Pasadas “las festejaciones” de año nuevo, tal parece que el destino le dio al mundo solamente un espacio muy breve de paz de tan solo 24 horas, como para alcanzar a curarse “la cruda” del fin de año y ubicar a rajatabla, la ligera conciencia de los buenos deseos, en la auténtica y cruenta realidad, como consecuencia del evidente mal actuar de la humanidad en torno al cambio climático y éste comenzó al amanecer del segundo día del 2026 bajo la incesante “temblorina” que movió el piso y el tapete con todo y la basura escondida bajo su manto en gran parte del país.
Lo ocurrido el pasado 2 de enero en México es sin duda, un recordatorio brutal de su fragilidad y la tierra volvió a decir lo suyo y aunque no gritó, sí advirtió. Un temblor que no fue devastador en cifras, pero sí en recuerdos porque los sismos no sólo mueven placas tectónicas, remueven la memoria, los miedos colectivos y los temores de que todo puede venirse abajo en un instante. Y mientras las entrañas de gran parte del territorio mexicano se sacudían, el suelo geopolítico hacía lo propio pero un poquito más al sur del continente. Aunque es evidente el “crudo” interés del bombardeo en Venezuela y la caída de Maduro, que no cayó precisamente por “maduro”, detonaron una “temblorina” muy distinta, la del poder, la de los discursos nerviosos, la de los silencios incómodos y las manifestaciones político-twiteras de aliados y otros no tanto, al régimen que cayó y aunque no fue un sismo natural, “el fenómeno” fue un movimiento muy esperado por un pueblo bueno y sabio como el nuestro, que reclamaba “su soberanía” ante el “soberano” y que convenenciera y hábilmente fue perpetuado por manos externas de manera quirúrgica pero con olor a pólvora y con un evidente y enorme cálculo de beneficio económico y control político y de poder. Y en el fondo de la polaridad del libre albedrío del pensamiento, la coincidencia de estos “temblores” no es menor, la tierra tiembla y los regímenes también y es que más allá de la precisión milimétrica del último acto bélico, lo que quedó claro es que el hecho ha sacudido a los gobiernos aliados, a opositores expectantes y a políticos que de pronto se dan cuenta que la estabilidad de su “chamba” o posición, es frágil, como una falla geológica mal estudiada. Y con ello, “la temblorina” se dejó ver en los rostros nerviosos del poder, en los comunicados tibios, en los tuits borrados, en los posicionamientos públicos que dijeron mucho por lo mucho que han callado. En América Latina, donde la democracia normalmente se construye sobre cimientos irregulares y se destruye de manera fulminante, cualquier movimiento brusco genera pánico. No importa si se trata de un misil o de una réplica sísmica, el miedo es el mismo, a que el precedente alcance, a que el modelo se exporte o se replique, a que el discurso de soberanía se desmorone como mazapán y el poder se derrumbe como un edificio mal cimentado. Y aunque quienes detentan el poder y la autoridad de nuestro territorio, se han inclinado a la retórica de la soberanía del aliado, ante la fortaleza bélica “del justiciero salvador”, “la temblorina” del nervio brota frente a la magnitud de los hechos y ante el recuerdo de que sobre el territorio no hay control absoluto y allá en Venezuela, la política y el poder han dejado claro que tampoco. El temblor del 2 de enero pasará a los datos históricos del servicio sismológico, en tanto que el otro “temblor”, el político, no tiene medición exacta porque se mide en temores, en nervios, en mercados inquietos, en líderes que de pronto revisan sus salidas de emergencia. Porque cuando cae uno, el riesgo y la “temblorina” replica en otros, en los mal portados. Al final, la lección es incómoda pero clara, la naciones con todo y su “soberanía” no sólo deben prepararse para los sismos naturales, sino para los terremotos políticos y de poder. Y aunque ambos avisan poco, los dos “fenómenos” normalmente exponen debilidades estructurales y ambos dejan al descubierto a aquel que se ha portado bien y edificó con seriedad y a quien mal portado, sólo maquilló las grietas.
Total, apenas estamos comenzando el año estimado lector, no hemos consumido una semana completa del 2026 y ya la tierra tembló y las estructuras de poder también y con ello, todo parece indicar que “la temblorina” apenas comienza.
Por hoy es todo, medite lo que le platico estimado lector, esperando que el de hoy sea un reflexivo día, por favor cuídese y ame a los suyos; me despido honrando la memoria de mi querido hermano Joel Sampayo Climaco, con sus hermosas palabras: “Tengan la bondad de ser felices”, nos leemos Dios mediante aquí el próximo lunes.
