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Opinión

México: más satisfacción con la vida, menos crecimiento económico

Inteligencia Financiera Global

México está perdiendo un partido mucho más importante que el Mundial: el de su economía.

La afirmación podría parecer exagerada en un país donde, de acuerdo con el Inegi, la satisfacción con la vida alcanzó 8.62 puntos en una escala de cero a diez, su nivel más alto desde la pandemia.

Eso es positivo. El problema surge cuando esa percepción convive con una economía que pierde fuerza, una inversión que se contrae y una creciente normalización del deterioro.

El Mundial de Futbol debía representar una oportunidad para impulsar el turismo, el consumo y la actividad económica. Durante meses se difundieron estimaciones optimistas sobre la llegada de millones de visitantes y una importante derrama.

Los primeros datos cuentan otra historia.

Durante junio, el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México registró 3.53 millones de pasajeros, 2.2% menos que en el mismo mes de 2025, cuando no había Mundial. El consumo disminuyó 0.2% mensual y 4.9% anual, mientras los restaurantes vendieron 4.9% menos.

El Mundial generó entusiasmo, pero no cambió la trayectoria económica del país. En el mejor de los casos, apenas amortiguó una debilidad que ya estaba presente.

La economía mexicana cayó 0.6% durante el primer trimestre. El Fondo Monetario Internacional redujo su pronóstico de crecimiento para 2026 de 1.6% a 1.2%. Incluso las previsiones más optimistas apuntan a una expansión insuficiente para generar los empleos, la inversión y los ingresos que México necesita.

No estamos frente a un desplome como los que el país vivió en las crisis del siglo pasado. El riesgo es más silencioso: una economía que podría permanecer estancada durante años, sobreviviendo sin avanzar, como una economía zombie.

El gobierno anuncia planes de desarrollo, estímulos fiscales y programas para atraer inversión. Sin embargo, esas medidas difícilmente darán resultado mientras otras decisiones públicas continúen desalentando la actividad productiva.

El gasto público y la deuda siguen aumentando, pero el crecimiento no responde. Los recortes se concentran en infraestructura e inversión, mientras se preservan el gasto corriente y los programas políticamente rentables.

Al mismo tiempo, la inversión nacional disminuye, el empleo formal pierde fuerza y cientos de patrones han dejado de estar registrados ante el Instituto Mexicano del Seguro Social. Algunos negocios cierran; otros abandonan la formalidad para sobrevivir frente a mayores costos, inseguridad, extorsión, regulación y presión fiscal.

La informalidad no crece por casualidad. Pero una economía que expulsa a sus empresarios de la formalidad difícilmente puede elevar de manera sostenida la productividad, los salarios y el crecimiento.

El gobierno también presume cifras récord de inversión extranjera directa. Es positivo que las empresas establecidas reinviertan utilidades. Sin embargo, alrededor de 85% de esos flujos corresponde a reinversiones. La nueva inversión permanece débil y la inversión nacional se contrae.

A ello se suma la incertidumbre alrededor del T-MEC. La falta de una renovación de largo plazo reduce la certidumbre que necesitan las empresas para tomar decisiones multimillonarias. Sin claridad sobre las reglas futuras, algunas compañías podrían posponer proyectos o trasladarlos a Estados Unidos.

México todavía conserva una enorme fortaleza en su sector exportador. Pero si esa relación comercial se debilita, el país perdería uno de los pocos motores que aún sostienen su crecimiento.

La contradicción también aparece cuando se compara la manera en que los mexicanos se ven a sí mismos con la forma en que México es percibido en el exterior.

En el Best Countries Index 2026, México ocupa el lugar 35 entre 85 países. Es reconocido por su patrimonio cultural y su atractivo turístico. Sin embargo, cae hasta la posición 68 en apertura para los negocios.

México es admirado como destino, pero no genera suficiente confianza para invertir. Su fortaleza cultural no está acompañada por una reputación económica e institucional del mismo nivel.

Incluso la encuesta de bienestar del Inegi muestra señales de alerta. La seguridad ciudadana obtuvo 6.08 puntos, frente a 6.58 en 2021. También descendieron la satisfacción con la ciudad donde se vive y la situación económica.

Como dice el dicho mexicano: “A todo se acostumbra uno, menos a no comer”.

La sociedad mexicana parece haberse acostumbrado a la inseguridad, la corrupción, la informalidad y el bajo crecimiento. Esa resiliencia merece reconocimiento, pero no debe confundirse con conformismo.

El mayor riesgo para México no es únicamente que la economía pierda fuerza, sino que el estancamiento termine por parecernos normal.

México tiene los elementos necesarios para recuperar una senda de crecimiento sostenido: ubicación geográfica, acceso al mercado más grande del mundo, base industrial, recursos, talento empresarial y capacidad productiva.

La economía puede cambiar de rumbo si el país recupera la certeza jurídica, fortalece el Estado de derecho, reduce la inseguridad y vuelve a colocar la inversión productiva en el centro de su estrategia nacional.

También será indispensable corregir el elevado déficit fiscal para evitar que la deuda pública siga expandiéndose hasta poner en riesgo el grado de inversión. Perderlo encarecería el financiamiento del gobierno y elevaría el costo del crédito para empresas y familias.

Ordenar las finanzas públicas no significa recortar indiscriminadamente. Significa contener el gasto corriente improductivo, mejorar la eficiencia del gobierno y priorizar la infraestructura y la inversión.

México no está condenado al estancamiento. Las economías pueden corregir su rumbo cuando los gobiernos reconocen errores, modifican políticas y reconstruyen la confianza.

Lo que falta es decidirse a cambiar la estrategia macroeconómica y, para ello, se requiere que el gobierno de la República dé un verdadero golpe de timón.

¿Estará a la altura de reconocer sus errores y corregir el rumbo?

La esperanza muere al último.

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