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Opinión

Nuevo León: ¿la vergüenza como sentido de pertenencia?

Sin Censura

El gran historiador italiano Carlo Ginzburg murió el pasado 17 de junio, pero alcanzó a ver publicado su último libro por editorial Adelphi: El vínculo de la vergüenza.  

Ignoro cuándo saldrá la versión en español, pero en sus primeros párrafos, Ginzburg escribe: “El país —o la sociedad— al que uno pertenece no es aquel que se ama, sino aquel del que uno se avergüenza. La vergüenza puede ser un vínculo más fuerte que el amor.”

¿Qué quiere decir con esto el enorme historiador italiano? Que la vergüenza más que lesionar la identidad colectiva, puede reforzarla. 

En Nuevo León cada vez tenemos más vergüenza por lo que pasa entre nuestra gente. Desarrolladoras inmobiliarias como Proyectos 9, cuyo dueño es heredero de una familia próspera y distinguida de San Pedro, acumulan 257 denuncias ante la Fiscalía. José Lobatón está procesado sin derecho a fianza. 

Los daños ascienden a más de $700 millones de pesos en preventas inmobiliarias no entregadas. 

Otra vergüenza regiomontana es Grupo Peak. Hasta la fecha ha generado pérdidas por más de $800 millones de pesos. Colapsó con rendimientos prometidos del 19% anual. 

Este tipo de casos, tan vergonzosos para nosotros los nuevoleoneses, operan dentro de redes de confianza local: gente invirtiendo con gente conocida. Amigos, vecinos y compadres.

¿Otra vergüenza local? Los esquemas de tandas por WhatsApp, como el de Ingrid Jasso: un fraude de alrededor de $27 millones de pesos entre amigas y compadres. 

¿Otro? El caso de La Tía Paty, que pasó de página de chismes en X y Telegram a red de extorsión digital, con detenciones por difusión de información privada y posibles vínculos a delitos más graves, como la trata de personas. 

A estos casos se suman prácticas como grupos swingers que son grabados para extorsionarlos; escándalos de contenido íntimo colectivo que tratan de ser sepultados en colegios privados. 

¿Por qué la vergüenza resultante es tan intensa en Monterrey, San Pedro y San Nicolás? Porque pasa dentro del estrato social donde vivimos. Sus víctimas o culpables viven a dos cuadras de nuestra casa; son incluso amigos nuestros o padres de familia en el colegio donde estudian nuestros hijos. 

Ya sabemos que no todo lo define la vergüenza, la pena ajena. Ya sabemos que el partido número 1,000 del Mundial 2026, celebrado en Nuevo León —Japón contra Túnez—, mostró nuestro mejor rostro: una afición regiomontana que llenó el Estadio Monterrey, creando un ambiente de fiesta colectivo y ordenado. Y si los japoneses limpiaron la basura del estadio, los regiomontanos les donamos las bolsas de plástico. 

Ginzburg diría que estos fenómenos de vergüenza y orgullo no se contradicen: la vergüenza compartida por fraudes internos y la capacidad de abrirnos generosamente al exterior son dos caras de nuestra comunidad. 

Lo cierto es que nos falta mucho para ser una sociedad de primer nivel.

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