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Opinión

Las posibilidades del trauma

Junípero Méndez Martínez es médico, psiquiatra y psicoanalista, miembro de la Asociación Psicoanalítica Internacional y profesor de psicoanálisis en el instituto de ARPAC. Asociación Regiomontana de Psicoanálisis.

Estimados lectores: una panorámica del trauma psicológico causado por la violencia familiar y social sería tema pertinente y de actualidad, pero sería también una voz más entre tantas otras que solo abonaría a la trivialización del tema.

De modo que resulta más significativo, aunque menos popular, abordarlo desde la óptica del desarrollo del individuo.

Visto sin romantización, el nacimiento mismo es un hecho físicamente traumático, pues aparte de las posibles complicaciones obstétricas, el recién nacido ha pasado de un estado de satisfacción continua de sus necesidades a otro modo de sobrevivencia opuesto.

En el que, precisamente, la percepción aguda del hambre, del frío o de la incomodidad del interior de su cuerpo, manifestada como queja o llanto, es lo que permite que sus necesidades (su sufrimiento), sean aliviadas. Y de que sean oportunamente satisfechas, dependerá en parte el desarrollo psicológico adulto.

El surgimiento de la consciencia es, ante todo, una consciencia de sufrimiento. La noción de trauma psicológico abarca no solamente la exposición a daños o peligros, sobre la vida y la integridad a lo largo del desarrollo, sino también la privación o aporte insuficiente de cuidado o apoyo psicológico. Como, por ejemplo, los bebés que son amamantados por una madre que está absorta en su celular.

Para el cumplimiento de las tareas del desarrollo a lo largo de la vida, sin embargo, es inevitable que la vida misma, nos imponga una exigencia de adaptación, que puede ser traumática, mientras no se logra trascender ese estado de inmadurez. 

Por eso, los recuerdos que conservamos como más significativos en nuestra vida, son con frecuencia los hechos “Que nos hicieron cambiar”, es decir, que tuvieron una intensidad emocional tal que presionaron a nuestra persona, a un estado de funcionamiento superior. Como si el trauma, la lucha por alejarse de él, fueran un motor para el cambio psicológico.

En una sociedad en que se privilegia la satisfacción inmediata y el placer, las exigencias normales del desarrollo psicológico, como la adquisición de hábitos, la disciplina y el esfuerzo, pueden ser sufridas como traumáticas, evitadas a toda costa y por ello, la maduración retrasada. En este caso podría decirse que ocurre trauma por sobreprotección. 

El aspecto traumático que nos ofrece el proceso de parto y nacimiento, nos recuerda que, por más que lo consideremos absurdo, el trauma, el dolor y la vulnerabilidad están inextricablemente unidos con la vida, el desarrollo y el gozo. 

La devaluación del sufrimiento como algo que no debiera existir en la vida nos revela el anhelo de recuperar el estado de satisfacción continua de la vida intrauterina, recuerdo que vive en lo más profundo de nuestra memoria inconsciente.

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