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Opinión

Los límites de la tolerancia

Junípero Méndez Martínez es médico, psiquiatra y psicoanalista, miembro de la Asociación Psicoanalítica Internacional y profesor de psicoanálisis en el instituto de ARPAC. Asociación Regiomontana de Psicoanálisis.

Estimados lectores: Los límites de la tolerancia pudieran sugerir a primera vista un llamado a la cordura ante las manifestaciones estridentes de las libertades de expresión, ante las marchas de ideologías radicales, o de la violencia física que ha coloreado el escenario de los actores de la política nacional en las últimas semanas.

Sin embargo, a la tolerancia a la que me voy a referir es a la del individuo común promedio hombre o mujer, que vive su vida como una lucha para mantener su trabajo, realizar los quehaceres domésticos y las funciones como madre o padre de familia.

Participar en conversaciones en las que la queja por el tráfico, por el clima, por el encarecimiento de la vida, y por el empeoramiento de las condiciones económicas y sociales, resulta un acontecimiento tan común que incluso puede sonar insensato cuestionarlo. 

Más aún cuando hay periodos de dificultad aumentada en todos sentidos, como precisamente en esta temporada de regreso a clases, en que el esfuerzo para cumplir las demandas materiales y sociales se siente agotador.

El límite de la tolerancia al que me quiero referir es el de la tolerancia a una visión de la realidad como incuestionable y opresiva. 

Tener esa sensación interna de vivir atrapado en una red de necesidades y exigencias que no tienen fin, y que vienen del exterior de la persona, es la consecuencia de que la perspectiva se ha invertido de modo tan gradual, que el individuo no se ha percatado. No quiere decir que tales necesidades y exigencias no existan.

Lo que ha dejado de tener en la consciencia es que ha llegado a este nivel de apremio como consecuencia de la acumulación, de una serie de pequeñas decisiones, en las que ha aceptado una y otra vez cumplir con la demanda social. 

En este momento, he dejado de referirme a las necesidades biológicas de alimentación, protección y vestido, y, en cambio, me estoy refiriendo a las demandas sociales que provienen del sistema de creencias compartidas socialmente acerca de qué es “vivir bien”.

Este sistema de creencias en constante cambio y crecimiento, es el que impone como ideal un modo de vida siempre inalcanzable, en el cual siempre hay que estar desechando lo viejo y renovando tanto las posesiones materiales básicas como los modos de pasar el tiempo, educarse, divertirse, hablar, conocer, viajar, convivir, alternar y una serie interminable de etc.

Mientras que las necesidades biológicas tienen un límite (cantidad de alimento por día, cantidad de ropa puesta, protección contra los elementos), la calidad con que se satisfagan, que proviene de la calificación social, de la valoración subjetiva por parte de los demás, puede ser infinita e insaciable.

Es a ese tipo de exigencia social, al que cada individuo, cuando logra un nivel de consciencia, puede poner un límite razonable para sí mismo; establecer los límites de la tolerancia a la exigencia social anónima, es el inicio de la libertad en el sentido psicológico.

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