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Opinión

Super Bowl LX: lo he visto todo… y aún quiero más

Cascos y Jerseys

Llegamos al Super Bowl LX. ¿Cuántos he visto? No lo sé con exactitud. La memoria ya no es la misma, pero sí les puedo jurar algo: yo estuve ahí cuando se escribieron las primeras leyendas. 

Vi a Joe Montana convertir la elegancia en costumbre, canté con los Bears de Mike Ditka y, antes de todo eso, guardo un recuerdo borroso —pero poderoso— del Super Bowl XIV, aquel Steelers vs. Rams que terminó de forjar una dinastía.

Fue el 20 de enero de 1980, en Pasadena. Pittsburgh ganó 31-19. Yo tenía nueve años. 

A esa edad uno ya debería acordarse… pero seamos honestos: la NFL no era el monstruo mediático que es hoy. 

Se veía en televisión abierta, sí, pero no paralizaba al mundo. ¿Recuerdo el partido? No. ¿Miento si digo que lo vi? Sí. ¿Recuerdo el reloj de los Steelers que me regaló mi papá y saber que habían ganado? Clarísimo. Ahí empezó todo, ahí la NFL me hizo ojitos.

Mi papá era culpable. Aficionado de Dallas… y luego de Raiders. Se fue con “los malosos” por puro dolor: los Cowboys le rompían el corazón con puntualidad quirúrgica, y eso que a él no le tocó ver el desastre actual. 

En los 80 viví el dominio absoluto de la Nacional: 49ers, Giants, Bears. La Americana sobrevivía como podía; ni Bills ni Patriots levantaban la cabeza. 

Llegaron los 90 y Dallas, por fin, dijo “aquí estoy”. Época dorada, trofeos, ego, gloria. Y de paso, nació algo más grande que el juego.

EL SHOW COMIENZA

Aquí hago una pausa obligada. En 1993, NBC tomó una decisión que cambió la historia: Michael Jackson en el medio tiempo. 
Y se acabó la discusión. Jackson no solo cantó, redefinió el espectáculo. Fue el primer solista sin invitados, con producción completa. 

Arrancó con Jam, pasó por Billie Jean y Black or White, y cerró con We Are the World y Heal the World, acompañado por 3,500 niños. Mensaje, música, impacto. 133.4 millones de televidentes en Estados Unidos, cero internet, cero redes sociales. Pura televisión… y magia.

Desde ahí, el Super Bowl dejó de ser solo futbol americano. Llegaron Christina Aguilera, Enrique Iglesias, Aerosmith, NSYNC, Britney, Nelly, U2, Sting, Prince, Springsteen, The Who. 

En 2004, Janet Jackson y Justin Timberlake encendieron la polémica más famosa de la TV en vivo y después la NFL se fue a lo seguro: leyendas del rock. Hoy el péndulo volvió a moverse hacia artistas virales, mediáticos y polémicos. Este año, Bad Bunny: arrastre total, ruido garantizado. Pero ojo.

Mucho show… pero esto sigue siendo futbol

Lo que importa es el juego. Seattle vs. Patriots, revancha en letras grandes. 
Imposible no recordar 2015, imposible no gritarle todavía a Pete Carroll por esa maldita decisión en la yarda uno. Una intercepción, un error eterno, cuarto anillo para New England. Eso ya es historia; este domingo todo empieza de cero.

Dos quarterbacks jóvenes, dos caras nuevas de la NFL: Sam Darnold y Drake Maye. Darnold fue promesa y luego decepción. 

Los Jets lo trituraron: 8,097 yardas, 45 touchdowns, 39 intercepciones y un récord de 13-25. Frío, brutal. Carolina fue un parche, San Francisco una lección. 

Ahí, lejos de los reflectores, aprendió a ser quarterback. Minnesota apostó cuando su valor estaba por el suelo y Seattle lo consolidó. Y explotó. 

El momento cumbre llegó en el Campeonato de la NFC: 318 yardas, dos pases de anotación y boleto al Super Bowl LX. Renacido, seguro, letal.

Del otro lado está Drake Maye. Brazo prodigioso, carácter de líder. “Pistolero”, decían. Yo digo: competidor. En un año llevó a unos Patriots que venían de ganar cuatro partidos al Super Bowl. 

Tercero en touchdowns, cuarto en yardas, doble amenaza y candidato serio al MVP. No ha sido una ofensiva arrolladora en playoffs, pero enfrentaron a tres de las cinco mejores defensivas de la liga y aun así Maye encontró la manera, con el brazo y con las piernas. Sus compañeros lo siguen, eso no se entrena.

También será duelo de mentes: Mike Vrabel vs. Mike Macdonald. Dos entrenadores jóvenes, dos visiones frescas. Esta es la NFL que viene, más rápida, más talentosa, más global. 

Un Super Bowl que se suma a más de 40 que he visto… y aún no quiero que se acabe. Que no muera la tradición, porque si el cuerpo aguanta, todavía quiero ver muchos más.

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