¿Qué relación tiene Monseñor Rogelio Cabrera, arzobispo de Monterrey, con la primera encíclica de León XIV?
Sin Censura
En abril de 2022, el arzobispo Rogelio Cabrera López nos convocó en la Curia Arquidiocesana a un grupo de políticos y opinadores de distintos partidos. La intención era incorporarnos al proceso del Sínodo sobre la Sinodalidad.
Aquella reunión no generó comunicados ni acuerdos para los medios. Logró algo más difícil: sentarnos en la misma mesa a personas que normalmente nos evitamos o nos atacamos.
El mérito de lograr que se escucharan voces tan disímbolas fue del arzobispo.
Cuatro años después, la encíclica Magnifica Humanitas de León XIV plantea una disyuntiva clara: o la humanidad construye una nueva torre de Babel con datos y algoritmos, o edifica una ciudad capaz de contener ritmos distintos.
La sinodalidad —caminar juntos— propone una regla concreta: el paso lo determina quien va más lento, y la ruta se corrige cuando alguien advierte que el camino se vuelve inhabitable para los que quedan atrás.
Esta forma de entender el juego político choca con la dinámica actual en Nuevo León. La exigencia de Morena estatal y de Alejandro Murat de investigar el caso de Next Energy ante la FGR, con el gobernador Samuel García en el centro de las acusaciones, ilustra una política que ya no se mide por sus efectos de justicia, sino por su capacidad de generar fricción pública y activar mecanismos de denuncia.
En este esquema, el otro deja de ser alguien con quien se comparte un trayecto y se convierte en un dato que conviene atacar o defender según el algoritmo.
Denoto una conexión directa entre Monseñor Rogelio Cabrera y la encíclica de León XIV. El Papa lo nombró miembro del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, el organismo vaticano encargado de impulsar precisamente los temas que aborda Magnifica Humanitas: la dignidad de la persona frente a la concentración de poder tecnológico y la necesidad de gobernar la técnica con criterios humanos.
El arzobispo que en 2022 abrió las puertas de su casa para que la política local ensayara otro ritmo hoy forma parte de la estructura que debe pensar cómo responder cuando el poder —público o privado—reduce a las personas a métricas o a instrumentos de confrontación.
Nuevo León puede responder a lo que plantea la encíclica si deja de evaluar el éxito político únicamente por la velocidad con la que se generan acusaciones o tendencias en redes. Significa someter decisiones relevantes en materia de energía, inversión tecnológica o regulación digital a un examen que considere a quienes normalmente quedan fuera de las métricas: los empleados que perderán capacidades por la automatización, las comunidades que recibirán el impacto territorial y los jóvenes cuya atención ya está moldeada por plataformas antes de que cualquier institución llegue a ellos.
La encíclica que leí ayer varias veces no rechaza la inteligencia artificial ni el desarrollo tecnológico. Rechaza que éstos se conviertan en el único criterio de lo real.
La pregunta que queda es si en Nuevo León estamos dispuestos a que el ritmo de la política lo sigan marcando los algoritmos, o si todavía podemos obligarnos a caminar al paso de quienes, por ahora, no generan clics ni tendencias. Es decir, al paso de la gente.
