Maestros de vida, alumnos maestros
Sección Editorial
- Por: Marysol Flores
- 13 Mayo 2026, 00:00
La semana pasada llevé a 20 alumnos universitarios a vivir una experiencia que difícilmente olvidarán. Visitamos una escuela pública y a cada uno se le asignó un niño de primero de primaria con rezago educativo; específicamente, pequeños que aún no saben leer, cuando a esta altura del ciclo escolar eso ya debería ser parte de sus habilidades básicas.
Lo que sucedió ahí fue mucho más que una actividad académica. Fue un intercambio de conocimiento, pero también de sonrisas, cariño, pláticas, cuentos, stickers, juegos, goles improvisados y abrazos sinceros. Mis alumnos llegaron pensando que iban a enseñar y terminaron aprendiendo.
Les impactó profundamente descubrir que, en tan poco tiempo, podían generar un cambio. Bastó una hora de atención genuina para despertar confianza, entusiasmo y ganas de seguir intentando en esos niños. Pero lo más valioso fue lo que los pequeños les enseñaron a ellos: que incluso en medio de las adversidades, la curiosidad sigue viva y las ganas de aprender permanecen intactas.
Como maestra, hubo algo que me conmovió todavía más. Este proyecto dejó de pertenecer únicamente a una materia universitaria. Mis alumnos decidieron continuarlo por voluntad propia. Ahora se están reuniendo fuera del horario de clases con estos niños, empeñados en enseñarles a leer antes de que termine el ciclo escolar. Nadie los obligó. No hay calificación de por medio. Lo hacen porque entendieron que la educación puede cambiar vidas y porque descubrieron que ellos también pueden ser agentes de cambio.
Ese es, quizá, el mejor pago que puede recibir un maestro.
Esta experiencia me hizo recordar a Sugata Mitra, el educador hindú conocido por su famoso experimento Hole in the Wall o El agujero en la pared. Mitra colocó una computadora en una zona vulnerable de la India y permitió que niños sin conocimientos previos interactuaran libremente con ella. El resultado sorprendió al mundo: los niños aprendieron por sí mismos a usar la tecnología, a investigar y a colaborar entre ellos. Su experimento demostró algo poderoso: cuando existe curiosidad, los niños pueden convertirse en protagonistas de su propio aprendizaje.
También pensé en Salman Khan, fundador de Khan Academy, uno de los mayores exponentes del emprendimiento educativo contemporáneo. Lo que comenzó como simples videos para ayudar a un familiar terminó convirtiéndose en una plataforma gratuita que hoy ofrece clases en línea de matemáticas, ciencias, historia y muchas otras materias para millones de estudiantes alrededor del mundo. Su visión fue clara: la educación de calidad no debería depender del nivel económico ni de la ubicación geográfica.
Y es imposible no relacionar esto con uno de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU rumbo a 2030: garantizar una educación de calidad, inclusiva y equitativa para todos. Sin embargo, la realidad nos recuerda todos los días que vamos tarde. Muy tarde.
En días recientes, la propia Secretaría de Educación nos demostró una vez más que muchas veces se toma a la ligera lo más fundamental para el futuro de nuestro país: la educación. Pero mientras esperamos cambios estructurales, hay algo que sí podemos hacer desde hoy.
No esperemos a que todo venga del gobierno. Si puedes regalar una hora de tu tiempo, leerle a un niño, donar libros, acercarte a una escuela pública o compartir aquello que sabes, hazlo. Nosotros comenzamos llevando bibliotecas, cuentos y clases, y hemos descubierto que quienes más estamos siendo transformados somos nosotros mismos.
Porque, a veces, los verdaderos maestros de vida terminan siendo los alumnos. Y porque el cambio que queremos ver en el mundo empieza siempre con alguien dispuesto a enseñar.
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