Lo peor de Lula puede suceder en NL
Sección Editorial
- Por: Eloy Garza
- 07 Octubre 2026, 04:00
Conectaré dos realidades que parecen muy lejanas, pero que se parecen más de lo que creemos.
Partiré de un análisis reciente sobre Lula da Silva y Brasil, y lo que podría pasar con los jóvenes de Nuevo León, como si fuera un espejo, de cara a la gubernatura de 2027.
Estoy en Amberes y convivo de mesa a mesa con un grupo de jóvenes brasileños en el bar Cantillon, en Anderlecht, barrio de Clemenceau.
Coincido con ellos en que Lula se alejó de sus antiguos compañeros de lucha. Prefirió, en esta, su última presidencia, rodearse de gente que lo adula y casi lo venera. A nada le dicen que no. Es más un tótem que una figura ejecutiva.
Estos jóvenes toman lambic, la cerveza típica de Cantillon. Nosotros, los de mi mesa, somos más de gin-tonic.
Pero, a pesar de la diferencia de edad entre ambos grupos, coincidimos en que todo giró en el grupo de Lula en torno a su líder, ignorando a los jóvenes que también buscan un espacio en la política.
Opino que Lula dejó de hablarle a la gente de las favelas. Pero hay algo también inobjetable: la juventud derechizada de la era Instagram votó por el joven Bolsonaro porque Lula ya no les revela una visión de futuro. Es un octogenario cansado y con ideas muy vagas.
Sin duda, la sociedad brasileña se derechiza y el gran ganador, sin mucho esfuerzo de su parte, fue Bolsonaro.
Me preguntan estos jóvenes qué opino de su futuro. Les respondo que es la nada, el vacío existencial. Frivolidad y pobreza. Les recomiendo que lean a Albert Camus.
Ahora, miremos a Nuevo León, donde los jóvenes de 18 a 34 años son más de 1.7 millones.
Representan alrededor del 37% del padrón electoral. Son el segmento más grande y, al mismo tiempo, el que menos vota.
Pero si alguien con inspiración y talento los moviliza, decidirán la elección de 2027.
¿Veo paralelos entre la elección presidencial de Brasil y Nuevo León? Sí. Lo resumo en la era Instagram.
En Brasil, esa generación consume mensajes políticos mediante videos cortos, memes y algoritmos que premian lo simple, lo emocional y lo antiestablishment.
No nos engañemos. Por muy de izquierda que se ostente, Lula es el establishment.
En Nuevo León pasa exactamente lo mismo. Instagram es el canal principal por el que muchos jóvenes reciben información y mensajes políticos.
Los candidatos que dominan ese lenguaje —los que se sienten naturales en el formato, no los que llegan a leer un discurso— tienen ventaja.
Mariana Rodríguez, que viene del mundo de las redes, tiene ventajas consistentes. ¿Los demás? Son una incógnita. Quizá sí, quizá no.
El estilo de hacer política ahora es más digital y busca conectar con ese electorado que el discurso tradicional de la izquierda o de la vieja política.
Lula dejó de hablarle a los sectores populares y no ofrece una visión de futuro a los jóvenes.
En Nuevo León el riesgo es similar, pero desde otro lado. La izquierda, representada principalmente por Morena, enfrenta un electorado que históricamente se autoubica en el centro-derecha y el conservadurismo.
Estudios del propio Instituto Electoral muestran que buena parte de la sociedad neoleonesa mantiene posiciones tradicionales en temas de valores.
Al mismo tiempo, a nivel nacional se observa que el voto joven se está alejando de Morena y queda, en muchos casos, “huérfano”, crítico del gobierno, pero sin encontrar una opción que lo represente del todo.
Si en Brasil Lula perdió el habla con esa generación, aquí el peligro es que quienes se presenten como alternativa de transformación no logren traducir sus propuestas al lenguaje y las preocupaciones reales de los jóvenes regiomontanos: empleo, vivienda, costo de vida, seguridad y un futuro que no se sienta tan caro ni tan lejano.
Hay otro punto del análisis brasileño que quiero destacar. En Nuevo León acaba de bajar la edad mínima para aspirar a la gubernatura a 28 años y a 18 para alcaldías y diputaciones. Es una reforma que abre la puerta formalmente.
Pero abrir la puerta no garantiza que se inviten a entrar a los talentos nuevos ni que se les dé espacio real. Si los partidos siguen privilegiando figuras conocidas, familias políticas o perfiles mediáticos ya consolidados, el riesgo es el mismo: una política que gira en torno a unas cuantas caras y no construye relevo.
En Nuevo León el escenario de 2027 sigue abierto. El campo de batalla no es entre partidos: es entre quienes entiendan que esta generación no se enamora de las siglas ni de las narrativas del pasado, y quienes sigan hablando como si el algoritmo no existiera.
Si Lula perdió parte de la juventud por no ofrecer una visión clara de futuro y por rodearse de un círculo cerrado, el riesgo en Nuevo León es que cualquiera de los actores repita el error, que se concentre en el corto plazo, en las redes como herramienta de marketing y no como conversación real, y que deje a los jóvenes otra vez con la sensación de que nadie les está hablando en serio.
Si alguien logra hacer lo que, según yo, Lula no logró —mirar a esa generación a los ojos, dejar de lado el ombliguismo y construir algo que no gire solo en torno a una figura, sino a una promesa creíble de futuro—, ese candidato ganará la gubernatura. Se los apuesto con un tarro de cerveza en la mano y con los jóvenes brasileños de testigo en Amberes.
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