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Opinión

Los campeones también naufragan

Comentarista de Azteca Deportes

Durante setenta y nueve minutos, fue un gigante SUFRIENTE, un ejército sin brújula, un rey caminando hacia el cadalso.

Egipto había construido una ventaja de dos goles y el bicampeonato comenzaba a hundirse delante de los ojos del planeta.

Entonces apareció esa extraña ley que sólo gobierna a los grandes campeones. Cuando ya no queda fútbol, aparece el carácter. Cuando ya no quedan respuestas, aparece la memoria. Porque los títulos también educan. Enseñan a resistir cuando todo parece perdido.

No fue una remontada construida desde la estética. Fue una remontada nacida desde el instinto de supervivencia. Argentina dejó de intentar controlar el partido y decidió simplemente permanecer con vida. Se aferró al último tablón en medio del naufragio y descubrió que, a veces, eso basta para regresar a la orilla.

Cristian Romero abrió una rendija. Messi volvió a recordarle al mundo que incluso después de un penal fallado sigue siendo capaz de cambiar el destino de un Mundial. Y cuando Egipto todavía buscaba entender qué estaba ocurriendo, Enzo Fernández terminó de escribir una de esas noches que sólo existen en las Copas del Mundo.

Egipto hizo casi todo bien. Defendió con valentía, golpeó en los momentos justos y tuvo al campeón contra las cuerdas. Pero existe una diferencia entre derribar a un gigante… y asegurarse de que nunca vuelva a levantarse. Esa última tarea suele ser la más difícil.

Y ahora el Mundial también se ha convertido en un mapa de sobrevivientes. Vinieron doce selecciones de América y sólo queda una: Argentina. África conserva una sola bandera: Marruecos. Europa avanza con seis ejércitos. El torneo se estrecha. El planeta se reduce. Y el campeón ya no juega solamente por su corona: carga sobre los hombros el último grito de todo un continente.

Porque los campeones también conocen el miedo. También naufragan. También miran el abismo. La diferencia es que, cuando todos creen que ya se hundieron, encuentran la manera de volver a respirar. Y mientras un campeón siga respirando… el Mundial nunca termina.

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