Opinión

Lo que tus hijos sí recordarán de este verano

Sección Editorial

  • Por: Marysol Flores
  • 29 Julio 2026, 00:00

¿Cómo van tus vacaciones ¿Ya empezaste a sentir esa sensación de cuando vas cayendo en una montaña rusa y sabes que el final se acerca? Todo se acelera. Quieres que dure un poco más, que no termine, pero de pronto llega el frenón. Así son también las vacaciones de verano: cuando parece que apenas encontrábamos el ritmo de los días sin prisas, nos damos cuenta de que están por terminar.

Y entonces vale la pena hacernos una pregunta ¿qué van a recordar nuestros hijos de este verano cuando sean adultos.

Vivimos en una época en la que pareciera que unas buenas vacaciones se miden por el destino, el hotel, las fotografías o la cantidad de lugares visitados. Sin embargo, sospecho que la verdadera riqueza de un verano no está en lo que costó, sino en lo que construyó dentro de nuestra familia.

Hoy quiero apoyarme en dos mujeres cuyas ideas admiro profundamente: la psicóloga e investigadora Brené Brown y la pedagoga Catherine L’Ecuyer.

Brown afirma que estamos biológicamente diseñados para conectar. Y basta pensar un momento para comprobarlo. Un abrazo de un hijo puede hacernos volver a nosotros mismos en cuestión de segundos. Una mirada de complicidad, una carcajada compartida, una mano que aprieta la nuestra cuando más lo necesitamos… Nuestro cerebro y nuestro corazón responden a esos pequeños gestos porque fuimos creados para vivir en relación con los demás.

Cuando hablamos de infancia, esa conexión cobra todavía más importancia. Como explica el psiquiatra Daniel Siegel, los padres somos, en gran medida, los arquitectos del cerebro de nuestros hijos. Cada experiencia repetida, cada momento de presencia, cada juego y cada conversación van dejando huellas profundas en su desarrollo emocional.

Por eso me gusta tanto recordar las palabras de Catherine L’Ecuyer, cuando dice que el niño descubre a través del asombro y que es este asombro el que despierta su deseo de conocer, y que jugar no es perder el tiempo.

Qué importante es no olvidarlo.

Tal vez el recuerdo más valioso de este verano no será aquel día en un parque temático, sino esa tarde tirados en el piso construyendo con Lego; la película vista todos juntos bajo una cobija; las cartas jugadas después de cenar; el helado compartido mientras caminaban; las conversaciones largas durante un viaje en carretera; o las risas que surgieron sin planearlas.

Son momentos sencillos, casi invisibles, pero extraordinariamente poderosos. Son esos instantes los que alimentan el sentido de pertenencia y construyen la seguridad emocional que nuestros hijos llevarán consigo durante toda la vida.

Hace tiempo compartí en otra columna una idea que no deja de acompañarme: dicen que solo tenemos alrededor de veinte veranos con nuestros hijos antes de que emprendan su propio camino. No sé si el número sea exacto, pero el mensaje sí lo es: el tiempo de la infancia es sorprendentemente breve.

Todavía nos quedan algunos días de vacaciones. Aprovechémoslos. No para hacer más, sino para estar más. Para mirar a nuestros hijos a los ojos, reír con ellos, jugar, escuchar y abrazar.

Porque, dentro de veinte años, probablemente no recordarán cuánto costó el viaje ni cuántos kilómetros recorrieron. Lo que sí recordarán es cómo los hicimos sentir.

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