Cuando estaba en la escuela secundaria leímos un cuento alemán titulado IMMENSEE (Inmenso). Es la historia de un amor que nunca sucedió, pero que debería haber sucedido, excepto que el héroe trágico de nuestra historia NUNCA PUDO EXPRESAR SU AMOR A LA MUJER que amaba.
Entonces, terminó solo, con el corazón dolorido y lleno de arrepentimientos.
El libro termina con él recordando las últimas palabras que la mujer le dirigió. Cuando se separaron, años atrás, ella le dijo: “¡Sé que nunca volverás!”. Entonces, no se había dado cuenta de lo proféticas que serían esas palabras. Ahora, al recordarlas, se siente abrumado por el arrepentimiento y su vida se siente vacía. Él está profundamente triste. Sin embargo, después de sentarse con esa melancolía por un tiempo, se nos dice que fue a su escritorio y, a pesar de soportar ese dolor, comenzó de nuevo “a trabajar con todo el vigor de su juventud”.
Gracias a Dios por el trabajo. A veces eso es lo único que nos separa de una melancolía insoportable. El trabajo es algo maravilloso que Dios nos ha dado.
A nosotros nos falta una buena espiritualidad del trabajo. Con demasiada frecuencia, el trabajo es visto como algo que nos aleja de Dios y de la oración, una distracción de la vida espiritual, no algo bueno, honesto y santo, ni un regalo de Dios.
De hecho, en algunas espiritualidades, el trabajo es visto como un castigo por el pecado, algo introducido en el planeta después del pecado de Adán, que Dios no desea ni pretende idealmente. Desde este punto de vista, excepto por el pecado, no habría trabajo. Es difícil formular una teología saludable del trabajo cuando el trabajo se ve como una consecuencia del pecado, algo que nunca fue previsto por Dios.
Hay algo de cierto en la creencia de que el trabajo puede ser una distracción y un escape (tanto de Dios como de la familia) y que puede ser una manera de evitar enfrentar las cosas más profundas de nuestras vidas.
Más aún, existe el peligro de que extraigamos nuestra autoestima de nuestro trabajo, de modo que nos sintamos bien con nosotros mismos sólo cuando estamos logrando algo y nos preocupe que, en el fondo, fuera de nuestro trabajo y nuestros logros, tengamos poco valor. Es fácil no ser consciente de eso. Y por eso tendemos a presionarnos a nosotros mismos para seguir trabajando porque nuestro sentido de autoestima está ligado a nuestro trabajo. Ése es un peligro perenne.
Sin embargo, en todo hay peligros. El trabajo puede ser una excusa para evitar los problemas más profundos de nuestras vidas, pero también es la forma profunda y natural de contemplación que Dios nos da como seres humanos.
Nosotros debemos pasar la mayor parte de nuestra vida despierta trabajando. Eso debería decirnos algo, a saber, que el trabajo debe ser el camino principal a través del cual Dios quiere que caminemos hacia un significado más profundo. Dada la forma en que estamos construidos y la forma en que se moldea la vida, Dios seguramente no espera que pensemos conscientemente en Él la mayor parte de nuestros momentos despiertos.
Dios no es un tirano egoísta que exige nuestra atención consciente, incluso cuando debemos trabajar largas horas en medio de todos los dolores de cabeza, inquietudes, ansiedades, miedos y preocupaciones que se clavan en nosotros cada minuto que estamos despiertos. Si Dios quiere nuestra atención consciente cada minuto que estamos despiertos, entonces hay algún defecto fatal en la forma en que estamos construidos y en la forma en que está configurada la vida.
Mas no hay ningún defecto fatal. Dios es el fundamento de nuestro ser, el fundamento también de nuestro trabajo y de nuestras relaciones. En Dios “vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser”. Conocemos a Dios no sólo en nuestra conciencia y en la oración, sino también de una manera profunda e incipiente al participar con Él en la construcción de este mundo: hacer crecer algo, construir algo, tallar algo, crear algo, limpiar algo, pintar algo, escribir algo, criar niños, cuidar cuerpos, enseñar a otros, consolar a otros, complacer a otros, luchar con otros y amar a otros.
El trabajo, como la oración, es una forma privilegiada de conocer a Dios porque, cuando trabajamos, lo hacemos en colaboración con Él. Jesús conocía bien tanto el sentimiento del trabajo como el del cansancio.
En la sabiduría espiritual del monaquismo encontramos este consejo: Quédate en tu celda y ella te enseñará todo lo que necesitas saber. Esto no debe tomarse literalmente. Es una metáfora preñada. Tu “celda” es tu vocación y ocupación en la vida (esposo, esposa, padre, madre, sacerdote, hermana, carpintero, maestro, banquero, albañil, enfermero, médico, conserje, artista, conductor de autobús, técnico en informática, vendedor, deportista, etc.). Si estás haciendo fielmente el trabajo que esta vocación y ocupación te pide, ese trabajo será tu camino hacia la santidad, llevándote a una comunidad de vida con Dios, con los demás y con el mundo.
Por supuesto, existe el peligro de que podamos utilizar nuestro ajetreo para racionalizar y excusarnos de ocuparnos de la familia, la oración y la comunidad. El trabajo duro puede empezar como una virtud y convertirse en un vicio, sin embargo, el mayor peligro reside en no entregarnos al trabajo duro.
El trabajo no es consecuencia del pecado; es nuestro camino hacia la santidad.
