Theodore Roethke comienza su poema En un Tiempo Oscuro (In a Dark Time) con estas palabras: “En un tiempo oscuro, el ojo comienza a ver”.
Vivimos en un tiempo oscuro, un tiempo asediado por el odio, divisiones amargas y guerras que, a diario, traen muerte y un trauma incalculable a millones de personas. Sin embargo, ¿están nuestros ojos comenzando a ver?
A veces, en un tiempo oscuro, el humor irreverente puede ayudarnos a ver. He aquí un ejemplo: recientemente dirigí un retiro en un centro de renovación cerca de una playa. Mientras caminaba por la playa durante uno de nuestros descansos, vi a tres jóvenes sentados en la parte trasera de una camioneta pickup. El equipo de sonido de la camioneta reproducía música a todo volumen, la cual podía oírse a cientos de metros de distancia y los tres jóvenes —con sus gorras de beisbol puestas al revés— alzaban alegremente latas de cerveza y saludaban con júbilo a todos los que los rodeaban. Y, ondeando sobre la camioneta, había una gran bandera que decía: “¡Las vidas de los borrachos importan!”. Su alegre irreverencia me levantó el ánimo, así como también lo hizo con los participantes del retiro cuando les conté la historia.
Sí, a veces vemos que incluso las vidas de los borrachos importan. Todas las vidas importan.
El hecho de que todas las vidas importan necesita resaltarse en este preciso momento, pues hoy recibimos la fuerte impresión —proveniente de algunos de nuestros más altos funcionarios gubernamentales y de otros sectores— de que algunas vidas no importan o, al menos, no tanto como las nuestras y las de nuestros seres queridos. El punto es el siguiente:
Durante las últimas semanas, Estados Unidos e Israel han estado en guerra con Irán; una guerra que ha desestabilizado millones de vidas. Durante estas semanas se han producido 15,000 ataques con bombardeos en Irán y el Líbano, e Irán ha respondido con innumerables ofensivas dirigidas contra intereses estadounidenses e israelíes.
Se han perdido varias vidas estadounidenses e israelíes, y varios cientos de estadounidenses e israelíes han resultado heridos. Y nosotros hemos guardado luto por esas muertes y heridas; hemos lamentado que esas vidas preciosas se hayan perdido o hayan sufrido heridas. Nuestra empatía nos permitió ver que esas vidas eran preciosas y que una parte irremplazable del oxígeno del planeta se esfumó con la muerte de cada una de ellas. Reconocimos que sus vidas importaban. Y eso dice mucho a nuestro favor.
Sin embargo, durante este tiempo se han perdido más de 2,000 vidas en Irán y el Líbano, y cientos de miles han visto sus vidas destrozadas de manera irrevocable; y (al menos públicamente) no les hemos brindado la misma empatía que otorgamos a los nuestros. Para nosotros, al parecer, sus vidas no eran tan valiosas como las nuestras.
Quizás esto pueda excusarse (o, al menos, comprenderse) por el hecho de que no presenciamos estas otras vidas de primera mano. Están lejos de nosotros; son abstractas, sin rostro, sin nombre: vidas iraníes y libanesas.
No obstante, lo que no tiene excusa es la manera tan despreocupada e insensible con la que algunos líderes gubernamentales —y quienes los rodean— hablan de esta guerra y de esas muertes. Su lenguaje, ante la magnitud de estas muertes y el desplazamiento de millones de personas, es un lenguaje de celebración; el tipo de lenguaje que uno podría escuchar en un partido de futbol cuando el equipo local está humillando a un adversario odiado: “¡Los estamos venciendo!” “¡Los estamos humillando!” “¡Los estamos bombardeando hasta reducirlos a la nada!” “¡Hurra!”
¿Dónde está nuestra empatía por su sufrimiento, por sus muertos, por los millones de vidas que ahora están siendo desgarradas por la muerte, el desplazamiento y el dolor? Es como si las muertes de iraníes y libaneses no fueran reales, como si fueran asesinatos virtuales en un videojuego. Incluso el título de esta guerra evoca la atmósfera de un videojuego: ¡Furia épica! Pero esto no es un videojuego. Hay personas reales muriendo. Cientos han muerto, y millones viven con el corazón destrozado o sumidos en la desesperación.
Lo mejor de nuestra naturaleza humana nos llama a conectar con esa parte de nuestro corazón que se preocupa por algo más que solo por los nuestros. Necesitamos despertar esa parte empática y profunda que reside en nuestro interior, capaz de decir (y de decirlo en voz alta): “¡Las vidas de los iraníes importan!” “¡Las vidas de los libaneses importan!” “¡Todas las vidas importan!” “Cada vida es tan valiosa como la mía propia”.
Por supuesto, también debemos seguir afirmando que las vidas de los estadounidenses y de los israelíes importan.
Todas las vidas humanas son igualmente valiosas a los ojos de Dios. Como afirma San Pablo en su Carta a los Gálatas (3:28): “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer, porque todos ustedes son uno en Cristo Jesús”. En efecto, esto significa que en Cristo no hay estadounidenses ni iraníes, ni israelíes ni libaneses; no hay vidas que no importen o que importen menos que otras vidas.
La guerra es guerra, e incluso puede haber guerras justas; y, comprensiblemente, en las guerras muere gente. Eso puede aceptarse.
Sin embargo, tenemos un corazón demasiado noble como para caer en la empatía selectiva. Tenemos un corazón demasiado noble como para celebrar la muerte y la destrucción de vidas tal como celebraríamos el triunfo de nuestro equipo deportivo favorito al aplastar a un rival odiado. Tenemos un corazón demasiado noble como para ver las muertes y la destrucción de incontables vidas como algo que no es del todo real, como los muertos en los videojuegos.
¡Somos mejores que eso!
Ron Rolheiser, OMI
www.ronrolheiser.com
