Ron_Rolheiser_1x1_269c01155c
Opinión

Una ingenuidad del corazón

Espiritualidad

La oscuridad solo es mala porque existe la luz. El pecado solo puede ocurrir si primero existe el amor.

Karl Rahner hace una observación muy perspicaz sobre el pasaje de los Evangelios en el que Jesús, mientras es crucificado, dice de sus verdugos: “¡Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen!”.

Rahner sugiere que ellos sabían exactamente lo que hacían. Sabían que estaban condenando a muerte a un hombre inocente, que estaban derramando sangre inocente. Entonces, ¿por qué Jesús dijo lo que dijo?

¿En qué consistía su inocencia? ¿Cuál era su ingenuidad?

La respuesta de Rahner es esta: no sabían lo que hacían porque no sabían cuánto eran amados. Y eso puede dar lugar a una ingenuidad del corazón. ¿Cómo es eso posible?

Existe un lugar en nuestro interior —un lugar del que rara vez somos conscientes— donde Dios nos sostiene a cada uno de nosotros en un amor incondicional. Quienes crucificaron a Jesús no sabían lo que hacían porque no eran conscientes de ello. Esa era su ceguera, su ignorancia. A pesar de las apariencias, no sabían lo que hacían.

Esto también es válido para nosotros. Con demasiada frecuencia crucificamos a los demás y a nosotros mismos debido a esta ignorancia: no sabemos cuánto somos amados. En consecuencia, a veces somos crueles en nuestros juicios y propensos a hacer cosas que comprometen nuestra dignidad. Luchamos por no ser uno de los verdugos en la crucifixión porque, a fin de cuentas, actuamos por ignorancia. No sabemos hacerlo mejor; es como la ingenuidad de un niño que se hace daño a sí mismo por desconocimiento.

Mas esta no es una idea nueva.

La teología ha establecido tradicionalmente una distinción entre la ignorancia culpable y la inculpable. Esta última, también llamada ignorancia invencible, se consideraba eximente de pecado y de responsabilidad. De ahí surgió la enseñanza de que se podían cometer actos incorrectos sin que fueran pecaminosos, precisamente por actuar desde la ignorancia. Esto se basaba en la creencia de que solo se puede actuar moral y responsablemente si realmente se sabe lo que se está haciendo. Para pecar, era necesario actuar “a sabiendas”. Ciertamente, es un matiz complejo.

Sin embargo, al observar el mundo actual, me atrevería a decir que, en cuestiones morales de gran importancia, actuamos bajo una ignorancia invencible. Dicho de forma sencilla: no sabemos hacerlo de otra manera. Solo el tipo de ignorancia que llevó a personas sinceras a crucificar a Jesús puede explicar por qué nosotros —personas buenas y sinceras— podemos permanecer tan ciegos, tanto colectiva como individualmente, ante los pobres y ante las exigencias económicas y sociales que plantea nuestra fe. La verdadera razón por la que podemos vivir con tanta comodidad mientras se ensancha la brecha entre ricos y pobres no es que seamos malvados o carezcamos de conciencia, sino más bien —como afirma Rahner— que desconocemos cuánto somos amados.

Lo mismo ocurre con nuestra actitud hacia la sexualidad. Hemos logrado trivializar el sexo, desvincularlo del carácter sagrado del matrimonio y convertirlo en una prolongación del noviazgo (o simplemente en sexo recreativo) únicamente debido a una cierta ignorancia invencible. No sabemos hacerlo de otro modo, no porque nos falte conciencia, sino porque carecemos de una percepción real del profundo amor de Dios y de la dignidad que este nos confiere.

Al igual que los verdugos de Jesús, poseemos una capacidad asombrosa para racionalizar, trivializar y buscar compensaciones, precisamente porque no sabemos lo que hacemos. No somos plenamente conscientes del amor que Dios nos tiene. Por ello, es fácil perder la perspectiva, sentirse excluido y cometer actos que jamás realizaríamos si fuéramos más conscientes de nuestra plena dignidad.

No es de extrañar que nos conformemos con menos de lo mejor, o con casi cualquier cosa que prometa comodidad y seguridad. Sin duda, Jesús nos contempla y dice: “¡Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen!”.

¿Pero es eso cierto? ¿Podemos realmente alegar ignorancia e inocencia y afirmar que no sabemos hacerlo mejor?

Yo diría que sí, aunque no se trata de estupidez ni de falta de inteligencia. Es una ingenuidad del corazón: ignoramos, sin culpa, cuánto nos ama Dios.

Son muy pocos los que, en algún nivel existencial, han escuchado alguna vez a Dios decirles: “¡Te amo!”. Muy pocos de nosotros hemos llegado a sentir lo que Jesús debió experimentar en su bautismo al oír a su padre decir: “Eres mi hijo amado; ¡en ti me complazco!”. De hecho, son muy pocos los que han escuchado alguna vez a otra persona decirles, de alma a alma: “¡Te amo incondicionalmente! ¡En ti me complazco!”. ¿Cabe sorprenderse, entonces, de que —al igual que los verdugos de Jesús— tengamos una asombrosa capacidad para, con la conciencia tranquila, mostrarnos a veces ciegos y faltos de sinceridad con nosotros mismos?

La oscuridad solo es mala porque existe la luz. El pecado solo puede darse si antes existe el amor. La traición solo es posible si previamente se han escuchado las palabras: “Te amo”. Los verdugos de Jesús actuaron sumidos en una oscuridad nacida de no haber escuchado jamás esas palabras. Sospecho que lo mismo ocurre con muchos de nosotros.

Ron Rolheiser. OMI
www.ronrolheiser.com

más del autor

Nuestros corazones, a veces mezquinos

John Muir preguntó una vez: “¿Por qué los cristianos son tan reacios a...

La puerta estrecha

¿Qué es lo que hace a un padre?

Mi padre falleció hace cincuenta y seis años, a altas horas de una noche de...

últimas opiniones

La factura de los conflictos internos

Pocos, pero ruidosos. Son apenas unos cuantos los gobiernos que le ha tocado...

Ramalazo de la Corte sobre juicio a Samuel

¡Zasss!… Resulta que el pleito entre el Congreso local y el gobernador de...

El Mundial en la cancha de la propiedad intelectual

El 11 de junio de 2026 se inició oficialmente la Copa Mundial de la FIFA....

La paz que merece Nuevo León

Cada arma que sale de circulación representa una posibilidad menos de que...

×