¿Por qué el Metro de Nuevo León es una obra épica?
Sección Editorial
- Por: Eloy Garza
- 19 Marzo 2026, 04:59
En Nuevo León, el Metro es una obra épica. Y te lo demostraré con una anécdota.
Hace años viajé por motivos de trabajo a Noruega. Y si no fuera tan apegado a mi tierra regiomontana —aquí nací y aquí me moriré—, probablemente me habría quedado a vivir allá, junto a los fiordos, en uno de los países más ordenados, prósperos y balsámicos del mundo.
Noruega es parte del bloque nórdico: Dinamarca, Suecia, Finlandia, Islandia y, por supuesto, Noruega. Países donde todo parece funcionar. Donde el transporte funciona. Donde el gobierno funciona. Donde la sociedad funciona.
Pero antes de llegar a Oslo, mi primer destino fue Grimstad, un pueblito costero al sur del país. Un lugar donde el sonido más fuerte que escuché no era el tráfico, sino las gaviotas riñendo por un arenque y las olas golpeando contra los muelles de madera pintados de blanco.
Entonces vino el contraste. De ese pueblo de 20,000 habitantes me fui a Oslo, la capital de Noruega. Y, saliendo de la estación de tren, transbordé al metro: el famoso T-banen.
En ese momento pensé en mi Monterrey, a 9,000 kilómetros de distancia. Pensé en lo que podríamos hacer si todos nos tomáramos en serio el Metro del área metropolitana de Monterrey.
En Oslo, lo primero que sorprende no es la velocidad de los trenes. Es el silencio. Recuerdo la estación de Nationaltheatret. Vi anunciada una puesta en escena de la obra de teatro Casa de Muñecas, de Henrik Ibsen.
Y, aunque no entendiera el idioma, conocía la obra casi de memoria. Ibsen, el gigante de la dramaturgia noruega, el que retrató como nadie la hipocresía de la sociedad moderna. Y, mientras veía esa obra maestra, pensaba en los andenes del metro: ordenados, pero también caros. Muy caros.
El sistema T-banen sirve a una ciudad de apenas 600,000 habitantes, tiene 85 kilómetros de vías, y es uno de los metros más caros de Europa. El boleto equivale a unos $90 pesos mexicanos. Ahora comparemos.
Metrorrey mueve a millones de personas en la zona metropolitana. Y el QR cuesta mucho menos que el de Oslo. El servicio, en muchos aspectos, es muy similar. Y, en algunos, incluso el nuestro es mejor.
Oslo tiene el metro más ecológico de Europa. Funciona casi totalmente con energía hidroeléctrica. Sí, el tren sale del túnel y, de pronto, ves un fiordo, veleros, acantilados, hasta una foca asomándose como si fuera parte del paisaje.
Ahora vamos a los números. Oslo presume décadas construyendo su red. Desde los años sesenta comenzó a modernizar su metro.
Nosotros empezamos tarde. La Línea 1 arrancó en 1988. Se terminó en 1991. Y luego, el tiempo se detuvo. Una decena trágica: años en los que no se construyó nada; años en los que nadie tuvo la mínima visión. Y ahora tenemos que recuperar en seis años lo que no se hizo en una década.
Oslo añade ocho kilómetros desde 2023; en Nuevo León se están construyendo más de 35 kilómetros en seis años, gracias a Samuel García, a Hernán Villarreal y a Abraham Vargas.
Líneas 4 y 6. De Santa Catarina a Apodaca. Conectando toda la zona metropolitana. Y todavía hay quienes se quejan porque hay tráfico, porque hay desvío de vehículos, porque hay obras en curso. Eso es no entender el futuro. Eso es pensar en la comodidad de hoy y no en la metrópoli del mañana.
Mientras viajaba en el metro de Oslo pensé que la vida urbana puede ser ordenada. Puede ser funcional. Puede ser moderna. Pero no se construye sola. No se construye por arte de magia.
Se construye con años de trabajo y con decisiones valientes y visionarios.
Los noruegos tuvieron décadas para hacer su metro de acero. Nuevo León tiene este sexenio para ponerse al corriente y sacar la casta.
Porque los que gobernaron antes no lo hicieron.
Porque les faltó visión. Porque faltó decisión.
Y ahora que se está haciendo, aparecen quienes quieren frenarlo. Los mismos que cuando les tocó gobernar no construyeron nada. Esos flojos son los que más gritan. Esos que no hicieron metro son los que más critican al metro.
Por eso la pregunta sigue abierta: ¿ganamos o perdemos comparándonos con Oslo?
Tal vez perdimos en tiempo. Pero lo vamos a recuperar. La verdadera pregunta no es si somos como Oslo, Noruega. La verdadera pregunta es esta: ¿queremos seguir siendo el estado que se quedó atrás o la metrópoli que por fin decidió avanzar?
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