Minneapolis, la ciudad más poblada de Minnesota, Estados Unidos, se ha convertido en un ícono polémico: es el referente más crudo de la cruzada antiinmigrante del gobierno de Donald Trump, y sus calles hoy escenifican batallas dantescas —e inéditas— entre los aguerridos ciudadanos que protestan porque se oponen a dicha política, frente a los agentes federales que actúan con mayor rigor y aparente insensibilidad, ahora incluso contra los propios ciudadanos estadounidenses que los encaran.
Así, Minneapolis ya no sólo es ese referente problemático para Trump, donde dos ciudadanos legales, nacidos en EUA, han muerto a manos de los federales, sino que pareciera ser cada vez más una bomba de tiempo porque ni los ciudadanos doblan las manos ni mucho menos lo hace la administración federal, que ha enviado más y más agentes, sumando ya más de 3,000 —la de Minneapolis es oficialmente la “operación más grande” del programa, según el Departamento de Homeland Security—, mientras que apenas han mandado unos pocos cientos de agentes a lugares como Chicago, que con sus 2.7 millones de habitantes tiene cinco veces más población que esta metrópoli que forma parte de las “Ciudades Gemelas” de Minnesota.
Es cierto que sus posturas antiinmigrantes le ayudaron enormemente, y prácticamente llevaron a la presidencia, a Donald Trump. Pero también es cierto que hoy, con el ruido que se ha hecho por la aparente brutalidad y los excesos cometidos en estas muertes, hasta los propios seguidores del presidente manifiestan sentimientos encontrados.
No es lo mismo estar en campaña que ser gobierno; ese principio aplica en todo el mundo. Y en los últimos días, Donald Trump ha enfrentado lo que parecieran ser sus dos primeras derrotas ante la opinión pública, mismas que presagian que su popularidad ya no va, ni irá más, en ascenso, justo en un año en que se aproximan nuevas elecciones intermedias donde se renovará el Congreso y 36 gubernaturas; o sea, será un auténtico referéndum para el presidente republicano.
La primera derrota fue la de Groenlandia / Europa. Más allá de que nunca estuvo claro cuál fue el acuerdo entre EUA y la OTAN sobre Groenlandia, lo que sí quedó claro es que Trump echó para atrás las amenazas de aranceles contra los países europeos, luego de que sus líderes verbalizaron cuáles podrían ser las medidas de respuesta (incluida la “bazuca”). Y aunque Trump aparentemente logró negociar cierta presencia militar y económica en Groenlandia, en definitiva no se concluyó que esa isla “pase a ser de EUA”, lo que le deja su primera gran cicatriz mediática.
Pero ahora estamos en la segunda: con el revuelo por las acciones de ICE, y particularmente en Minneapolis, y en específico el caso de Alex Pretti, un enfermero estadounidense abatido por agentes de la Border Patrol luego de que ya lo habían sometido, la confrontación ha escalado a una nueva fase, mientras los medios nacionales e internacionales ponen en duda, de forma creciente, los alegatos oficiales sobre el suceso y minan la credibilidad de una administración que se aferra, con cada vez menos éxito, a defender sus acciones.
Es aquí donde hay que observar lo más importante: progresivamente, Donald Trump —y su gobierno— aparece más como el “villano de la historia” —y de la Historia— en las narrativas mediáticas. Y no parece haber un escenario hacia adelante donde las acciones de Minneapolis vayan a poder juzgarse como correctas y justas.
Dicho en otras palabras: si Trump se vuelve “el enemigo a vencer” en la narrativa —y con sus cada vez mayores errores así está pareciendo—, las preferencias electorales en Estados Unidos sí pueden cambiar. Y si en efecto hay élites de poder y poderes fácticos, muy por encima de los gobiernos, que mueven los hilos, todo apunta a que ahora pudieran “soltar” a Trump (después de usarlo) y abocarse a empujar un regime change en el propio EUA, para así validar una nueva administración que llegue con la llama de haber operado un “cambio heroico”. Así como hacen en todo el mundo.
Este año va a ser estruendoso en Estados Unidos.
