Entiendo perfectamente que, si un oso entra a tu casa y pone en peligro la vida de tu hijo, tu esposa o cualquier integrante de tu familia, probablemente harías lo que fuera necesario para defenderlos.
Yo también.
Pero eso es muy distinto a fabricar tablas de madera llenas de clavos y colocarlas preventivamente alrededor de una casa para que cualquier oso que se acerque termine con sus patitas salvajemente atravesadas.
Eso fue precisamente lo que ocurrió en la colonia Olinalá, en San Pedro, donde un grupo de vecinos comenzó a distribuir unas peculiares tablas “antiosos” que rápidamente provocaron una enorme polémica.
Y con razón. Prodefensa Animal (Prodan), resumió muy bien el problema en una frase: “la crueldad no puede ser la respuesta”.
Porque una cosa es defenderse ante una amenaza inmediata y otra muy diferente instalar anticipadamente un artefacto diseñado para provocar dolor a un animal simplemente por acercarse.
Además, se trata de una solución bastante arcaica y, probablemente, hasta inútil.
Un oso que se lastime con los clavos no necesariamente desaparecerá tranquilamente hacia la montaña. Puede quedar herido, asustado y mucho más impredecible. Pueden, además, comenzar a guardar más rencor contra los humanos, algo que hasta hoy no ha ocurrido porque nuestras interacciones con ellos son benévolas.
Por si fuera poco, lo cierto es que la tabla tampoco distingue. No sabe si quien la pisa es un oso, un perro, un gato, un jardinero, un trabajador de mantenimiento o incluso un niño.
Por eso, Parques y Vida Silvestre pidió ya retirar estos dispositivos, advirtiendo precisamente del peligro que representan tanto para las personas como para las mascotas y la fauna.
De hecho, a los osos hay que protegerlos, pues están en peligro de extinción, de acuerdo con la Semarnat.
No sólo eso: Prodan reporta que dañarlos es un delito federal, con sanciones que van de 1 a 9 años de prisión. Fabricar y colocar esas tablas podría significar incurrir en este delito.
Pero, además, hay algo muy importante: el oso negro no llegó ayer a Chipinque. Fuimos nosotros quienes llegamos a su hábitat.
Es una especie protegida y forma parte desde hace siglos de las montañas que rodean Monterrey. Quienes decidimos vivir prácticamente dentro de ellas, tenemos también que aprender a convivir con su fauna.
Eso no significa resignarnos a tener osos dentro de la cocina. Significa hacerlo inteligentemente. Para eso hay una serie de recomendaciones que pueden seguirse.
Las autoridades ambientales han insistido en una solución mucho más sencilla: evitar que los osos encuentren aquello que los hace regresar, como basura, comida, agua y alimento de mascotas.
Un oso que descubre que en determinado domicilio puede encontrar fácilmente comida aprende a volver. Por eso difícilmente resolveremos el problema colocando una tabla con clavos en la entrada.
Hay soluciones bastante menos “medievales”: contenedores de basura verdaderamente resistentes y cerrados, retirar alimento y agua de mascotas durante la noche, no alimentar jamás a los osos, mantener distancia y llamar a las autoridades cuando un ejemplar entra en una zona habitacional.
También corresponde a las autoridades hacer su parte. Si la presencia de osos en sectores como Olinalá, Palmillas o Chipinque se está volviendo cada vez más frecuente, los vecinos necesitan protocolos claros, respuesta rápida y medidas profesionales para mantenerlos alejados de las viviendas.
Es cierto: hay un problema real de convivencia entre humanos y fauna silvestre que debe atenderse. Pero entre proteger a nuestras familias y torturar preventivamente a un animal hay una distancia enorme.
Como seres humanos, podemos tener mucha más altura y civilidad en nuestro actuar, cuidando a nuestra especie humana, pero cuidando también, paralelamente, a la vida que nos acompaña en este inmensamente bello planeta.
