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Opinión

Olga Sánchez Cordero: ‘independencia’ tardía

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La semana anterior se consumó, en el Poder Legislativo, otro de los caprichos del presidente López Obrador: la extinción de la mayor parte de los fideicomisos del Poder Judicial. Más allá de la utilidad o necesidad de la decisión, quienes tienen alma y vocación de lacayos demostraron una vez más su lealtad: votaron como se les ordenó y sin cambiarle ni una coma al dictamen.

Bueno: en realidad no todos lo hicieron. Hubo algunas “excepciones”; es decir, individuos para quienes –en apariencia– la convicción aún es capaz de sobreponerse a la consigna y por ello osaron contradecir la voluntad del tlatoani votando en contra de la voluntad presidencial.

La ministra –en retiro– de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, Olga Sánchez Cordero, fue una de las “rebeldes”. Y no cualquiera, pues además de contrariar la voluntad presidencial argumentó sólidamente en contra de la desaparición de los fideicomisos en pugna.

No pocas voces han intentado hacer pasar la actitud de Sánchez Cordero por virtud. Nada más lejos de tal posibilidad: la exministra –a quien no causó rubor hacer el papel de florero en el gabinete presidencial– en realidad actuó con el oportunismo característico de su historia reciente.

Vale la pena, sin duda, escuchar su discurso en la tribuna del Senado. Una argumentación sólida sobre las razones por las cuales los fideicomisos del Poder Judicial no constituyen excesos ni pueden calificarse como instrumentos para financiar privilegios de clan.

Escuchándola uno se convence de la inquina presidencial. Lo del Hijo Pródigo de Macuspana no es sino una venganza vulgar en contra de un poder al cual no ha logrado someter a sus pulsiones dictatoriales.

Pero, escuchándola también, uno se siente obligado a cuestionar cómo la exministra no fue capaz de ponerse antes de pie y esgrimir los argumentos con los cuales “justificó” el martes pasado su voto en contra de la voluntad de su líder político.

Cómo, si doña Olga tiene tan claras las cosas, no habló antes e intentó disuadir a su guía moral de la gravedad de sus intenciones en contra del Poder Judicial de la Federación, las cuales implican, por ejemplo –y utilizando los argumentos expuestos por la senadora en la tribuna–, poner en riesgo la vida de jueces en zonas de alta conflictividad.

Cómo, si la preclara legisladora tenía toda la información vertida en la sesión del martes pasado de la Cámara Alta, decidió guardársela hasta el momento en el cual el dictamen fue sometido a discusión en el pleno, en lugar de participar activamente en comisiones, dar declaraciones a la prensa o, ya de perdis, enviarle una tarjeta al principal inquilino de Palacio.

La respuesta a tales interrogantes es muy simple: porque Olga Sánchez Cordero está lejos de ser una persona honesta y es, más bien, como casi cualquier otro poblador de la fauna política nacional, una oportunista vulgar a quien no le interesa la honestidad intelectual o la congruencia.

Por ello, lejos de la virtud, su actuación del martes anterior se inscribe en las páginas más vergonzantes de la política nacional y la colocan a la altura del “movimiento” del cual forma parte: una pandilla de filibusteros para quienes el poder constituye solamente un vehículo para beneficiarse personalmente.

Traidora a los suyos, Olga Sánchez Cordero cae perfectamente en la descripción realizada por su líder en relación con los fideicomisos del Poder Judicial: tan sólo defiende los privilegios de los cuales es beneficiaria, pues forma parte de la aristocracia judicial a la cual se le compensa de forma generosa “los servicios prestados a la patria”.

Nada distinto podía esperarse de ella, desde luego. Pero al menos el dejarlo por escrito debe servir para impedir su canonización como alguien “congruente” o “valiente”, pues ninguna de las dos virtudes señaladas pueden reconocérsele.

@sibaja3

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