1. Parece que la Presidenta y la Secretaría de Educación Pública tienen un pánico digital en relación con los celulares. A partir del 3 de noviembre de este año estarán prohibidos en las escuelas primarias y secundarias de México. En las preparatorias habrá un esquema flexible, y en las universidades cada institución establecerá sus propios criterios para la utilización del aparato. ¿El objetivo? Proteger la salud mental de los niños y adolescentes, mejorando su concentración y evitando la adicción a las redes sociales. Menuda tarea prohibitiva tendrán los educadores, pues…
2. … de acuerdo con una encuesta del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) sobre la Disponibilidad de Tecnologías de Información en los Hogares, casi nueve de cada 10 mexicanos mayores de seis años usan un celular. El mismo estudio revela que el 38% de los niños de entre seis y 11 años se han mimetizado con él, y lo mismo hace el 87% de los adolescentes de entre 12 y 17 años. Llama la atención que mientras el 97% de la muestra utiliza el teléfono para comunicarse, y el 78% para entretenerse, solo el 31.4% lo emplea para labores escolares.
3. De que el celular en la clase distrae es un hecho, en la mayoría de los casos, como el IPad y la laptop. Me han tocado alumnos que justifican su atención al instrumento porque ahí siguen la presentación ofrecida en la pantalla del salón —¿entonces para qué la proyección?, me pregunto—, pero en realidad están respondiendo correos, mensajes de WhatsApp o navegando en Facebook, Instagram o YouTube. Pero, ante tal realidad: ¿nos debe llevar a su prohibición absoluta? ¿No podríamos, más bien, ver la posibilidad de maximizar sus ventajas educativas?
4. Con mis alumnos seminaristas, de nivel licenciatura y en clases de maestría, la primera parte de la sesión la llevamos a cabo con lecturas previamente asignadas en sus dispositivos, resúmenes que ahí tienen que redactar —en el entendido de que no acuden al ChatGPT ni herramientas semejantes—, encuestas y búsqueda de información que, ahora sí, pueden encontrar en la inteligencia artificial. En un segundo momento guardamos los artefactos electrónicos y dialogamos en torno a los temas surgidos en la primera parte de la sesión. Aprovechamos el recurso, no lo suprimimos.
5. En mis clases con doctorandos consenso con ellos no utilizar teléfonos, tabletas o compus durante la sesión, salvo un aparato que nos puede servir para una consulta necesaria y momentánea. Con remilgos aceptan, acostumbrados como están a la simbiosis con las pantallas, pero les remarco que gran parte de su día lo dedican, además de sus labores profesionales, a la investigación de su tesis doctoral, navegando en internet y redactando sus conclusiones, y los encuentros académicos que tenemos se caracterizan por el diálogo y las réplicas a mis exposiciones.
6. Es cierto que los maestros tenemos el reto de adaptarnos a una nueva metodología pedagógica, y cuesta esfuerzo, tiempo y capacitación. Pero prohibir el uso de la información electrónica no será una buena receta por dos razones. Una: toda prohibición incentiva la transgresión, y somos muy buenos para encontrar las formas de saltarnos un reglamento. Dos: estaríamos desaprovechando una enorme riqueza que la tecnología nos ofrece para mejorar la educación en nuestro país, tan deficiente, según los últimos informes internacionales.
7. Cierre icónico. En entrevista de León Krauze con Carissa Véliz, autora de Profecía. Lecciones sobre el uso y abuso de la predicción, desde los antiguos oráculos hasta la IA, le pregunta si le tiene miedo a la inteligencia artificial. Ella responde que les teme más a los seres humanos. Yo también. Por ello celebro que, de acuerdo con una encuesta de Reuters/Ipsos, la popularidad de Donald Trump ha caído de manera notable entre los estadounidenses. Del 47% en enero de 2025 al 32% antier. Ojalá ya no gobiernen ese país personajes semejantes a él, tan demenciales como peligrosos.
