Nuevo León: subasta de políticos al por mayor
Sección Editorial
- Por: Eloy Garza
- 05 Octubre 2026, 04:59
Subasta de filósofos, se titula una obra del griego Luciano de Samósata (siglo II d.C.). Es una sátira sobre cómo los filósofos se ponen en venta según su utilidad práctica.
En Nuevo León, la política local parece a veces una subasta: los cargos y las candidaturas se disputan, se negocian y se cambian de manos con una facilidad que desgasta la confianza ciudadana. No es un fenómeno exclusivo de un partido, aunque el proceso interno de Morena lo haya vuelto particularmente visible en las últimas semanas.
La política regiomontana —con honrosas excepciones, como la senadora Judith Díaz, quien se ha comportado con congruencia y verticalidad en todo momento— arrastra prácticas que la alejan del común de los mortales: el dinero circula a cambio de votos, de adhesiones o, lo que es peor, a cambio de nada, que es otra forma de disimular. Estas prácticas no son patrimonio de una sola fuerza política; atraviesan el sistema y explican por qué tantos ciudadanos ven la política como un universo ajeno y sucio.
¿Por qué debería confiar el votante en un político que se cambia de partido como de camisa y luego vuelve a postularse para un cargo público como si nada? La pregunta no es menor: la migración constante entre siglas revela, en muchos casos, más cálculo que convicción. Y, sin embargo, también conviene distinguir: no todo cambio de partido obedece a oportunismo; algunos responden a rupturas ideológicas genuinas o a la degradación interna de sus organizaciones.
La línea entre convicción y conveniencia no siempre es fácil de trazar, pero el electorado tiene derecho a exigir transparencia sobre las razones.
Ahora escalemos el nivel de la subasta. Se designa a Clara Luz Flores como coordinadora —o aspirante oficial de Morena, lo mismo da— y trasciende que Tatiana Clouthier le expresó su desacuerdo en una reunión interna, con una frase que resume la fractura: “No es que te crea cero; es que te creo menos cuatro”.
Más allá del episodio anecdótico, revela las diferencias internas de Morena en Nuevo León que son una disputa por el control del partido y de sus candidaturas.
Tatiana Clouthier formó entonces su movimiento interno TCC (“Todos con conciencia”, o más bien “Tatiana Clouthier Carrillo”). Y señaló: “Nuevo León no merece ser entregado”.
Habrá que observar si se trata de una plataforma para defender principios de izquierda —cuyo contenido aún no se explicita— o de un vehículo para disputar el espacio a su rival interna. El tiempo lo dirá, y conviene no prejuzgar.
Waldo Fernández, por su parte, exploró inicialmente la posibilidad de postularse por el Verde y después aceptó los resultados internos como transparentes.
Su gente, mientras tanto, ya se movió a otras opciones. El episodio ilustra una constante: los cambios de bando, reales o rumoreados, alimentan la desconfianza y dificultan la construcción de proyectos políticos coherentes.
La responsabilidad no es solo de quien se cambia de partido por una notaría, como esta misma persona alardea, sino también de quien promueve a figuras sin arraigo ideológico para ocupar cargos en un espacio político que no les corresponde.
Quien un día se dice de derecha y al siguiente de izquierda, sin explicación alguna, difícilmente ofrece garantías de congruencia.
Pero conviene evitar la simplificación: la política no es un tablero de convicciones puras, y la democracia exige negociación, alianzas y, a veces, ajustes de rumbo.
El problema no es el cambio en sí, sino el cambio sin rendición de cuentas. Sin explicación ninguna.
En contraste, Andrés Mijes —un político con formación y oficio, según quienes lo han tratado de cerca— ha decidido volver a la alcaldía tras reconocer que esta vez no se pudo. Es una postura institucional aceptable y un recordatorio de que la política también admite la autocrítica y la continuidad sin espectáculo.
¿La moraleja? Que los actos anticipados de campaña no solo infringen la ley —aunque a las autoridades electorales parezca importarles cada vez menos—, sino que someten al postulado, o a la postulada, a un desgaste prolongado y erosionan la confianza pública.
La operación cicatriz significa cerrar heridas. El problema, en este caso, es que las heridas no se cierran al nombrarse a una coordinadora apenas se abren. Y pretender cerrarlas sin atender las causas —falta de reglas claras, ausencia de rendición de cuentas, opacidad en la selección de candidatos y repartición de candidaturas a grupos contrarios— corre el riesgo de reproducir el conflicto en un bucle infinito.
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