Oficios idealizados
Sección Editorial
- Por: Francisco Gómez
- 21 Mayo 2026, 00:00
1. Me comentó hace tiempo un colega sacerdote que, al celebrar una misa exequial, se desvivió en elogios hacia el difunto. Un amigo común, al terminar la ceremonia, le reclamó: “¿Por qué no dijiste que fue un hijo de la…, criminal que no alcanzó la cárcel gracias a sus palancas y que debería estar en el más profundo de los infiernos?”. “Yo solo hablo de las cualidades que tuvieron los muertos en vida —respondió el cura—, no de sus defectos. Si tú mueres primero que yo y celebro tu homenaje final: ¿menciono todas las sombras que conozco de ti, o solo resalto tus luces?”.
2. Tal benevolencia de juicio se da también con tres eventos festivos en este mes de mayo: el uno, Día del Trabajo; el 10, Día de las Madres; y el 15, Día del Maestro. Las tres celebraciones gozan de gran popularidad, al grado de que los festejados —aunque no siempre las mamás— disfrutan no solo de felicitaciones en esa fecha, sino también de prebendas como asuetos, regalos, tarjetas coloridas y creativas, etc. Me parece que, en los tres casos, están revestidos de una aureola santificadora que sí reconoce sus innegables méritos, pero también oculta sus evidentes defectos.
3. ¿Todos los trabajadores son responsables, esforzados, disciplinados y honestos? Obvio que no, y celebrar su día olvidando las condiciones que muchos de ellos enfrentan es poco menos que sádico. ¿Cuánto tiempo destina para trasladarse, en camiones que tardan horas para pasar, una empleada doméstica que vive en Juárez y trabaja en San Pedro? ¿Cuántas personas disfrutan verdaderamente su empleo? La celebración, más que desfile y asueto, debería ser un espacio de reflexión y análisis para mejorar las condiciones laborales de tantas personas que sufren su trabajo.
4. ¿Todos los maestros son como María Félix-Rosaura, que recibe del presidente de la República la comisión para alfabetizar un remoto pueblo de Coahuila, conocido como Río Escondido —título del filme—, y que asume el encargo como un apostolado, una misión en la que, incluso, pondrá en riesgo su vida? Obvio no. Y mientras los hay abnegados, como Sidney Poitier en Al maestro con cariño, también existen otros que vegetan en el aula, no preparan sus lecciones y navegan en el mar de la mediocridad. Ellos también merecen mejores condiciones para desempeñar su labor.
5. ¿Y qué decir de las mamás? ¿Todas son cabecitas blancas que mueven la mecedora mientras tejen chambritas para los nietos? ¿Cuántas hay que deben hacerse cargo del hogar después de extenuantes jornadas en oficinas y fábricas? Las madres estereotipadas ya no existen, y celebrarlas un día al año mientras el resto del tiempo se someten a injusticias de género no tiene caso alguno. Urge que esposos e hijos modifiquen sus roles, transmitidos por generaciones, en los que colocan a la “jefa” como una empleada sin sueldo, pero con un festejo anual.
6. Idealizar el oficio del trabajador, del maestro, de las madres, designando un día anual para exaltar sus funciones, no solo oculta la otra cara de la moneda —las dificultades que se enfrentan para sobrellevar tan delicadas tareas—, sino que perpetúa esquemas culturales y paradigmas laborales y familiares cuyo objetivo es mantener un statu quo favorable no para los festejados, sino para quienes los festejan. Necesitamos, como sociedad, menos festejos y más legislaciones capaces de destrabar cadenas que mantienen a esos sectores en situaciones de desigualdad.
7. Cierre icónico. Primero fue el túnel de “huachicol” que conectaba con un ducto de Pemex en Santa Catarina. Luego, un megadecomiso —más de 1.2 millones de litros— del hidrocarburo ilegal en Allende. Por otro lado, ya abundan los escándalos de sofomes y de inmobiliarias en la zona conurbada, donde los afectados alegan que les desaparecieron los recursos confiados a esas empresas, muchas veces los ahorros de toda una vida, ya para adquirir un bien inmueble, ya para obtener mejores créditos por sus ahorros. Ese es el actual Nuevo León: ya entre los estados con delincuencia organizada.
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