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Opinión

Libertad de expresión: entre la verdad, la calumnia y la censura

Hablando en Plata

En su sentido más amplio y general, la libertad significa la facultad de decidir sin coacción externa. La libertad es parte de la naturaleza del ser humano, de su dignidad de ser. Hay varias manifestaciones de la libertad: de creencias, de movimiento, de producción, de distribución y de consumo. Una de las principales libertades es la de expresión.

Hay quienes dan por hecho que la libertad de expresión siempre ha existido. ¡Falso! Es producto de un lento desarrollo de instituciones y de luchas. A pesar de que casi todos los políticos dicen luchar por la libertad, en casi toda la historia de la civilización no ha existido la libertad de expresión. 

El ejercicio de esa libertad es reciente en la historia de la humanidad. En los llamados sistemas democráticos es donde la libertad de expresión empieza a ser garantizada.

La libertad de expresión tiene efectos éticos, filosóficos, políticos y económicos positivos. Los países que en el siglo XX garantizaron en mayor medida la libertad de expresión —los democráticos— son aquellos donde se dio el mayor crecimiento económico. 

A pesar de todas las bondades de la libertad de expresión, también tiene sus peligros y, como toda libertad, puede ser dañina para una sociedad cuando no hay responsabilidad al ejercerla. 

En México, hay quienes confunden la libertad de expresión con la libertad para calumniar impunemente a sus adversarios políticos. Hay que distinguir entre libertad de expresión e impunidad para difundir mentiras y calumnias. 

Muchas veces la pluma —dice un dicho— causa más daño que la espada. En los Diez Mandamientos no sólo se condena el robo y el asesinato, también la calumnia.

Reglamentar la libertad de expresión nos puede llevar a la censura; sin embargo, es tan importante denunciar a los que tratan de coartar la libertad de expresión como a quienes, en nombre de ella, calumnian, mienten, deforman la realidad o ensucian el buen nombre y el prestigio de otras personas.

Esas conductas deben ser tipificadas como delitos, pues de otra forma desprestigian la verdadera libertad de expresión, la cual hay que impulsar, proteger y garantizar.

Una gran conquista social —la libertad de expresión— parece constituir, para muchos, una licencia para violar impunemente los principios más elementales de la razón. Una cosa es el derecho a expresarse libremente y otra, que sea verdadero y razonable lo que expresamos.

Si queremos progresar, no basta la libertad de expresión: es necesaria una cultura lógica de los ciudadanos que les permita identificar a quienes nadan en la incongruencia, apostándole a la ignorancia de quienes pretenden gobernar. Como sentencia el Evangelio, es incongruente ver la paja en el ojo ajeno cuando tenemos una viga en el propio.

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