¿Qué posibilidades hay de otra crisis hídrica en Nuevo León según el director de Agua y Drenaje de Monterrey?
Sección Editorial
- Por: Eloy Garza
- 19 Mayo 2026, 04:59
El fin de semana pasado invité a charlar a mi casa al director de Agua y Drenaje.
Le comenté a Eduardo Ortegón, un experto en ingeniería hídrica, que mi intención era desmantelar la retórica y entender la matemática detrás de los grifos.
Lo que me explicó a detalle fue una radiografía técnica de lo que en la ciencia de datos se denomina “wicked problem” (un problema perverso): la geografía y la infraestructura obsoleta colapsaron por años el área metropolitana de Monterrey. Requeríamos una cirugía mayor.
Ortegón me lo planteó sin rodeos: Monterrey está asentado en la cuenca del Río Bravo, estadísticamente la más seca de todo el país. Vivimos en un clima semiárido, pero atrayendo entre 120,000 y 160,000 nuevos habitantes al año que demandan el líquido de forma exponencial.
Frente a esto, la tentación de los gobiernos era el enfoque de la oferta: perforar más pozos. Esta administración estatal, en cambio, aceleró los proyectos clave de almacenamiento: la Presa León y el Acueducto El Cuchillo II —una arteria de 84 pulgadas y 100 kilómetros de longitud— que hoy nos da opciones de mantenimiento al sistema sin colapsar nuestra megalópolis.
Sin embargo, me advierte Ortegón, el cambio de paradigma no solo consistió en perforar el subsuelo, sino en programar la gestión de la demanda a través de la alta tecnología y eficiencia hidráulica.
Durante años, la inercia operativa nos hizo creer que más presión equivalía a mejor servicio. Ortegón me demostró lo contrario con esa lógica que le valió el Feller Award de la American Water Works Association: el agua que se extrae, pero no se factura, se conoce técnicamente como Agua No Contabilizada (ANC), un agujero negro compuesto por fugas físicas, robos comerciales y errores de medición en los medidores.
Y terminó dándome una pista que todo nuevoleonés debe saber casi de memoria: “si cuando un ciudadano se lava las manos y el agua le salpica el cuerpo, le estamos dando presión de más".
Darle a una casa 4 kilogramos de presión innecesaria sería una irresponsabilidad hidráulica. Aunque obligues al ciudadano a bañarse en dos o tres minutos, el caudal que sale por la regadera a esa velocidad duplica el desperdicio.
Y el daño real ocurre bajo tierra: la sobrepresión fractura las tuberías viejas, alimentando las fugas físicas.
Al implementar el programa de Modulación de Presiones, el equipo de Ortegón comenzó a dosificar la fuerza de la red.
El resultado fue inmediato: al mitigar el estrés en los ductos, las fugas disminuyeron y, de pronto, el organismo descubrió que tenía un volumen disponible con el que antes no contaba.
Este volumen recuperado resolvió el reto de ingeniería más complicado del área metropolitana de Monterrey: dotar de agua al municipio de García. Casi un imposible.
Por diseño geográfico, García es la terminal, el último eslabón del Acueducto Monterrey V, cuya planta potabilizadora (San Roque) se encuentra en el extremo opuesto: Juárez.
Históricamente, me comenta Ortegón, el sistema operaba desbalanceado. Municipios intermedios como Guadalupe o San Nicolás devoraban el caudal con sobrepresión, dejando a García con un hilo de agua insalubre que apenas corría un par de horas al día.
El plan de eficiencia hídrica, desplegado a inicios de este año, consistió en recortar técnicamente esos excesos en el oriente y centro para balancear la carga hidrodinámica hacia el poniente.
¿Dónde estaba el verdadero nudo? En colonias como Arcángeles y Renacimiento.
Ortegón me desglosó el misterio: estas zonas altas se alimentaban de un tanque que apenas tenía 5 metros de diferencia de altura respecto a los techos de las viviendas. Cualquier estudiante de ingeniería sabe que a esos 5 metros de carga hidrostática hay que restarle las pérdidas por fricción causadas por los codos, las válvulas y la rugosidad interna de la tubería.
¿El resultado real? Presión cero en las llaves. Así de simple. La gente tenía que bañarse a jicarazos no porque faltara agua en la ciudad, sino por un error de diseño topográfico.
La solución fue un bypass: desconectaron las colonias de ese tanque inútil y las enlazaron a otro con una diferencia de altura de entre 22 y 24 metros, garantizando de golpe una presión constante y dinámica superior a los 2 kilogramos en las zonas más elevadas.
A esto sumó Ortegón una auditoría de campo que reveló los vicios ocultos de los desarrolladores inmobiliarios del pasado: tuberías que existían en los planos pero que jamás fueron enterradas, y líneas de distribución de 4 pulgadas que estaban totalmente tapadas de lodo desde el día de su inauguración debido a una nula supervisión técnica de administraciones anteriores.
¿Cuál es la principal amenaza? Que el área metropolitana de Monterrey tiene 16,000 kilómetros de drenaje sanitario y el 70% ya superó las dos décadas de vida útil.
AyD está logrando un hito técnico al renovar 70 kilómetros de red este año —ejecutando 22 kilómetros con ingenieros, cuadrillas y maquinaria propia del organismo—, y Ortegón me dejó una advertencia que comparto con premura: la mayoría de los brotes de aguas negras que inundan nuestras avenidas no son fallas estructurales, sino taponamientos severos provocados por la falta de cultura ecológica.
La industria alimenticia, los restaurantes y los hoteles que omiten instalar o limpiar sus trampas de grasa arrojan toneladas de residuos animales y vegetales al drenaje, los cuales solidifican las tuberías.
Al final de la charla, la lección técnica que me dejó Eduardo Ortegón es que las crisis del agua se solucionan construyendo presas y modulando también la presión; recalculando las pendientes hidrostáticas de los tanques y aplicando la reingeniería de procesos a un sistema que no puede permitirse perder una sola gota.
La ingeniería, cuando es transparente y rigurosa, es una bendición para los problemas hídricos.
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