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Opinión

Turismo para todos, no para unos cuantos

Protágoras

Durante años, hablar de turismo era hablar de hoteles, derrama económica y visitantes de otros estados. 

Pero existe otra forma de entenderlo y es el turismo social, que trata sobre la idea de que viajar, conocer y disfrutar del patrimonio natural y cultural no debe ser un privilegio, sino una oportunidad al alcance de cualquier familia, sin importar su condición económica.

Esa visión encaja con el concepto de un gobierno humanista, donde las políticas públicas no solo buscan generar riqueza, sino también bienestar, identidad y sentido de pertenencia. Porque hay una realidad incómoda: miles de tamaulipecos conocen primero Cancún por televisión que la Biósfera El Cielo en persona; han escuchado del Zoológico Tamatán, pero nunca lo han visitado; viven a unas horas del mar y jamás han sentido la arena bajo sus pies. Ahí está el verdadero valor del Programa de Turismo Social que impulsan el DIF Tamaulipas y la Secretaría de Turismo.

No se trata únicamente de organizar paseos gratuitos. Se trata de abrir puertas que durante años permanecieron cerradas para muchas familias. La incorporación de la Comisión de Parques y Biodiversidad fortalece una estrategia que ya permitió que más de mil personas vivieran experiencias que parecían reservadas para otros.

El impacto va mucho más allá de una fotografía frente al mar. Cuando un niño conoce su estado, también fortalece su identidad; cuando una familia comparte un viaje, fortalece sus lazos. Y cuando la ciudadanía se apropia de su patrimonio, también aprende a cuidarlo. 

En política suele premiarse lo espectacular: la gran obra, el anuncio millonario o el corte de listón. Benjamín Hernández decidió apostar por algo menos ruidoso, pero quizá más profundo: acercar Tamaulipas a los propios tamaulipecos.

Romper el molde también consiste en entender que el turismo no solo mueve la economía; también mueve emociones, construye comunidad y reduce brechas sociales. Hay políticas públicas que se miden en pesos. Otras, como esta, también se miden en sonrisas. Y esas, aunque no aparezcan en las estadísticas, suelen ser las que más duran.

LAS CIFRAS NO LLORAN

En política, las cifras son el punto de partida; en la vida real, apenas son la punta del iceberg. Durante el primer semestre del año, el Instituto de las Mujeres en Tamaulipas atendió a 5,789 mujeres y brindó casi 10,000 servicios de apoyo psicológico, jurídico, social y médico. Es una cifra importante. Refleja que existe una estructura institucional que está funcionando y que miles de mujeres encontraron una puerta abierta. Pero el verdadero reto no está en quienes llegan a pedir ayuda. Está en las que nunca llegan. 

¿Quién escucha a la estudiante que soporta el acoso de un maestro por miedo a perder el semestre? ¿Quién protege a la obrera que calla para no quedarse sin empleo? ¿Quién acompaña a la mujer que decide guardar silencio porque sabe que denunciar puede costarle la tranquilidad de su familia? 

Esas historias no aparecen en los informes, pero existen. También hay otra pregunta incómoda. ¿Qué está haciendo la Fiscalía Especializada en Feminicidios y Delitos contra las Mujeres para romper los ciclos de impunidad? Porque de poco sirve atender a una víctima si el agresor termina protegido por un amparo jurídico o, peor aún, por el poder político, económico o social. 

El caso de Joanna M., en Reynosa, se ha convertido precisamente en ese incómodo recordatorio. Una mujer que denunció agresiones, cuya imagen pública también fue dañada, mientras el presunto responsable continúa encontrando refugio en un entramado legal y de influencias. Cuando eso ocurre, el mensaje hacia las demás víctimas es devastador: denunciar no siempre garantiza justicia.

La violencia contra las mujeres no se combate únicamente con refugios, asesorías o estadísticas. Se combate desde la prevención, la educación y, sobre todo, con castigos ejemplares. Mientras un agresor comprobado conserve privilegios, cada expediente cerrado a medias enviará el mismo mensaje: la ley no pesa igual para todos. 

Las estadísticas son necesarias para evaluar políticas públicas. Pero las mujeres no son porcentajes. Tienen nombre, apellido, familia y proyectos de vida. El día que la política deje de presumir únicamente cuántas fueron atendidas y empiece a responder cuántos agresores realmente fueron castigados, ese día Tamaulipas habrá dado el paso más importante. Porque la verdadera justicia no se mide en reportes semestrales; se mide en la confianza de una mujer para volver a vivir sin miedo.

¡¡Yássas!!

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