Nada más desagradable que quedar recluido en prisión, como lo está Karina Barrón en el Centro de Reinserción Social Femenil de Escobedo.
Es una experiencia frustrante. Vence al más plantado, más cuando se es figura pública. Humillación, ansiedad, incertidumbre, soledad.
Después de estar en la sala que se conoce como “ingreso”, se le destina al aún presunto culpable a tres tipos de módulos: el primero es el común, el segundo es para las presas peligrosas y el tercero es el psiquiátrico.
Por más que se protejan los derechos humanos, la cárcel es la cárcel, así se le conozca con el eufemismo de centro de reinserción social.
En cada celda moran entre 4 y 5 reclusas. Un solo baño para todas. Frío en invierno y caliente en verano. Entiendo que a veces se permite introducir un pequeño ventilador. Nunca será suficiente. ¿Regaderas con agua caliente? No. A veces se consigue una “resistencia” para calentar el agua, una pequeña cubeta o un bote de plástico que antes fue de refresco.
Comida a base de frijoles con arroz, o de lentejas; de vez en cuando, pollo desmenuzado. El sabor es insípido. Las filas para recibir el plato son largas y tediosas.
Ya no hay circulante de dinero adentro como en años anteriores. Se paga con huella. La medida se tomó para evitar actos de corrupción que era casi por sistema. Se acabaron esos excesos. Eso dicen.
Si se quiere compartir un “lujo” con alguna custodia, se paga con huella, a precio de oro, una hamburguesa o un hot dog. No siempre es lo más recomendable. Las demás miran con recelo y cierta envidia estos gestos de diferencia. Mejor no llamar tanto la atención.
El lector de esta columna debe saber que la prisión preventiva oficiosa es una medida cautelar que implica la detención automática y obligatoria de la persona acusada. El tiempo de estancia al interior del centro de readaptación puede prolongarse. Los efectos en la persona presa dependerán de la templanza y el carácter.
Hace poco, un penalista me dio un dato curioso: los presos que mejor resisten esas condiciones tan adversas son aquellos que tienen un motivo moral para soportar. Su inocencia les da el coraje para resistir. Ser inocente, injustamente encarcelado, mantiene el ánimo íntegro, incólume. Puede ser. “Yo no lo sé de cierto, pero supongo…”, como decía Jaime Sabines.
