Cuando Samuel García viajó a Nueva York en septiembre de 2024 y se reunió por primera vez con directivos de BlackRock, algunos colegas míos de prensa dijeron que esta gestora de activos — la más grande del mundo — es el perfecto demonio.
Esta fama se la cargaron a BlackRock porque en tiempo de Enrique Peña Nieto la culparon de quebrar el fondo de pensiones de México. Sin embargo, BlackRock no administra fondos de pensiones. No es responsable de su buen o mal uso. Es solo eso: una gestora de activos.
Ahora bien, sí es verdad que BlackRock administra más de $10 billones de dólares. Dicho de otro modo, equivale a todo el PIB de Alemania, y representa más del 10% del PIB mundial.
De manera que cuando una estructura de esas dimensiones voltea a ver a una región como Nuevo León no está explorando: está proyectando flujos de capital. Y no busca ni mucho menos cometer fraudes: los fondos de activos viven de su reputación. Si su imagen se daña por un fraude, los activos se van a otro fondo. Así de simple.
Según lo informado —con cautela, como suelen informarse estas cosas— entre los estados que conforman nuestro país, Nuevo León fue identificado como una plataforma ideal para inversiones en infraestructura energética. ¿A qué me refiero? a que están dispuestos a invertir en agua, transporte, carreteras, entre otros rubros.
Es decir: no se trata de negocios de moda sino de aquellos que sostienen todo los demás.
Por eso desmontemos esa calumnia que circula con facilidad y frivolidad en redes sociales.
BlackRock no es un actor ideológico. No es un gobierno paralelo ni en la sombra. Tampoco es un ente que “controla países”. Eso lo hace cada gobierno: algunos peor que otros.
Toda inversión exige rendimientos. Y ese simple matiz cambia toda la lectura de lo que es BlackRock. Sus indicadores revelan hacia dónde es rentable moverse. Es como una brújula, digamos que como un faro de orientación.
¿Quieres un ejemplo? EUA, hasta hace poco más de una década, estaba condenado a importar petróleo. Hoy es el mayor exportador (aún antes de controlar Venezuela).
Para llegar a ser potencia, se recurrió entre otros fondos de activos a BlackRock por más de $225,000 millones de dólares, dirigidos al sector energético, incluyendo tecnologías como la fracturación hidráulica.
¿Otro ejemplo que este fin de semana se pondrá de moda? Hungría. Yo estuve en Budapest hace algunos años y me consta que no es ninguna dictadura. ¿El régimen hace propaganda a su favor o como se dice en inglés, hace estrategia spin? Sin duda. Como la mayoría de los gobiernos occidentales.
Pero con BlackRock, Viktor Orbán invirtió más de $26,000 millones de euros en baterías eléctricas. Ya los húngaros son potencia gracias al litio y al fracking con el que lo extraen.
El gobierno de Viktor Orbán habla de su litio como soberanía energética. Y no está tan lejos de la verdad. Su opositor Péter Magyar — y lamentablemente posible ganador de las elecciones del próximo 12 de abril — dice que acabará con estos acuerdos de fracking.
Pero el dato es que quieren desaparecer el capital que llegó a Hungría.
Péter Magyar ya anunció que de ganar las elecciones acabará con esos acuerdos financieros, incluidos los vinculados a BlackRock, que facilitaron ese flujo hacia el litio, su almacenamiento junto con los demás materiales críticos. Las cosas como son.
Pero vuelvo a México y sobre todo a Nuevo León. Antier, Claudia Sheinbaum se reunió con Larry Fink CEO de BlackRock. Muchos morenistas pegaron el grito en el cielo. El mensaje fue técnico: extraerán gas natural con nuevas técnicas de fracking para evitar nuestra dependencia de 80% con Texas. El proyecto lleva casi 8 años frenado y hay que destrabarlo. Con Nuevo León como puntero, podríamos ser potencia gasera, si nos lo proponemos, mediante contratos mixtos con Pemex que ya no puede solo.
Los obstáculos para operar el fracking no están en el T-MEC sino en los propios dinosaurios de Morena. Se oponen a la meta de pasar de una producción de gas natural de 2,000 millones de pies cúbicos diarios a 5,800 millones de pies cúbicos al día, al cierre del actual sexenio.
Ahí es donde Nuevo León entra en escena porque lo que está en juego no es una inversión sino una posición en el tablero económico global.
En el mapa del nearshoring, los estados compiten. No todos ganan. Y los que ganan no son necesariamente los más grandes sino los más visionarios.
No le demos la espalda a esta oportunidad de oro. O más bien, de gas, tan valioso — ya se verá — como el mismo oro.
