El espejismo de la venganza
Abogado, socio fundador de su firma y miembro de la Barra Mexicana de Abogados. Especialista en litigios complejos, impulsa el uso de tecnología en la práctica jurídica y promueve el fortalecimiento del Estado de derecho y del sistema judicial
El espejismo de la venganza
La sociedad mexicana vive inmersa en un clima de acusación constante. Diariamente, la opinión pública y las redes sociales se convierten en tribunales sumarios donde se exige, con un regocijo casi palpable, que se aplique “todo el peso de la ley” a figuras públicas, influencers o empresarios acusados de conductas antisociales. Esta sed de venganza social es comprensible; nace del dolor genuino de un país históricamente agraviado por la impunidad y la violencia. Nadie merece ser víctima de un delito; las cicatrices económicas, psicológicas y emocionales que deja una transgresión son profundas, dolorosas e injustificables. Sin embargo, hemos confundido la justicia con la retribución del sufrimiento, y esa confusión nos está saliendo muy cara.
En la Barra Mexicana, Colegio de Abogados, Capítulo Nuevo León, analizamos recientemente esta patología en el foro “Las miserias del derecho penal”. Las conclusiones fueron alarmantes. Evidenciamos un sistema penal caracterizado por el uso abusivo, sistemático y desproporcionado de la prisión preventiva oficiosa y, paralelamente, por una ausencia casi absoluta de respeto a los derechos humanos y de programas efectivos de reinserción social en los centros penitenciarios. Estamos saciando un hambre social de castigo mandando gente a la cárcel —en muchas ocasiones, sin sentencia— bajo la falsa premisa de que el aislamiento, por sí solo, resolverá el problema social subyacente.
EL RIESGO NO CONTEMPLADO
En mi experiencia como abogado, he observado un fenómeno curioso: las personas se preparan rigurosamente para ejercer una profesión, desempeñar un oficio o emprender un negocio, pero olvidan incluir en su “presupuesto de vida” el riesgo inherente de habitar una metrópoli. Asumimos que podremos formar un patrimonio sin enfrentar jamás un incumplimiento, un fraude inmobiliario o una negligencia. Cuando la realidad nos alcanza y sufrimos una consecuencia que consideramos injusta, se desatan un odio y una sed de venganza desproporcionados, como si el sufrimiento del otro fuera a reparar mágicamente nuestro daño. Pero debemos pensar más allá: ¿qué va a pasar realmente con las personas que mandamos a la cárcel?
EL FRACASO DE LA REINSERCIÓN
Los llamados Centros de Readaptación Social en México son todo menos eso. Es una verdad sabida, e incluso exhibida con naturalidad por exconvictos en foros públicos, que las prisiones operan como universidades del crimen y lugares de castigo extremo. Hoy por hoy, no existe un programa efectivo a nivel nacional que garantice que quien paga una pena en prisión se va a readaptar. Al contrario, el efecto intimidatorio de la cárcel ha demostrado ser insuficiente para disuadir la criminalidad, y el hacinamiento solo fomenta más violencia y delincuencia.
Atender las causas del delito es una labor fundamental del Estado, pero atender a los que ya sufrieron una “mala causa” también es vital para tener una sociedad más sana. Si nos consideramos una sociedad sana y civilizada, no deberíamos desear que los agresores vivan el mismo infierno en prisión; deberíamos exigir y trabajar en un sistema de readaptación social que funcione. La verdadera justicia no se mide por cuántas personas refundimos en celdas inhumanas, sino por nuestra capacidad técnica de convertirlas en ciudadanos funcionales. Seguir apostando por el castigo extremo como disuasión es perpetuar el círculo vicioso que nos degrada como sociedad.
