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Opinión

“Bienvenidos a Nuevo León”: ¿Todos por igual?

Abogado egresado de la Facultad Libre de Derecho de Monterrey, especializado en derecho deportivo y del entretenimiento, derecho constitucional, así como en la resolución de controversias en sentido amplio.

La efervescencia del Mundial 2026 ha conquistado la zona metropolitana de Monterrey y, aunque le pese a las decenas de miles de personas que han abarrotado el Barrio Antiguo y los espacios públicos para disfrutar del futbol, el torneo y el “modo party” inevitablemente finalizará el próximo 19 de julio en la ciudad hermana de Nueva York.

En mi percepción, el Comité Organizador de Monterrey, como ciudad sede, ha hecho un extraordinario trabajo y ha habido numerosas reacciones positivas desde el extranjero en torno a la hospitalidad regiomontana. Aproximándose el ocaso de la justa mundialista, resulta relevante hacer un examen de conciencia colectiva para determinar qué balance arrojará esta oportunidad histórica para la ciudad.

El pasado martes 23 de junio acudí al evento “¿Qué ganó y qué perdió la ciudad con el Mundial?”, organizado por la Escuela de Gobierno y Transformación Pública del ITESM y que, moderado por Miguel Treviño, contó con la participación de Mauricio Doehner y Jorge Urdiales. Más allá de reconocer que la infraestructura de la ciudad y las obras inconclusas quedaron a deber, tanto el panel como los asistentes coincidimos en que la coyuntura mundialista fue útil para poner a Monterrey, y a Nuevo León en general, en un foco de atención extraordinario para intentar mostrarle al exterior nuestra mejor cara.

Lo anterior ha sido aprovechado por la clase política en Nuevo León sin distinción alguna. Ello no es inherentemente reprochable, puesto que se trata del evento deportivo más popular del mundo y el futbol innegablemente tiene implicaciones geopolíticas relevantes. No obstante, quien transite por las calles de Monterrey (o, al menos, intente hacerlo) podrá atestiguar cómo, al menos, el Gobierno del Estado y el Municipio de Monterrey han tapizado la ciudad con espectaculares y propaganda alusiva al Mundial.

Especialmente, llamó mi atención encontrar panorámicos con mensajes en sueco, coreano, inglés o japonés dirigidos a los visitantes extranjeros. Salvo por los espectaculares con contenido directamente propagandístico y enfocado en resaltar logros políticos del color respectivo (un evidente intento de sportswashing), me parece que se trató de un esfuerzo loable para transmitir calidez y dar la bienvenida a los turistas. Sin embargo, vale la pena preguntarse: ¿Cuántos recursos públicos se invirtieron en propaganda dirigida evidentemente a turistas? ¿La hospitalidad fue equitativa con nuestros visitantes japoneses o suecos, al igual que frente a los sudafricanos o tunecinos?

¿Pero qué pasa con quienes residen aquí? Por un lado, al menos desde la comunicación social de las autoridades, parece que la primera participación mundialista de Haití en la historia pasó inadvertida. Debemos recordar que existe un núcleo poblacional importante de personas migrantes de origen haitiano en la ciudad. ¿Hubo algún panorámico en francés o en criollo haitiano? ¿Algún esfuerzo por reconocer su aporte a la multiculturalidad de la ciudad?

Por otro lado, Monterrey es un polo de migración interna donde reside población hablante de lenguas indígenas, de forma notable, población trabajadora que migró desde la región de la Huasteca Potosina. Claramente no existieron panorámicos mundialistas en náhuatl o en tének; pero tampoco señalética pública que pueda ser útil para la movilidad cotidiana de estas personas en Monterrey una vez que el árbitro pite el final del Mundial. Ese tipo de intervenciones al espacio público en idiomas distintos al español (con cargo al erario) sí que abonaría a la garantía de los derechos lingüísticos de estas personas, tal como establece el artículo 2º de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos.

Genuinamente espero que tanto la percepción política de apertura que se pretende instaurar (con sus áreas de oportunidad, como ya se expuso), como el ánimo social de respeto a la multiculturalidad que se respira en Nuevo León, persistan a través del tiempo, más allá del balón como excusa, pero no solo frente al visitante que puede pagar un boleto deportivo con precio de locura, sino frente a toda persona cuyo camino se cruce con estas tierras.

De lo contrario, se habrá perdido la oportunidad —irrepetible— de llevar a la sociedad regiomontana a la altura cívica que exige la globalización y la interconectividad en este segundo cuarto de siglo.

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