El Instituto Mexicano del Seguro Social acaba de poner freno a una de las vías más utilizadas para maximizar una pensión.
La Modalidad 40 permitirá, a partir de este 22 de octubre, cotizar solo con el último salario base registrado al causar baja o, como máximo, con ese monto más una Unidad de Medida y Actualización.
Como sabe el lector, en 2026 la UMA diaria vale $117.31 pesos.
Quien antes podía subir su base de cotización hasta el tope de 25 UMA —alrededor de $2,932 pesos diarios— y aspirar a pensiones que en algunos casos superaban los $80,000 pesos mensuales, ahora enfrentará un límite más estrecho.
Un trabajador que salió con $500 pesos diarios podrá cotizar, como máximo, cerca de $617 pesos.
Ya no habrá altas con efectos retroactivos. El aseguramiento arranca exclusivamente a partir de la fecha de la solicitud y el trámite se hará por vía digital.
Quienes ya estaban dentro conservan las condiciones contratadas hasta que termine su periodo vigente. El Consejo Técnico del IMSS, además, ordenó una revisión financiera de seis meses para decidir si el esquema es viable a futuro.
No se trata de un ajuste técnico. Es la respuesta institucional a un fenómeno que llevaba años a la vista la Modalidad 40 se había convertido, para un segmento de la generación de transición, en un mecanismo de optimización agresiva del salario promedio de los últimos años de cotización.
La lógica actuarial de la Ley 73 premia de forma muy sensible el nivel de las últimas cotizaciones. Mientras el sistema de cuentas individuales de la reforma de 1997 obliga a vivir de lo ahorrado, el régimen anterior sigue ofreciendo una renta vitalicia calculada sobre promedios elevados.
Esa asimetría, combinada con la posibilidad de elegir un salario artificialmente alto, generó un flujo creciente de altas de alto costo para el Instituto. Las señales estaban en los informes, en las proyecciones demográficas y en el propio gasto pensionario.
Sin embargo, durante años se privilegió la continuidad del esquema sobre la evaluación de su sostenibilidad.
Aquí aparece el concepto que Carlos Peña desarrolla con contundencia en su libro, que se estrenará el próximo sábado, El cisne rojo.
No se refiere Carlos a un evento imprevisible, como el de un cisne negro que irrumpe sin aviso.
Se refiere a un riesgo observable, cuantificable en sus tendencias y, aun así, pospuesto.
La inercia institucional, los intereses de corto plazo y el exceso de confianza en que “siempre se podrá pagar” son los mismos mecanismos que Peña describe cuando analiza por qué las crisis previsibles terminan convirtiéndose en crisis inevitables.
El envejecimiento de la población, el agotamiento gradual de la generación de transición y el peso creciente de las pensiones más altas no eran secretos. Eran datos que estaban sobre la mesa mientras se permitía la optimización extrema del salario base.
La estabilidad aparente del sistema —el hecho de que las pensiones se siguieran pagando— engendró una mayor fragilidad.
Cuando las señales de presión fiscal se acumulan y la respuesta tarda, la crisis deja de ser accidente y se convierte en producto de la negligencia.
El acuerdo publicado el 21 de octubre en el Diario Oficial no elimina la Modalidad 40. Tampoco toca las pensiones ya otorgadas ni borra las semanas y salarios ya cotizados.
Pero sí cierra la puerta a la práctica más acentuada del instituto. Al mismo tiempo, obliga a una revisión seria de si el esquema, tal como está diseñado, puede mantenerse sin transferir costos crecientes a las generaciones siguientes o al erario.
Esa revisión es, en sí misma, el reconocimiento tardío de que el riesgo era previsible.
La lección va más allá de las reglas de cotización. Los sistemas de pensiones son el ejemplo clásico de lo que ocurre cuando las instituciones no perciben que los indicadores se deterioran.
El cisne rojo no llega de sorpresa: llega después de años de informes ignorados, de proyecciones minimizadas y de decisiones pospuestas porque resultaban inconvenientes en el corto plazo.
El freno a la Modalidad 40 es una reacción. Queda por ver si la revisión de seis meses se traduce en un rediseño serio o si, una vez más, la inercia vuelve a ganar.
Porque si Carlos Peña tiene razón, la próxima crisis del sistema pensionario mexicano ya está escrita en los datos que hoy todavía pueden leerse. ¿Esta vez se actuará antes de que el cisne despliegue las alas?
