¿Por qué crecen los fraudes inmobiliarios entre regiomontanos?
Sección Editorial
- Por: Eloy Garza
- 21 Abril 2026, 04:59
Hay una idea que nos seduce: Monterrey como símbolo del éxito. Edificios nuevos por todos lados, torres que crecen como si la ciudad estuviera compitiendo consigo misma, capital extranjero directo, sueldos más altos, demanda de vivienda vertical disparada.
Pero, como suele pasar en el crecimiento urbano acelerado, donde hay velocidad también hay opacidad.
Y donde hay dinero fácil, aparece, decía Hans Kelsen, el incentivo para romper las reglas.
La pregunta no es si hay fraudes. La pregunta es por qué hay tantos.
Y es que, francamente, la demanda es tan alta que la gente compra sobre planos, en preventa, sin ver nada construido. Digamos que a la buena de Dios. Entrega millones de pesos confiando en promesas vagas. Y ahí aparece el primer problema: contratos vaporosos, sin cláusulas robustas, sin penalizaciones claras, sin garantías reales.
Es decir, una triste asimetría entre desarrollador y comprador.
La Fiscalía se atiborra de casos. Las carpetas se acumulan. Y eso genera algo todavía más grave que el delito: la percepción de impunidad.
Cuando el sistema no castiga, el mensaje es evidente: el riesgo de defraudar es bajo en tierras regiomontanas.
Por increíble que parezca, la regulación de preventas llega apenas ahora, en 2026. Es decir, todo este boom creció en una zona prácticamente desregulada. Y entonces llegó lo que yo llamo la tormenta perfecta.
Hay casos que deben analizarse a fondo, como el proyecto “El Legado”.
El conflicto, que parece menor, en realidad revela una situación sin lógica, que no tenía por qué suceder. El desarrollador, José Luis Barragán, vende departamentos con una promesa de amenidad: una casa club, parte del valor del proyecto. Más de 60 familias compran bajo esa premisa.
Después, la historia cambia. Se calcula que hay terreno para más torres. Más densidad, más rentabilidad. Los condóminos dicen: “esperen, esto se acordó distinto”. Dicen: “que se defina en asamblea”. Dicen: “que haya consenso”.
Pero la respuesta no es negociar, al menos en un principio. La respuesta, tal parece, fue unilateral. Empiezan a demoler. Los vecinos reaccionan: candados, bloqueo físico. El desarrollador rompe los candados. El conflicto escala. Tensiones al borde de la violencia.
Me argumenta una de las partes que el terreno es del desarrollador. Pero el conflicto ya no es solo jurídico. Es de confianza, de expectativas incumplidas.
Es, supuestamente, lo que se vendió versus lo que se está ejecutando. Y hay un elemento adicional: una sola vía de acceso. Más torres implican más presión urbana.
¿Otro caso? Proyectos 9. El empresario: José Lobatón. Torres. Más de 150 denuncias. 46 directamente en Fiscalía. 34 carpetas integradas. Proyectos que no arrancan.
Supuesto dinero que desaparece en estructuras opacas. ¿Es esto verdad?
Ya no es un conflicto excepcional. ¿Es un patrón?
Se trata de gente que entregó el ahorro de toda su vida. Todos con historia similar: no hay departamento, no hay devolución. No hay esperanza.
Las protestas empiezan: frente a la Fiscalía, frente a las obras. A estas alturas, el problema deja de ser inmobiliario. para volverse sistémico.
Y estos no son casos aislados. En 2025 hubo innumerables denuncias por fraude inmobiliario en Nuevo León.
La Fiscalía General de Justicia se saturó. La Procuraduría Federal del Consumidor se saturó. Y, para variar, el Congreso local reaccionando tarde, parchando el Código Penal y el Código Civil para endurecer sanciones y regular preventas.
Es decir, el sistema detrás del problema, no delante de él.
Lo que vemos es la cara oscura del crecimiento.
Mucho capital circulando, regulación débil e instituciones que no escalaron al ritmo del mercado y, sobre todo, una confianza social que se erosiona se daña y se rompe.
Porque al final no son cifras: son familias, decisiones de vida. Gente que no especulaba: adquiría o pretendía adquirir su patrimonio. Y hoy no tiene ni departamento ni dinero.
La pregunta queda, es incómoda, pero necesaria, queda para ti: ¿los regiomontanos construimos modernidad o inflamos una burbuja que, tarde o temprano, estallará?
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