio una reacción cuando todo parecía perdido, le dio orgullo en medio del dolor, le dio una imagen que no se borra: 11 jugadores negándose a rendirse frente a un gigante.
Por eso, las lágrimas no fueron sólo tristeza. Fueron descarga; fueron todo lo que un pueblo guardó durante años saliendo de golpe. Fueron rabia, amor, ilusión, cansancio, esperanza y memoria cayendo por la cara.
México se fue del Mundial, sí, pero no se fue vacío. Se fue con la cabeza golpeada, pero no agachada; con el pecho roto, pero encendido; eliminado, pero no vencido en el espíritu.
Porque anoche, en medio del trueno, México recordó algo que quizá necesitaba recordar: que incluso cuando el marcador no te pertenece, la grandeza todavía puede ser tuya.
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