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Opinión

Amor y odio

Espiritualidad

El odio no es lo opuesto al amor; lo es la indiferencia. El odio es amor que ha tomado un mal rumbo, y ¡qué fácilmente sucede eso!
D. H. Lawrence escribió una vez un poema titulado Historia, que dice así:

"La belleza lánguida de la hora
en que la nieve cayó por primera vez sobre los manzanos, y la ceniza se acumuló en el fuego,
y nos enfrentamos a nuestras primeras desdichas.

Luego, el sol radiante del mediodía,
cuando las montañas, como carros de combate, se alineaban para una batalla azul; y tú y yo contábamos nuestras cicatrices.
Y después, en una hora extraña y gris, yacimos boca contra boca, con tu rostro bajo el mío como una estrella en el lago, y yo cubrí la tierra, y todo el espacio.

Las horas silenciosas, a la deriva, mañana tras mañana,
y noche tras noche,
sin dejar sendero marcado."

Tu vida y la mía, amor mío, siguen su curso, mientras el odio se funde cada vez más con el amor, hasta que, al fin, se unen.

Al comienzo de todo amor, sea romántico o no, el sueño que lo acompaña está ligado a un ideal de pureza, reciprocidad y respeto. Todo amor auténtico nace con la idea de que, esta vez, lo haremos bien; de que no cometeremos los errores de otras ocasiones; de que, esta vez, el amor conservará su magia. Y, en las primeras etapas, ese ideal es respetado espontáneamente, como lo es la otra persona.

Durante la fase de atracción, coqueteo y enamoramiento, el amor echa raíces en la imaginación poética y se reviste, en sentido figurado, de blancura, de pureza, de todo lo mejor que llevamos dentro. Figurativamente, se pone una túnica bautismal, pues intuye que aquí, por fin, tendrá lugar un renacer.

No hay nada que posea un mayor potencial para dar vida y redimir que el enamoramiento. Este vuelve a colorear por completo el mundo. Como dijo una vez la gran novelista Iris Murdoch: “El mundo puede cambiar en quince segundos, cuando te enamoras”.

Sin embargo, el mundo, como bien sabemos, también puede volverse indiferente, sombrío y hostil en quince segundos, o en quince años. La mayoría de nosotros no moriremos como Romeo y Julieta, todavía bajo el influjo de esa fiebre divina —que genera una dicha inmensa y, a la vez, abrasa el alma— a la que llamamos “enamoramiento”, un estado en el que morir por amor no parece un precio demasiado alto.

Mas el paso del tiempo, la rutina, las diferencias, la inquietud, las inmadureces de antaño, el orgullo herido, la mirada que se desvía hacia otros rumbos y el simple egoísmo comienzan, más pronto que tarde, a disipar la magia. Aquellos que antes no se saciaban el uno del otro —que eran capaces de tragar sus heridas y su orgullo, y que, al igual que Romeo y Julieta, habrían estado dispuestos a morir el uno por el otro— ahora empiezan a contar sus cicatrices, a dejar que las cosas sigan su curso sin intervenir y ya no buscan, por costumbre, el camino hacia la puerta del otro. El odio empieza a fundirse con el amor, se filtran los resentimientos y, poco a poco, recuperamos nuestra individualidad.

Lo que D.H. Lawrence describe con tanta brillantez en este poema es cómo, de manera gradual e imperceptible, el amor puede perder su pureza, su fiebre divina y su propósito sublime, incluso en sus manifestaciones más intensas.

Y a lo que él se refiere no es a esa estructura innata —y saludable— inherente a la propia dinámica del amor; es la “noche oscura del alma” del amor, en la que el amor nos empuja hacia una madurez que trasciende el enamoramiento, la ilusión y el egoísmo.

Él se refiere, más bien, a una dolencia que puede infiltrarse en una relación cuando, por la razón que sea, la familiaridad termina por engendrar desprecio y falta de respeto, y se pierde el ideal que dio origen a ese amor. Milan Kundera dijo una vez que, cuando muere la idea sobre la que se fundó un amor, el amor muere también. O, para ser más precisos, no es que muera, sino que empieza a fundirse con el odio.

El amor verdadero se fundamenta siempre en el ideal de la pureza, la reciprocidad y el respeto. En lo más profundo de nuestro ser, anhelamos lo que es correcto, lo que es mejor; nosotros no queremos manchar aquello que amamos. Y esto implica mucho más que el sexo.

Cuando pronunciamos por primera vez las palabras “te amo” —y lo decimos de verdad—, nuestro corazón nos conecta con un ideal, un sueño, una forma divina y una pureza que tiene sus raíces en lo mejor que hay en nosotros. Pero, en cuanto empezamos a comprometer ese ideal mediante cualquier tipo de falta de respeto o infidelidad, iniciamos un descenso por esa pendiente resbaladiza que describe Lawrence; a partir de ahí, ninguna expresión de intimidad —incluida la sexual— podrá recuperar fácilmente el sueño original de ese amor. Nuestro amor comienza entonces, de manera imperceptible, a acostarse con el odio, hasta que llega un punto en el que ya no somos capaces de distinguir entre ambos. Nuestra relación terminará generando tanto resentimiento como deleite, y pronto nos encontraremos convertidos en extraños el uno para el otro.

Cuando somos bautizados, se nos reviste con una túnica blanca que simboliza la pureza, y se pronuncian palabras que nos recuerdan que esta vestidura es el signo externo de nuestra dignidad interior; nuestro desafío consiste en llevar esa dignidad, sin mancha alguna, hasta la vida eterna. Sin embargo, a menos que muramos jóvenes, no es una tarea sencilla.

Aun así, lo que simbolizan nuestras vestiduras bautismales debe constituir el sueño poético de todo amor en nuestra vida, junto con el desafío de llevar ese amor a su destino final sin la mancha del odio.

Ron Rolheiser, OMI
www.ronrolheiser.com

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