Luego de los impactantes sucesos registrados la semana anterior en la capital, entre homicidios de alto impacto, bloqueos y paros del gremio “magisterial”, y en un contexto en el que la sociedad ya no sabe qué creer ni para dónde voltear, bien vale la pena despabilarse un poco darle una buena sacudida a nuestras conciencias y pegarle una buena repasada a los principios básicos de la existencia humana que, dicho sea de paso, aún se encuentran amparados por nuestra Constitución y son ofrecidas como garantías individuales y elementales para el ejercicio cívico de todos los mexicanos.
Pero para ello, primero debemos comenzar por desmenuzar los términos básicos que aplican para transitar en el ejercicio elemental de todo ciudadano en nuestro país. Estos son: la política, la democracia y la libertad, que invariablemente, como elementos inherentes a la condición humana con la que hemos sido dotados, mientras estemos vivos —y como el oxígeno, a veces más contaminado que otros días—, queramos o no, debemos respirarlos.
Así pues, estimado lector, tenemos que la política es el conjunto de actividades asociadas a la toma de decisiones en grupo o a las formas de relaciones de poder entre individuos. En teoría, es una doctrina o práctica de gobierno que promueve la participación ciudadana al poseer la capacidad de distribuir el poder según sea necesario, para garantizar el bien común de la sociedad. La política, según Nicolás Maquiavelo, es el arte de lo posible; en tanto que por los sucesos recientemente registrados —y como dijera nuestro querido, respetado y admirado Armando Fuentes Aguirre “Catón”—, para la sociedad actual y bajo nuestra cruenta realidad, son cosas peores.
Ahora bien, en torno a la democracia, dicen los diccionarios que es un sistema político que defiende la soberanía del pueblo y su derecho a elegir y controlar a sus gobernantes. En el transcurso de este sistema debe prevalecer el respeto y la tolerancia hacia las diferentes formas de pensar, de expresar y de sentir, propias de las distintas maneras de pensamiento ideológico.
La libertad, por su parte, es la facultad y el derecho de las personas para elegir de manera responsable y respetuosa su propia forma de actuar dentro de la sociedad, sin ser sometidas a la voluntad de otro ni constreñida por una obligación, deber o disciplina. Es decir, la libertad es la capacidad de una persona para actuar según su propia voluntad.
Ahora bien, definidos los preceptos de estos términos elementales, observamos que, en la práctica real de nuestra actualidad, estos se encuentran muy alejados de sus definiciones, contrapunteados por intereses bastante alejados de la naturaleza del bien común y bienestar social.
Así pues, tenemos, por ejemplo, el conflicto magisterial que, dicho sea de paso, ha suspendido la formación de medio millón de educandos en todo el país, en contra del gobierno federal, el cual, en aras de imponer sus personalísimos intereses por encima de las normas, leyes y capacidades económicas preestablecidas, ha agredido la estabilidad, la armonía y la paz social del resto de la sociedad.
Y es que, considerando los tres términos aquí expuestos en el encabezado de esta columna, estos han sido pisoteados en formas y maneras poco civilizadas de ejercer la política, la democracia y la libertad. Y que, de paso, se han llevado entre las patas a una sociedad que ya no ve lo duro, sino lo tupido de todas estas indeseables y cavernícolas acciones, las cuales, por los límites de la propia naturaleza bélica de algunos, aún no vislumbran una pronta solución satisfactoria.
Así pues, estimado lector, bajo la óptica de los muchos y deleznables sucesos acontecidos en los tiempos recientes, justo sería que realice un ejercicio personal para analizar los comportamientos de todas las partes y de todos los conflictos, a fin de entender sus respectivas formas de hacer política, ejercer la democracia y respetar la libertad propia y la de los demás. Habida cuenta de que no será otro más que usted, en el ejercicio cívico de la libertad política a través de la democracia electoral, quien decidirá —en la próxima elección de jueces y magistrados, si es que participa— si les otorga la impunidad para continuar con sus respectivos combates, o ejerce el último contrapeso para modificar todo el aparato judicial con seres honrados, profesionales, comprometidos con la legalidad, sensibles, justos, respetuosos y civilizados, que, con las leyes en las manos, los pongan en orden en aras de una justicia honesta, lo que, sin duda y con urgencia, se requiere para que resurja la paz, la tranquilidad y el bienestar integral de toda nuestra sociedad.
Por hoy es todo. Medite lo que le platico, estimado lector, esperando que el de hoy sea un reflexivo inicio de semana. Por favor, cuídese y ame a los suyos. Me despido honrando la memoria de mi querido hermano Joel Sampayo Climaco, a quien recordamos con mucho cariño con sus hermosas palabras: “Tengan la bondad de ser felices”. Nos leemos, Dios mediante, aquí el próximo lunes.
