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Opinión

Nutriéndose del fuego sagrado

Espiritualidad

Hay una estrofa en una canción de Gordon Lightfoot que intenta interpretar la lucha que tiene lugar en el corazón del mítico héroe de Miguel de Cervantes: Don Quijote. Su bondad lo separa del mundo, aun cuando comprende que la maldad tiene la misma fuente; a saber, que tanto “los sabios como los malvados se nutren del fuego sagrado de la vida”.

Y aquí reside una ironía desconcertante: tanto los sabios como los malvados —santos y pecadores— se nutren de la misma fuente sagrada. La misma energía que impulsa la abnegación dedicada del santo que muere por los pobres enciende el comportamiento irresponsable y descontrolado de la estrella del pop que alardea con orgullo de miles de conquistas sexuales.

Ambos se nutren de la misma energía que, en última instancia, es sagrada. La divinidad, en este mundo, se utiliza para fines muy distintos.

Por ejemplo, una de las principales críticas que se hacen a la religión y a las iglesias es que, con frecuencia, utilizan a Dios para justificar todo tipo de guerras y actos de violencia. Vemos habitualmente cómo una violencia terrible es alimentada por la fe y la religión.

Y el cristianismo dista mucho de ser una excepción. En las Cruzadas y en la Inquisición, tenemos nuestra propia historia de violencia cometida en nombre de Dios; y hoy en día existe —y es justificada por los cristianos— mucha más violencia de la que nos atrevemos a admitir: violencia para la cual extraen de su fe tanto la motivación como la energía para justificar el racismo, la desigualdad y la propia violencia en nombre de Jesús. Podemos objetar que, en estos casos, su energía está mal encauzada, pervertida o usurpada para fines egoístas; pero el argumento sigue siendo el mismo: sigue siendo energía sagrada, aunque esté siendo pervertida.

John Lennon, en su canción Imagine, sugirió —en una idea que se hizo célebre— que avanzaríamos con mayor facilidad hacia el amor y la paz si se eliminara la religión (“Nada por lo que matar o morir, y tampoco ninguna religión”). Hay una peligrosa ingenuidad en esa idea, aunque tiene razón al afirmar que la energía sagrada que se halla en la religión a menudo obra en contra de la paz y el amor en este mundo. Los fanáticos religiosos, aun cuando estén mal encauzados, también se nutren del fuego sagrado de la vida.

Por muy mal encauzada, mal utilizada o pervertida que esté, la energía religiosa no constituye un testimonio en contra de la existencia de Dios. Todo lo contrario: la misma atrocidad de su poder, su dominio ciego, su capacidad para apoderarse por completo de la vida de alguien y su enfermizo exceso de confianza apuntan precisamente a su carácter divino, a su capacidad de infundir asombro, a su sacralidad y a sus raíces en una realidad y una energía que empequeñecen la nuestra.

La religión enfermiza es tan poderosa precisamente porque es real, no una fantasía. Puede ser enferma, pero es real. Por eso las sectas religiosas son peligrosas. Son peligrosas porque son reales; monstruosamente reales. A menudo, la gente muere en las sectas porque el fuego divino que sus líderes extraviados canalizan es tan real como la electricidad que calcina un cuerpo cuando alguien introduce un cuchillo en una toma de corriente de alto voltaje. Metafóricamente, eso es lo que hacen las sectas: se nutren del fuego sagrado, de la energía divina, pero sin las precauciones y los filtros adecuados que las grandes tradiciones espirituales han enseñado que son necesarios para acceder a lo divino. Las sectas son peligrosamente ingenuas respecto a la razón por la cual las escrituras nos advierten que debemos acercarnos a lo divino con cautela:

“¡Nadie puede ver el rostro de Dios y vivir!”.

Lo que observamos en la religión enferma se refleja en nuestras propias vidas personales. A veces resulta difícil admitirlo, pero aquello que parece salvaje y perverso en nuestro interior también se alimenta del fuego sagrado de la vida. Nuestras energías, a menudo excesivamente inquietas —ya sea para la creatividad, el sexo, el logro personal, el disfrute o el deseo de conocer y ser conocidos dentro de la comunidad humana—, se utilizan con frecuencia de manera irresponsable, desmedida, narcisista, manipuladora y destructiva. Es más: aquellos que poseen suficiente descaro, pero carecen de conciencia —los individuos salvajes y perversos—, a menudo se limitan a tomar de la vida lo que desean, sin reparar en la moralidad ni en las consecuencias. Sus vidas suelen estar impulsadas por fuerzas salvajes, poderosas, creativas y eróticas que, a primera vista, podrían parecer la antítesis misma de la energía sagrada.

Sin embargo, una vez más, el poder intrínseco —así como la aparente irresistibilidad y la naturaleza indómita— de esta energía no constituye indicio alguno de que estas fuerzas narcisistas, sexuales y aparentemente egocéntricas sean de carácter secular y carezcan de santidad o, lo que sería aún peor, de que se hallen en conflicto con aquello que es santo y sagrado en nuestro interior. 

Ocurre precisamente lo contrario: su inmenso poder y su aparente irresistibilidad residen, precisamente, en su carácter divino y en su sacralidad. Su fuego es tan poderoso porque es sagrado; es divino; es la energía misma de Dios manifestándose en nuestro interior.

Las Escrituras nos dicen que llevamos dentro de nosotros la imagen y semejanza de Dios, y que esta es, en realidad, nuestra identidad más profunda y la fuente de nuestras energías más hondas. Sin embargo, no deberíamos concebir la imagen de Dios en nuestro interior como una especie de hermoso ícono —al estilo de Andréi Rubliov— impreso en nuestras almas. Dios es fuego, energía infinita, creatividad infinita, libertad infinita; es una fuerza indómita que trasciende nuestra imaginación, una energía ilimitada que da vida a todo lo que existe, a todo lo que vive, a todo lo que respira, a todo lo que busca sentido y a todo lo que ama.

Existe una sola fuente de energía. Un fuego sagrado alimenta toda la vida e impregna a todos por igual: tanto al santo como al pecador. Y Dios nos ha otorgado la libertad de utilizarlo según nuestra propia elección, ya sea con sabiduría o con maldad. Al alimentarnos del mismo fuego sagrado, podemos convertirnos en un belicista o en un pacificador, en un asesino o en un mártir, en un hedonista o en un santo.

Ron Rolheiser, OMI
www.ronrolheiser.com

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