La clave de la detención de Ryan Wedding, el exatleta olímpico que se volvió “El Chapo” de Canadá, está en Nuevo León.
Su pareja —referida en algunas fuentes como su esposa— nació en Monterrey.
Se trata de Miryam Andrea Castillo Moreno. Tiene 34 años, nació en nuestro estado y comenzó como edecán en el área metropolitana de Monterrey.
Kash Patel, director de la CIA, dijo que la regiomontana ayudó a Wedding a lavar ganancias del narcotráfico y a coordinar actos de violencia, posiblemente gracias a conexiones con cárteles que facilitaron su expansión en el negocio de las drogas.
¿El modus operandi del canadiense y la regiomontana? Las criptomonedas. Ahí está la clave. Lo explicaré en otra columna.
Sin embargo, resulta por demás extraño que Castillo no sea nombrada en las acusaciones formales de EUA y que no se aclaren a la opinión pública operaciones específicas suyas.
La consideran en EUA un componente fundamental en una red de “facilitadores” que mantuvo la prominencia de Wedding en la venta de fentanilo en regiones de EUA a las que no tendrían acceso los cárteles mexicanos.
Podría ser que Castillo fuera la única en poder revelar el misterio de si el capo de Canadá se entregó por voluntad propia —no lo creo— a las autoridades mexicanas después de una larga carrera delictiva, o si en realidad fue descubierto y detenido por la CIA, lo cual parece más creíble. ¿Por qué? Muy simple. Si Wedding no hubiera querido terminar en una cárcel de alta seguridad en EUA, no se hubiera declarado inocente apenas le pusieron las esposas.
Para poder buscar reducción de pena o incluso ser testigo protegido —el sueño de todo capo que se respete—, lo primero que debió hacer fue pactar: reconocerse culpable y negociar que a su familia no la involucraran.
Sin embargo, apenas fue detenido, se declaró inocente —como ya lo dije— y apareció en todos los medios el nombre —hasta ahora, sin fotos — de su pareja regiomontana.
Cuando vi las imágenes donde Wedding supuestamente se entrega, pensé lo mismo que un par de colegas —casi todos los demás se fueron con la finta—: esas fotos se diseñaron con inteligencia artificial.
Ni siquiera la complexión de Wedding es proporcional al resto de la imagen. El canadiense mide casi 1.90; es un hombretón que no pasa desapercibido en ninguna parte, y su exigencia de entrada a las autoridades habría sido consignar el acto con videos para proteger su integridad.
No lo hizo porque, seguramente, no se entregó. Lo capturaron.
¿Pero quién es este canadiense que, por pura afición morbosa, se adhirió al crimen organizado?
Nació en 1981 en Thunder Bay, Ontario, Canadá, y proviene de una familia económicamente muy poderosa de esquiadores. El snowboarding dominó su juventud y le dio fama marginal pero persistente. Mostró un talento temprano en el esquí en tabla, uno de los deportes más complejos del mundo.
Ganó un par de medallas en campeonatos juveniles y representó a Canadá en los Juegos Olímpicos de Invierno de 2002, en Salt Lake City, pero su desempeño fue, en términos generales, mediocre.
¿Por eso se metió al crimen organizado? Aparentemente, sí. No sobresalió lo suficiente en lo quería. Y su ego es grande.
Su carrera criminal —por llamarla de algún modo— comenzó cuando fue arrestado en 2008, en San Diego, por conspiración para distribuir cocaína; fue condenado en 2009 y sentenciado a 48 meses de prisión en 2010. ¿Qué hizo en la cárcel? Relacionarse con capos. Así de simple.
Tras su liberación en 2011, ya tenía los contactos —todo es presunción, desde luego— para fundar una organización transnacional de tráfico de drogas, asociada con cárteles mexicanos. Organizó el trasiego de cientos de toneladas de cocaína desde Colombia, a través de México, hacia EUA y su país de origen, Canadá.
¿“El Chapo” canadiense? No exageren. Hay quienes incluso quieren compararlo con Pablo Escobar. Ni de lejos.
Lo cierto es que su arresto, confirmado por la CIA y el FBI, lo volvió el foco de atención por algunos días.
La jugada también es política. Canadá está en la mira. Qué bueno. Que al menos por un momento, la Administración Trump voltee para otro lado. Ahora la piñata es Mark Carney y Canadá. Para que vean lo que se siente.
