Opinión

Nadie corre para siempre

Sección Editorial

  • Por: Antonio Rosique
  • 10 Julio 2026, 22:19

 I. Los que siempre tienen otro corredor

En la naturaleza, los depredadores más eficaces no siempre son los más fuertes.

Los perros salvajes africanos y los lobos rara vez derriban a su presa con el primer ataque.

La persiguen.

La desgastan.

Se relevan.

Mientras uno aprieta, otro recupera el aliento. Cuando el primero pierde fuerza, aparece un compañero con las piernas frescas. La presa no termina derrotada por un individuo. Termina rindiéndose ante un equipo.

Los grandes equipos de ciclismo entendieron hace mucho esa misma ley. El UAE Team Emirates no gana únicamente porque tenga a Tadej Pogačar. Gana porque, cuando los demás ya vaciaron el depósito, siempre aparece otro corredor capaz de lanzar un ataque. Uno protege. Otro marca el ritmo. Otro remata la obra.

La Selección de España acaba de hacer exactamente lo mismo ante Bélgica. 

No desesperó.

No se rompió.

Esperó.

Y cuando Bélgica empezó a perder piernas, Luis de la Fuente lanzó otro corredor. Cubarsí irrumpió. Merino apareció. Ya lo había hecho también ante Portugal. Dieciséis años después, España volvió a una semifinal de la Copa del Mundo. 

No porque tuviera un héroe.

Porque siempre tuvo un relevo.

 

II. Los héroes también entregan el testigo

Pero los relevos no sólo existen dentro de un partido.

También existen entre las generaciones.

Ayer vimos salir entre lágrimas al mejor portero del mundo, Thibaut Courtois, de 34 años. 

Hace unos días se despidieron Cristiano Ronaldo, Luka Modrić, Neymar y Manuel Neuer.

Sólo queda Lionel Messi. El último gran sobreviviente de aquella generación nacida entre finales de los años ochenta y principios de los noventa.

Hay un momento en la vida en que descubres que tus ídolos empiezan a mudarse.

Dejan la cancha.

Y se instalan en la memoria.

Como aquellas estampitas Panini que de niños guardábamos.

Uno abre un álbum veinte años después y ahí siguen Baggio, Romário, Zidane, Ronaldo, Batistuta.

Son los mismos.

Nunca envejecen.

Al menos ahí.

El Mundial hace exactamente eso.

Te recibe cuando eres un niño.

Y un día, sin avisarte, empieza a despedir a tus héroes.

Los futbolistas no desaparecen.

Simplemente entregan el testigo.

 

III. El testigo sigue avanzando

Hace casi cuarenta años, otro mexicano también se vistió de blanco en el Tour de Francia.

Raúl Alcalá, de Monterrey, Nuevo León. 

Ganó dos etapas en 1989 y 1990.

Y conquistó el maillot blanco al mejor joven en 1987.

Hoy otro mexicano vuelve a recorrer ese mismo camino.

Isaac del Toro, 22 años, de Ensenada, Baja California.  

Marcha tercero de la clasificación general.

Líder entre los jóvenes.

Y Lance Armstrong lo ha definido con una frase que resume su dimensión:

“Del Toro es el Factor X: Si lo dejas ir, no lo pueden atrapar.”

Imaginen esa postal por un instante.

Un mexicano entrando a los Campos Elíseos vestido de blanco.

Como Raúl en 1987.

Ahora, Isaac.

Porque los relevos también existen en un país.

El deporte no derrota al tiempo.

Lo domestica.

Le enseña a entregar el testigo, a encontrar sucesores. 

Los héroes nunca desaparecen.

Sólo esperan a que llegue alguien dispuesto a recogerlo.

Quizá esa sea la ley más hermosa del deporte.

Y también de la vida.

Nadie corre para siempre.

Pero la carrera nunca se detiene.

Siempre llega alguien dispuesto a recoger el testigo.

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