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Opinión

¿Cuándo estamos en casa?

Espiritualidad

Más que nada, anhelamos el hogar. Nuestro profundo anhelo de intimidad, seguridad y consuelo es, en última instancia, un anhelo de hogar; nada más. Buscamos incesantemente a alguien o algo que nos lleve a casa.

Sin embargo, ¿qué es el hogar? ¿Una familia? ¿Una casa? ¿Una ciudad? ¿Un país? ¿Una pareja? ¿Un idioma? ¿Un grupo étnico?

El hogar trasciende todo esto. Podemos encontrar un hogar en muy diversas familias, casas, ciudades, países, grupos étnicos e idiomas, y podemos sentirnos lejos de casa en nuestra propia familia, casa, ciudad, país o grupo étnico.

El hogar es un lugar en el corazón, no un vínculo de sangre, un edificio, una ciudad o una etnia. El hogar es ese lugar profundo y frágil en nuestro interior donde guardamos y protegemos lo que más valoramos. Es ese lugar donde, de una manera misteriosa y oscura, recordamos que alguna vez —antes de cobrar conciencia— fuimos acariciados por manos mucho más tiernas que cualquiera que hayamos conocido en esta vida, y donde fuimos besados por una verdad y una belleza tan perfectas que hoy constituyen el criterio inconsciente con el que medimos todo. El hogar es donde las cosas “resuenan como verdaderas”, donde se atesora lo más preciado para nosotros; es el lugar de la conciencia tierna, de la intimidad.

Y nosotros sabemos cuándo estamos allí y cuándo no. El hogar es una intuición profunda, un lugar de descanso, una bondad, una seguridad que percibimos o no.

A veces la gente me pregunta: “¿Cómo sé si el amor que siento por una persona es el tipo de amor sobre el cual puedo construir un matrimonio?”. Mi respuesta es: “El amor es un misterio y no hay garantías; pero pregúntate esto: ¿esta persona me hace sentir en casa? ¿O se trata de un amor —por muy poderoso y emocionante que parezca— del que, a la larga, necesito volver a casa?”.

Existe una enorme diferencia entre compartir sentimientos intensos con alguien y construir una vida y un hogar con él o ella. Hay una gran diferencia entre una aventura y un matrimonio, entre vivir una luna de miel y construir una vida junto a alguien. Existen muchas clases de amor que dan lugar a una luna de miel, pero solo una nos lleva a casa.

Y luego, una vez que hemos encontrado el hogar, nos queda el desafío de permanecer en él. Esto no debe entenderse en sentido literal, sino en un plano más profundo. ¿Cómo?

En los Evangelios, justo después de negar a Jesús, se nos dice que Pedro “salió fuera”. Lo que aquí se describe no es un simple movimiento físico —alguien que cruza una puerta y sale al exterior—, sino que Pedro salió de sí mismo, fuera de quien es, fuera de su conciencia, fuera de su modo habitual de entender las cosas. “Salió fuera”, tal como un hombre “sale fuera” cuando acude a un bar para solteros y tiene un encuentro sexual que lo saca de su ámbito moral habitual.

Y, a partir de ahí, debe regresar a casa. ¿Por qué? Porque, al igual que Pedro, ha “salido fuera”. En esencia, cualquier acto moralmente esquizofrénico aleja a la persona de su hogar (incluso si dicho acto se realiza dentro de su propia casa). Moral y psicológicamente, el acto ocurre lejos del hogar; sucede “fuera”.

Existe un chiste algo burdo que ilustra bien esta idea. Pregunta: “¿Qué hacen las personas promiscuas después de tener relaciones sexuales?”. La respuesta: “¡Se van a casa!”. Esto encierra una triste ironía: el sexo no es algo de lo que debamos regresar a casa; está destinado a llevarnos a casa, a constituir el hogar. La intimidad es el hogar, y si sentimos la necesidad de volver a casa tras una experiencia, es señal inequívoca de que lo vivido no es, en última instancia, fuente de vida.

Y esto conlleva enormes implicaciones para comprender la vida. En los Evangelios, Jesús afirma: “A vosotros (los que estáis dentro del círculo de entendimiento) se os revelan los secretos del Reino, pero para los que están fuera todo son enigmas”. ¿Quiénes están “dentro” y quiénes “fuera” de ese círculo de entendimiento? ¿Quién “capta” el secreto y quién no?

“Captar” o “no captar” el secreto no es cuestión de inteligencia, instrucción, suerte ni de encontrar los libros o maestros adecuados. Más bien, estamos “dentro” del círculo de la comprensión y “captamos” los Evangelios cuando estamos “en casa”, cuando somos fieles a lo más profundo de nosotros mismos, cuando somos fieles a nuestra conciencia, cuando no “salimos” moralmente (como hizo Pedro y como hacemos nosotros al realizar actos que moralmente no son coherentes con quiénes somos). Cuando somos moralmente fieles, “captamos” el Evangelio.

Por el contrario, “no lo captamos” cuando “salimos” —cuando salimos moralmente—, cuando “abandonamos el hogar” al ser infieles, tal como lo fue Pedro.

Y conocemos esta verdad por experiencia: cuando somos fieles, los Evangelios cobran sentido. Cuando somos infieles, casi de inmediato nos llenamos de objeciones, nos amargamos y empezamos a cuestionar las verdades en las que antes creíamos.

T. S. Eliot dijo una vez: “El hogar es el lugar desde donde partimos”. Es también el lugar desde el cual comprendemos qué nos aporta, o no nos aporta, vida.

Ron Rolheiser, OMI
www.ronrolheiser.com

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