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Opinión

Mover el reloj no mueve la ciudad

El diván interior

Monterrey es hoy una de las ciudades más dinámicas de América Latina. Atrae inversión global, produce vehículos eléctricos que se exportan al mundo, alberga universidades de clase internacional y crece a un ritmo que pocas metrópolis del continente pueden igualar.

Es, en muchos sentidos, una ciudad del futuro. Y precisamente por eso sorprende que las soluciones que se proponen para su movilidad sigan siendo del pasado: horarios escalonados para repartir el tráfico en el tiempo, y renovación de flota de camiones para que el caos sea, al menos, más cómodo. La intención es buena. El diagnóstico, incompleto.

Mover los horarios de entrada y salida de miles de trabajadores puede aliviar temporalmente una avenida. Cambiar una flota vieja por una nueva es necesario y justo para quien usa el transporte público. Pero ninguna de las dos medidas toca el problema de fondo: Monterrey y su zona conurbada están construidas para el automóvil, no para la persona.

Mientras aquí debatimos a qué hora sale la gente al trabajo, las ciudades que hoy son referencia mundial en movilidad están haciendo algo distinto. París redujo a la mitad el espacio dedicado al auto en su centro y lo devolvió al peatón. 

Barcelona lleva años convirtiendo cruces en plazas bajo el modelo de supermanzanas. Bogotá tiene la ciclovía más larga del mundo y una red de transporte masivo que integra barrios populares con centros de empleo. La pregunta que estas ciudades se hicieron no fue ¿a qué hora salen los carros?, sino ¿para qué necesitamos tantos carros?

El urbanismo del siglo XXI parte de una premisa simple: si todo lo que necesitas está cerca, no necesitas moverte tanto. La ciudad de los quince minutos —trabajar, comprar, recrearte y educarte sin salir de tu colonia— no es una utopía europea; es una política pública que están ejecutando ciudades de América Latina, Asia y África.

Nuevo León tiene la inversión, tiene la industria y tiene la urgencia. Lo que le falta es atreverse a cambiar la pregunta. No cómo fluidificamos el tráfico, sino cómo construimos una ciudad donde el tráfico deje de ser inevitable.

Mover el reloj es fácil. Mover la ciudad requiere visión, y esa conversación apenas está empezando.

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