1. La muerte de Jürgen Habermas, la semana pasada: ¿ha significado el verdadero final de la filosofía contemporánea, esa que inicia con los discípulos de Hegel —Marx a la cabeza— y llega hasta la llamada posmodernidad? El pensador germano, a pesar de su formación laica y aconfesional —nunca frontalmente ateo—, se dedicó en las últimas décadas de su vida a profundizar sobre la relación entre fe y razón. Una muestra de este interés se evidenció en el diálogo que sostuvo el 19 de enero de 2004, en la Academia Católica de Baviera…
2. …con el entonces cardenal Joseph Ratzinger —en el momento prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y futuro Papa Benedicto XVI—, y que quedó plasmado en el libro Dialéctica de la secularización: Sobre la razón y la religión (Ediciones Encuentro, Madrid, 2006). En ese encuentro, ambas personalidades coincidieron en un punto toral: la fe no es solamente un asunto privado, sino que tiene una necesaria dimensión social y es capaz de generar motivaciones éticas y un sentido de límites. Esa conversación es sorprendentemente vigente al día de hoy.
3. Y es que, ante las crisis democráticas actuales, el auge del populismo, y el encumbramiento de personajes como Trump y Milei —por mencionar solo dos del amplio club de orates que dirigen el mundo—, la propuesta de Habermas pareciera que correrá la misma suerte de su autor, recién fallecido, pues apostaba por el diálogo racional para dirimir los conflictos. Fue uno de los críticos más lúcidos de la tecnocracia y apostó por la deliberación como condición indispensable para entendernos. Esta es, a fin de cuentas, la clave nodal de su aporte: la racionalidad comunicativa.
4. El filósofo alemán, principal exponente de la llamada segunda generación de la Escuela de Frankfurt —en la primera destacan Horkheimer, Adorno, Marcuse y Fromm—, impulsó el diálogo como instrumento esencial de la tarea política, y entre sus contribuciones destaca su énfasis en relacionar a la filosofía del lenguaje con la comunicación y la democracia, la ética del discurso y la teoría de la democracia deliberativa. Proponía, de manera sencilla, una acción comunicativa que encontrara acuerdos racionales entre personas que piensan distinto.
5. En 1989 visitó la capital de nuestro país. El Instituto Goethe nos invitó a profesores de diversas universidades chilangas a conversar con el teórico tedesco —yo fui por parte de la Pontificia de México— y, al concluir el acto académico, nos fuimos a cenar al emblemático Café Tacuba, por exigencia de él. Ahí estaba, en una mesa contigua, la inigualable Tongolele. Habermas preguntó quién era la dama que llamaba tanto la atención y, al explicarle la trayectoria de la leyenda de la danza y el cine en México, se acercó a saludarla, besándole la mano como todo un caballero.
6. El alemán no hablaba nuestro idioma, pero sí inglés. Y cuando le preguntamos cómo había logrado comunicarse con la famosa vedette, nos respondió en un balbuceante español: “hablando se entiende la gente”. Pues pareciera que no, y que ni siquiera hay interés en entendernos. Sobre el diálogo y la argumentación, reinan la sordera y la imposición gráfica. No gobiernan los más sensatos, sino los más belicosos. El silogismo ha sucumbido frente al like. En los próximos años veremos si la propuesta comunicativa de Habermas se fue junto con él o prevalecerá en las sociedades futuras.
7. Cierre icónico. Una amiga acaba de sufrir un percance con su automóvil. Otro le dio un alcance. Además de tener que pelear con el seguro y la agencia para ser atendida, ha debido viajar en camión las recientes dos semanas. “No me pesa —comenta—. De joven era mi medio de traslado y, gracias a Dios, ya estoy jubilada, por lo que no tengo que ir al trabajo todos los días. ¿Pero quiénes sí tienen que hacerlo? He pasado casi una hora esperando el bus. ¿Cuánto tiempo invierten los trabajadores en sus trayectos todos los días? ¿En esto también tenemos el primer lugar?”. Remata.
